Ecologismo racional y humanista

Michael Schellenberger ha escrito un magnífico texto en el que ofrece una inmensa cantidad de evidencia destinada a corregir el alarmismo ambiental que está produciendo estragos a diestra y siniestra en nuestra actual civilización:

Apocalypse never. Why environmental alarmism hurts us all.

Es una excelente noticia que la editorial Deusto decidiese traducirlo al español. Cada vez hay menos excusas para que el ciudadano viva en la ignorancia y se deje manipular y adoctrinar por quienes presentan evidentes conflictos de intereses al pretender que informan objetivamente sobre cómo está el patio en el que vivimos los humanos de la actualidad.

Los títulos de los doce capítulos orientan la navegación por los contenidos del texto: (1) no es el fin del mundo, (2) los pulmones de la tierra no arden, (3) dejen de dar la paliza con las pajitas de plástico, (4) se ha cancelado la sexta extinción, (5) las tiendas de chuches salvan el planeta, (6) Greenpeace no salvó a las ballenas sino que fue la codicia, (7) pide un filete y comételo, (8) salvar la naturaleza es una bomba, (9) destruir el ambiente para salvarlo, (10) todo sobre la revolución verde, (11) la negación del poder, (12) falsos dioses para las almas perdidas.

El autor es un reconocido activista ambiental desde hace tres décadas que se ha dedicado profesionalmente a escribir al respecto durante veinte años. Considera que su trabajo exige honestidad, aunque los medios presten menos atención:

“Decidí escribir este libro para combatir la exageración, el alarmismo y el extremismo que son el enemigo de un ecologismo racional, humanista y positivo (…) basándome en la evidencia científica que niegan irracionalmente activistas situados a uno y otro lado del espectro político.”

La mediática Greta Thunberg es un ejemplo paradigmático de ese irracional alarmismo. En 2019 declaró que pretendía eliminar la esperanza y alimentar el pánico, a pesar de que…

1.- El IPCC jamás ha concluido que el mundo colapsaría si la temperatura media del planeta subiese 1,5 grados centígrados:

Los medios de comunicación subrayan los escenarios más pesimistas y los presentan como nuestro futuro más probable.”

2.- Las muertes y los desastres económicos consecuencia de sucesos climáticos extremos se han reducido en un 85% desde 1980.

3.- Los incendios usuales no son ahora peores que antes en absoluto.

4.- Hay alimentos de sobra para todo el mundo.

5.- El propio IPCC predice que la economía mundial mejorará entre tres y seis veces de aquí a 2100 y que el coste de adaptarse al calentamiento del planeta reducirá en un 4% el GDP.

6.- Las mejoras de la tecnología permitirán sortear los eventuales problemas del calentamiento:

“Las emisiones de los países más poblados de Europa –Alemania, UK y Francia—alcanzaron un pico en los años 70 del pasado siglo y no han dejado de bajar desde entonces gracias al uso cada vez mayor del gas natural y de la energía nuclear, tecnologías a las que muchos activistas climáticos se oponen tercamente.”

Una de las consecuencias que más han logrado irritarme de entre la evidencia presentada por Schellenberger es el impacto del alarmismo climático irracional sobre la salud mental de los niños. Asociaciones como, por ejemplo, ‘Extinction Rebellion’, tienen carta blanca de un gobierno, presionado por los medios que hacen negocio con el histerismo del ecologismo, para ir de colegio en colegio en UK acojonando a los escolares desde su más tierna infancia. Los USA tampoco se libran de las consecuencias sobre la salud mental de los jóvenes:

“El 70% de los adolescentes estadounidenses consideran que la ansiedad y la depresión son problemas esenciales de la actualidad.”

Un hecho ocultado activamente es que el Amazonas en absoluto son los pulmones del planeta. Produce tanto oxígeno como el que consume. Los informes sobre el aumento de los incendios en ese lugar del planeta también son falsos y la tendencia de las ONGs, algunos gobiernos europeos y determinadas celebridades a detener el desarrollo de esa zona, contribuyen muy negativamente a fomentar una explotación responsable y razonable:

“Las naciones desarrolladas, especialmente en Europa, que se enriquecieron gracias a la deforestación y el uso de combustibles fósiles, le niegan a Brasil y a otras naciones tropicales como Congo, su derecho a desarrollarse siguiendo ese mismo camino. La mayor parte de esos países desarrollados, incluyendo Alemania, producen más emisiones per capita, incluyendo la quema de biomasa, que Brasil aún considerando la deforestación del Amazonas.”

