¿Razonan bien quienes se dedican a la política? (por Félix García Moriyón)

Félix Gacía Moriyón

Sentí una cierta empatía y compasión hace unos días cuando observaba en la televisión la expresión de la cara de Ana Pastor en el curso de un bronco debate parlamentario. Reflejaba una mezcla de impotencia y desconsuelo provocados por el comportamiento de algunos diputados.

Me recordó determinadas ocasiones —afortunadamente pocas— en las que yo había sentido lo mismo en mis clases con alumnado adolescente: impotencia y desconsuelo porque su comportamiento arruinaba casi el más mínimo atisbo de educación y percibía el fracaso de mi actuación, del que sin duda yo tenía alguna responsabilidad. Alguna tenían, también, los adolescentes, con ciertos eximentes derivados de su etapa madurativa.

Ana Pastor terminó expulsando a uno de sus “alumnos-diputados” por mal comportamiento.

No recuerdo haber recurrido nunca a esa medida extrema en mis clases, pero sé de cierto que, en algún caso, no me faltaron ganas.

Lo que queda claro es que las personas que participan en un debate parlamentario carecen de las competencias necesarias para que pueda darse un debate fructífero y constructivo (o son, en ese momento, incapaces de ejercerlas).

En este caso, sus “señorías” no pueden alegar eximentes como la falta de madurez adolescente. Es más, la dignidad que exige el cargo de congresista —pero que no otorga a quien lo ejerce— puede interpretarse como un agravante. Algo similar a lo que ocurre con la intoxicación etílica: según los casos, puede ser agravante o atenuante. En este caso concreto, esperamos un comportamiento más digno de quienes nos representan.

No pudiendo alegar inmadurez, ¿qué lleva a sus señorías a comportarse de modo tan poco razonable?

Obviamente, no intento justificar ese comportamiento, puesto que moralmente no es admisible, sino más bien comprender y explicar, sobre todo porque considero que, si se comportaran mejor, la vida política mejoraría en este país y con ello mejorarían los asuntos públicos, el estado general de la res publica al que está vinculada la calidad de vida de la ciudadanía en general.

Para empezar, no es una conducta exclusiva de nuestras señorías ahora. El asunto viene de lejos, de los albores de la democracia tal y como la entendemos en estos momentos.

atenas-clasica

En la Atenas clásica llegaron a la conclusión de que la mejor manera de gestionar los asuntos públicos, los propios de la polis, en un momento en el que la ciudad era también el Estado, era la participación de todos los interesados (en este caso el masculino no es un sesgo de algún presunto lenguaje sexista, sino una adecuación a lo que era la democracia ateniense, un asunto de hombres (ἀνδροί) libres).

Se instauró así el procedimiento del debate asambleario para tomar decisiones razonadas en asuntos en los que había disparidad de opiniones. La deliberación previa y el debate, cuando ya llegaba el momento de votar por las mejores opciones, exigía isegoria (la misma capacidad de hablar en la asamblea) y parrexía (voluntad de verdad). Otros dos rasgos muy importantes para la democracia, pero de más alcance, eran la isonomía (igualdad ante la ley de todos los ciudadanos) e isocracia (igual poder, o distribución igualitaria del poder).

Ahora bien, ellos tuvieron muy claro que, siendo el objetivo buscar las mejores respuestas a los problemas planteados partiendo de la diversidad de opciones, todas ellas bien argumentadas, lo más importante no era convencer, esto es, plantear la controversia de modo constructivo para resolver los problemas, recogiendo las aportaciones bien argumentadas de todas las partes.

Lo importante era, sobre todo, vencer, ganar la disputa, dejando al margen la limpieza, la validez y el rigor de los argumentos. Cualquier falacia servía si pasaba desapercibida. Mentir no era grave si no se descubría la mentira y debilitar la capacidad de crítica racional apelando a los sentimientos también era un recurso lícito.

Por eso desarrollaron el arte de la retórica en el que terminaba valiendo todo lo que permitía ganar. Y eso más todavía en la retórica judicial, en la que los abogados aprendían a conseguir la victoria de su cliente, al margen de cualquier consideración.

Entre los recursos retóricos tenía especial interés aquello que Aristóteles agrupaba bajo la categoría del pathos: apelar a los sentimientos como instrumento de persuasión y útil herramienta para la acción política posterior. Se puede provocar el rechazo del contrario mediante insultos o sutiles descalificaciones. Se puede excitar los ánimos en contra de alguien o algunos, o a veces lo que conviene es provocar miedo, asociando al rival político con el advenimiento de una etapa de caos e inseguridad.