La evidencia señala que las zonas verdes han aumentado en el planeta en un 40% entre 1981 y 2016. La razón principal detrás de ese hecho obedece a la mayor presencia de CO2 en la atmósfera y al leve calentamiento general. A su vez, la mayor vegetación absorbe más CO2. El sistema se va, por tanto, autorregulando, como predice el modelo de Gaia propuesto por James Lovelock.

Capítulo aparte merece la obsesión con los plásticos. Desde hace algún tiempo parecen excrementos del diablo que llegan a ocultar la parte azul del planeta. Sin embargo, durante siete años (entre 2007 y 2013) un grupo de científicos valoró cuidadosamente la cantidad de plástico en los océanos, según su producción. Resultado: el 0,1%. Además, observaron que ese plástico suele ser destruido por la acción del sol. Por otro lado, la demonización de, por ejemplo, las botellas de plástico, es absurda. Su producción es mucho menos contaminante que la necesaria para hacer botellas de cristal. La cosa no mejora para el denominado bioplástico. El prefijo ‘bio’ se ha convertido en algo mágico, sin ninguna razón objetiva de que haya algo detrás. Tanto los bioplásticos como los biocombustibles arrasan la tierra en lugar de conservarla, mientras que los plásticos convencionales se producen a partir de los residuos de los combustibles fósiles:

Salvamos la naturaleza cuando evitamos usarla, algo que se logra recurriendo a productos artificiales. Este modelo es el polo opuesto al propuesto por la mayoría de los ecologistas basado en usar los recursos naturales de modo más sostenible, o los bioplásticos y los biocombustibles.”

Gestionemos adecuadamente los residuos que generamos. Esa es la clave.

Los humanos tampoco estamos promoviendo la extinción de las especies animales, ni nos estamos cargando el planeta. El equivalente en extensión al continente africano (el 15% de la tierra) corresponde a zonas protegidas. Hay casi 250 mil zonas protegidas ahora frente a las 9 mil que había en 1962.

Schellenberger no tiembla al denunciar el neocolonialismo conservacionista liderado por supuestos ecologistas que pretenden imponer a los indígenas las decisiones que adoptan, en sus apartamentos de Nueva York, Berlín o Madrid, sin tener la más remota idea de sus necesidades y modos de vida, o de si lo que se propone impedirá que puedan desarrollarse como ya se hizo en sus países:

“Congo necesita seguridad, paz, y la industrialización que sacó de la pobreza a muchas naciones hace tiempo, en lugar de donaciones de los gobiernos europeos o de filántropos estadounidenses.”

Conectando con esa necesidad, el autor también defiende la instalación de factorías en países en desarrollo, por la sencilla razón de que sabemos que funciona y contribuye a su propio desarrollo:

“Desde 1981, la población de humanos que viven en condiciones de extrema pobreza ha bajado del 44 al 10%”

Los países en desarrollo deben seguir el mismo camino que otros países más desarrollados hicieron antes. Tratar de impedírselo, como pretenden algunos supuestos ecologistas, es, cuando menos, inmoral.

Es evidente que los humanos necesitamos energía, mucha energía, y, por tanto, conservar nuestro planeta exige que esa energía sea densa:

“Los combustibles fósiles han sido esenciales para recuperar los bosques en USA y Europa porque son abundantes y densos (…) actualmente, todas las presas hidroeléctricas, la producción de combustibles fósiles y todas las plantas nucleares requieren menos del 0,2% de la tierra no helada del planeta.”

Contribuir al desarrollo de los países requiere un liderazgo responsable y realista a nivel local. La instalación de factorías que reclaman mano de obra poco cualificada es un primer paso para ir asumiendo progresivamente retos más complejos:

“Las naciones actualmente más ricas deben ayudar a que las más pobres se industrialicen en lugar de obligarlas a ser ‘sostenibles’ impidiendo su desarrollo.”

El capítulo sobre las ballenas es fenomenal porque demuestra que la economía evitó su extinción. Greenpeace no tuvo nada que ver:

“La captura de la ballena alcanzó su máximo histórico en 1962, trece años antes de que Greenpeace comenzara su mediática campaña, y declinó de modo dramático en la siguiente década (…) fue el aceite vegetal el que salvó a las ballenas, no algún tratado internacional (…) el aumento de la prosperidad creó la demanda de los sustitutos que salvaron a las ballenas. Esos cetáceos se salvaron porque ya no fueron necesarios al disponer de alternativas más abundantes, baratas y mejores.”

También documenta las imprecisiones que han rodeado al famoso ‘fracking’ para obtener gas natural. Prácticamente nada de lo que se ha publicado en los medios es correcto. Su impacto ambiental es minúsculo comparado, por ejemplo, con la minería, que devasta ecosistemas sin piedad.

Quienes se oponen a las transiciones energéticas que mejoran la densidad reduciendo el impacto sobre el ambiente son esos que la antropóloga Teresa Giménez Barbat califica de ‘pijo-progres’, personajes que viven del erario tumbados plácidamente en sus áticos urbanos y conectados a Netflix:

“La oposición a los nuevos combustibles suele provenir de los ricos.”

Esos ricos han influido, a través de los medios, en los políticos europeos, por ejemplo, para legislar en contra del fracking sin que haya verdaderos motivos objetivos detrás. Los USA se han salvado de esa estrategia porque los propietarios de sus tierras son soberanos.

La siguiente pregunta es si debemos convertirnos en veganos para conservar la tierra. O si, en su caso, debemos consumir carne de ganado criado en pastos naturales. La respuesta, basada en la evidencia, es negativa. La manera de preservar la vida salvaje es que usemos para el consumo vida creada por los humanos. El rechazo del consumo de carne es emocional, no racional. No hay motivos médicos, ni ecológicos, siempre que el consumo sea moderado, como sucede con los demás alimentos, por cierto. Sacrificar un pollo o una vaca es cualitativamente distinto a sacrificar un humano.

Uno de mis capítulos predilectos se destina a presentar evidencia sobre la energía nuclear. El panorama es muy preocupante porque el mundo desarrollado está abandonando rápidamente esa excelente fuente de energía. Países como Alemania, España, Bélgica, Corea del Sur o Taiwan lideran el proceso de suicida huida hacia delante.

Por supuesto, Schellenberger repasa casos como el de Chernobyl para desmontar las leyendas que han alimentado populares series televisivas desplegando información falsa. También repasa el histerismo hacia eso de la radiación, cuando tampoco hay motivos. El fenómeno de la hormesis es consistente con que el efecto de la dosis es fundamental, de modo que a niveles bajos puede ser incluso beneficioso para la salud:

Las nucleares son el modo más seguro de producir energía eléctrica fiable. De hecho, han salvado más de dos millones de vidas hasta ahora al prevenir la muerte consecuencia de una polución del aire que reduce la esperanza de vida de siete millones de personas al año.”

Subraya el autor que Francia se ha desmarcado de la política antinuclear, aprovechando la coyuntura para destacar que los residuos nucleares son los más seguros de entre los producidos para generar electricidad. Jamás han dañado a nadie, ni cabe esperar que lo hagan. Esos residuos se conservan a buen recaudo sin que pasen al entorno y su cantidad es minúscula al compararse con otros tipos de residuos:

“Cuando hablo con gente que teme a los residuos nucleares, apenas pueden articular argumento alguno sobre por qué piensan que son tan peligrosos, aunque me dejan la sensación de que lo asocian con las armas nucleares.”

En conexión con la discusión nuclear el autor revisa si las energías solares y eólicas son una verdadera alternativa. Y la respuesta es negativa porque producen el 3% de la energía que necesita nuestra civilización. Elon Musk busca hacer negocio al promover sus baterías solares, cuando es evidente que en absoluto pueden satisfacer nuestras demandas reales de energía. Eso por no hablar del destrozo que causan en la vida animal las denominadas energías renovables.

La apuesta de Alemania por las renovables está llevando al país a una posición económicamente muy comprometida. Actualmente se ve obligada a importar energía de los países vecinos para estabilizar su suministro de energía. Y, en 2019, el precio de la electricidad era un 45% más alto que la media en Europa (algo similar a lo que sucede en la ‘verde’ California):

“Las centrales solares y eólicas encarecen la electricidad por dos motivos: no son fiables, lo que requiere un apoyo absoluto de otras energías como el gas natural, y son muy poco densas, de modo que requieren mucho terreno, así como enormes líneas de transmisión y de almacenamiento (…) los paneles solares requieren 16 veces más materiales en forma de cemento, cristal y acero que las centrales nucleares, y también crean 300 veces más residuos (…) si los USA se propusiesen generar la energía que necesitan a partir de las renovables, se necesitaría la mitad de su territorio, cuando con el sistema actual solamente se necesita el 0,5%”

También se olvida, u omite interesadamente, el hecho de que la cantidad de dióxido de carbono que se libera al producir y quemar biomasa y biocombustibles es mayor que la que corresponde a los combustibles fósiles:

“Los científicos han concluido que producir maíz y usar etanol emite el doble de gases de efecto invernadero que la gasolina convencional.”