El abanico de posibilidades es amplio, pero este recurso dificulta el ejercicio sosegado de la razón ilustrada, sin la cual no hay democracia y se abre la puerta a variantes menos saludables y fructíferas del ejercicio del poder.

Quizá no sea posible, incluso ni siquiera necesario, llegar a razonar fríamente como lo hacía el vulcaniano capitán Spock, pero parece claro que dejar que afloren las emociones sin control, o provocarlas con fines de manipulación o control social, es bastante negativo.

Mr Spock

La situación, por tanto, tiene precedentes y, además, no es en absoluto exclusiva de nuestro mediterráneo país. Aún así, conviene intentar precisar lo que tiene de novedoso, o lo que es consecuencia de un contexto específico.

Hace dos años ya publiqué unas reflexiones sobre este tema que, sustancialmente, siguen siendo válidas ahora. Destacaba que habíamos entrado, de nuevo, en una confrontación política en la que domina la interpretación de la política dada por Carl Schmitt:

El debate político no se da entre adversarios que sostienen propuestas alternativas, sino entre enemigos.

Eso lleva a un tipo de controversia conflictiva en la que hay que ganar a cualquier precio y al enemigo, ni agua. El mundo es o blanco o negro, dividido entre ellos (el enemigo) y nosotros (los amigos) y no hay vías de convivencia intermedias en las que nadie tenga que salir derrotado.

Recientemente hubo un lema muy apreciado por muchas personas y coherente con este modelo de debate polémico (no olvidemos que polemos significa guerra en griego):

«Ni olvido, ni perdón».

Guiados por tal lema, solo cabe la rendición total del enemigo y, en casos extremos, de los que afortunadamente por ahora (creo que) estamos muy lejos, su exterminio.

Mientras llega ese momento, podemos ir empezando por llamar, a manera de insulto, a unos fascistas y a otros golpistas, una buena manera de ir banalizando el mal.

Hay otros dos factores que vienen de hace algunas décadas, pero que van arraigando cada vez con mayor fuerza.

Por un lado, los sentimientos se han adueñado de la vida política, dando prioridad a lo que se percibe como argumento definitivo para defender una posición o reclamar un pretendido derecho, sin necesidad de ofrecer ningún argumento, o incluso contradiciendo los datos más evidentes. Con bastante ironía, los Monty Python ya habían abordado esta deriva, y el filósofo español Félix Ovejero lo explica bien, al criticar los cambios  políticos de la izquierda que ha entrado en ese sentimentalismo ante el que la razón se apaga , deja campo libre a los sentimientos (esencia, por ejemplo, del populismo o el nacionalismo identitario) y crecen las descalificaciones morales del adversario, dando por supuesta la absoluta honestidad de uno mismo y de los suyos.

nacionalismo

Lo que importa ahora, insisto, no es convencer, ni resolver problemas de un modo en el que la gran mayoría puedan sentirse cómodos, aun sabiendo que pierden algo. Lo que importa es ganar las elecciones para conquistar el poder y en eso las aportaciones de las investigaciones psicológicas sobre las motivaciones humanas y sobre el modo de hacer que la gente crea lo que conviene, abonan el terreno para simplificaciones, calificativos de grueso calibre, incluyendo insultos y mentiras gratificantes.

Sentimientos y emociones irrumpen con fuerza en el mundo de la política de la mano de psicólogos y politólogos, como Michael Tomasky, Frank Luntz, Drew Westen o George Lakoff. Estos son la fuente de inspiración de los asesores políticos y directores de campaña, que potencian y refuerzan estos comportamientos.

No soy demasiado optimista a corto plazo, pero confío en que será posible poner coto a este tipo de dialéctica política destructiva. De esta deriva, improbable pero plausible, no solo serían responsables los políticos, sino también quienes les votan o quienes guardan silencio.

Un comentario sobre “¿Razonan bien quienes se dedican a la política? (por Félix García Moriyón)

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  1. Muy interesante, apreciado Félix. Me ha parecido especialmente aguda la mención a quienes (votando o no) guardan/guardamos silencio. Ese silencio hace complicidad con el mal muchas veces.
    Respecto a las emociones y la política actual mi colega Rafael Bisquerra ha reflexionado también recientemente y quizás interese su lectura a quienes interese este post.
    Referencia:
    Política y emoción https://g.co/kgs/y3r7Ac

    Me gusta

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