En el capítulo diez, Schellenberger denuncia la evidente contradicción en la que caen las asociaciones ecologistas al aceptar financiación de las grandes petroleras a las que supuestamente combaten. Además, algunos de sus referentes son grandes inversores en energías renovables que han hecho lo imposible por desmontar las centrales nucleares, suceso que engrosaría sus cuentas bancarias en miles de millones. Pone algunos ejemplos ilustrativos, como que los activistas climáticos acaparan presupuestos de cientos de millones de dólares, mientras que los escépticos apenas llegan a los diez millones. Organizaciones como ‘Nature Conservancy’ tuvieron un presupuesto de mil millones solamente en 2018 para promover las renovables y eliminar las nucleares:

El cierre de plantas nucleares es un negocio redondo para los inversores en gas natural y renovables.”

Los casos de los gobernadores Jerry Brown o Bill Newsom en California son paradigmáticos. Y, por supuesto, Al Gore, en sus mejores momentos (recuerden que ganó un Óscar por su aterrador documental y se le concedió el premio Nobel), aceptó dinero de las compañías petroleras sin ningún pudor. La actual vicepresidenta estadounidense, Kamala Harris, contribuyó a tapar un escandaloso caso de corrupción energética en California cuando fue fiscal general de ese estado. La administración Obama tampoco se libra de la usual historia de favorecer a quienes le apoyaron en campaña metiendo la mano en la bolsa del dinero público para financiar sus propios negocios. Elon Musk entre ellos.

También arremete contra las celebridades que predican para que reduzcamos nuestro consumo de energía mientras ellas arrasan con todo a través de su modus vivendi. El mediático paseo en barco por el Atlántico de Thunberg supuso una emisión cuatro veces mayor que si hubiera cogido un vuelo. Por ejemplo.

No hay naciones ricas que consuman poca energía, al igual que no hay naciones pobres que consuman mucha energía.

Los líderes ecologistas nunca tuvieron opción para imponer un bajo consumo de energía en los países ricos, pero no han dejado de intentarlo en los países pobres durante los últimos cincuenta años. Los gobiernos europeos promueven, con financiación, el uso de bioenergías en las naciones pobres, ocultando el hecho de que su desarrollo será imposible a partir de las renovables. Aunque no son pocos los ecologistas que consideran antiético negarles a los países pobres el uso de energías densas, como ya hicieron los países ricos antes, sus líderes van a lo suyo:

“Presionar a las naciones occidentales para eliminar la financiación destinada a construir infraestructura básica y modernizar la agricultura de los países pobres, y dirigirla a probar sus experimentos sobre desarrollo sostenible.”

El autor recuerda que “los humanos son especiales gracias a su genuina capacidad para razonar”, capacidad que no han dejado de usar para progresar durante milenios. Los alarmistas que equiparan al planeta con un bote salvavidas en el que no caben todos (y en el que ya están ellos, recuérdese) son, sencillamente, unos sinvergüenzas que pretenden dejar en el agua a millones de humanos a los que se podría ayudar si se propusiese de verdad. Incluso hay académicos que declaran lindezas como las siguientes:

“Debemos proteger a los países pobres del desarrollo económico.”

Esos canallas se consideran unos referentes entre algunos incautos estudiantes universitarios. Conocemos el resultado del cóctel: “ofrecerle a la sociedad energía abundante y barata seria moralmente equivalente a darle una metralleta a un niño idiota”, ha llegado a declarar un personaje como Paul Ehrlich.

Sin embargo, “la energía nuclear significa fertilizantes sin límite, agua potable y comida para todos, pero también nula contaminación atmosférica y mínima huella ambiental. Por eso su existencia supone un grave problema para esos maltusianos que sostienen que la energía, los fertilizantes y la comida son escasos.” Y por eso han batallado para implantar en las mentes de los ciudadanos la conexión ‘reactor nuclear-bomba atómica’, a pesar de ser completamente falsa:

“Los reactores nucleares jamás podrían detonar como una bomba porque su combustible no está lo suficientemente ‘enriquecido’ como para que eso pueda llegar a suceder de ninguna manera (…) hay un patrón: los maltusianos disparan las alarmas sobre los problemas ambientales y de recursos. Y seguidamente atacan sin piedad las soluciones técnicas obvias.

Cuando fue evidente que nunca existiría un problema de sobrepoblación, los maltusianos se reorientaron hacia el calentamiento climático para seguir pregonando la llegada del apocalipsis. Algunas ONGs, por ejemplo, han impedido la construcción de más de 200 centrales hidroeléctricas en países pobres, reduciendo así, dramáticamente, tanto la probabilidad de su desarrollo económico como del bienestar de sus habitantes. No se atreven en sus propios países, pero sí en los pobres.

Naturalmente, nuestro autor comenta la obra de una académica actualmente de referencia entre los maltusianos, Naomi Oreskes, autora del exitoso ‘Merchants of doubt’ (2010). Su argumento esencial es que los escépticos del clima actuan como lo hicieron los escépticos del consumo de tabaco, es decir, financiados por las compañías que mas tienen que perder. Sin embargo, hay serias dudas sobre los datos discutidos por Oreskes y, especialmente, sobre su interpretación.

Desde esa perspectiva, Schellenberger expone cómo cambian los contenidos de los informes originales del IPCC al convertirse en informes resumidos para la prensa:

“Se pasa de declaraciones del tipo ‘hay un peligro que puede gestionarse’ a ‘vamos a morir todos’.”

Cada vez son más los científicos del planeta que exigen una revisión independiente de los informes del IPCC para evitar el sesgo hacia la exageración, presente desde los años 80.

Hacia el final de su obra, el autor declara:

El ecologismo es actualmente la religión secular dominante entre las élites educadas de los países desarrollados. Ofrece una nueva historia sobre nuestros propósitos colectivos e individuales. Señala a los buenos y a los malos, a los héroes y a los villanos. Y lo hace sirviéndose del lenguaje de la ciencia para ganar legitimidad (…) los seculares no pueden resistirse al atractivo del ecologismo porque satisface, sobre el papel, las mismas necesidades psicológicas y espirituales que las religiones clásicas (…) el grave problema de sucumbir a esa tentación, no obstante, es que fomenta la pobreza general, además de propagar las tendencias depresivas y la ansiedad entre la población sin satisfacer realmente las necesidades psicológicas, existenciales y espirituales que se persiguen.”

Sin decirlo expresamente, Schellenberger concuerda con Crichton al conectar el final de la guerra fría, a comienzos de los 90, con el nacimiento de la doctrina del calentamiento global como nueva amenaza de apocalipsis.

Nos invita a recuperar nuestro humanismo para combatir el maltusianismo asociado al ecologismo apocalíptico que condena la civilización humana y la humanidad en general:

El panorama que presentan los apocalípticos es impreciso y deshumanizador. Los humanos no están destruyendo la naturaleza. El cambio climático, la deforestación, los residuos plásticos, y la extinción de especies no son, en su esencia, una consecuencia de nuestra codicia y de nuestra soberbia, sino efectos colaterales del desarrollo económico motivado por el deseo humanista de mejorar la vida de los humanos. Un principio ético esencial del humanismo ambiental es que los países ricos deben apoyar, en lugar de negar, el desarrollo de los pobres.

En el epílogo ofrece signos de cambio hacia ese humanismo que se propugna. Por ejemplo, crece el número de académicos que apoyan a la energía nuclear y él mismo ha sido invitado por el IPCC para servir como revisor independiente y para declarar ante el congreso estadounidense:

“Enfrentarse a los nuevos retos requiere dirigirse hacia el polo opuesto al pánico.”

Ojalá se materialice el cambio en la orientación del viento.

Quiero cerrar este post recomendando una TED Talk del autor, a quien habrá que preguntarle de dónde sacó la maravillosa camiseta que luce en el acto:

Why renewables can’t save the planet.

2 comentarios sobre “Ecologismo racional y humanista

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  1. Polémico libro que, sin duda, merece una lectura. Gracias por informar y compartir. De todos modos, son muchas afirmaciones: comparto algunas, otras no y desde luego creo que generaliza en exceso la posición de los movimientos ecologistas. Algunos de ellos a los que sigo y apoyo no merecen esas críticas, sobre todo la de sembrar el pesimismo o la de ser grupos de pijo progres (hay varios términos despectivos que no son procedentes). Más bien lo contrario, exponen los serios riesgos que tenemos y siguen buscando esperanzados enfoques más solidarios para satisfacer las necesidades de todas las personas, empezando por las más vulnerables.

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    1. El autor en absoluto generaliza y así se constata en mi reseña. Por supuesto que hay un ecologismo racional y humanista. El autor es un ejemplo, pero hay más. Por cierto, una cosa es decir que se está muy preocupado por los más vulnerables y otra actuar en consecuencia. El lenguaje no crea la realidad. Las acciones concretas son las que pueden cambiarla. Y esos ‘pijo-progres’ existen. No son una invención. Tómate la molestia de visitar el campo y hablar con los agricultores. Saludos, R

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