The origins of you

Los directores del Dunedin Longitudinal Study (DLS) publican un libro en el que se resumen las principales evidencias acumuladas al estudiar a los más de sus mil miembros desde que nacieron y hasta que llegan, por el momento, a los 45 años: ‘The origins of you. How childhood shapes later life’ (2020).

Tengo que decir que me sorprendió los pocos números que hay en el texto y me temo que se debe a que los efectos de lo que pretenden destacar son pequeños, bastante menores de lo que da a entender la narración.

Además del DLS, que es el protagonista y que reúne miembros nacidos en Nueva Zelanda, también se consideran evidencias del E-Risk Study, en el que se comparan gemelos británicos (de familias en desventaja social) para servirse de un diseño genéticamente informativo, así como del NICHD (Study of Early Child Care and Youth Development) destinado a averiguar el impacto de asistir a la guardería.

Después de la introducción, el texto se divide en cinco partes principales (el niño como padre del adulto, la familia, más allá de la familia, genética, envejecer al llegar a la mitad de la vida) y se cierra con un capítulo de conclusiones.

En la introducción se ofrecen algunos mensajes básicos para preparar el terrero:

1.- El objetivo de la investigación longitudinal es averiguar “por qué somos como somos y por que somos distintos de los demás”.

2.- Lo que sucede en un determinado momento de la vida, puede ser irrelevante al siguiente.

3.- Saber qué sucede durante la vida, puede ayudar a prevenir situaciones comprometidas en distintos momentos del ciclo vital.

4.- El estudio del desarrollo humano es como la meteorología, ya que hay muchas variables implicadas que interactúan en el tiempo y en el espacio (“los humanos viven huracanes y días lluviosos, pero también soleados”) y es probabilista en lugar de determinista.

5.- Las variables que influyen en el desarrollado humano interactúan entre sí, se midan o no se midan. Conviene ser cuidadoso antes de abrazar conclusiones que nos atraen y rechazar aquellas que nos disgustan.

6.- Quienes hacen investigación longitudinal son ‘observadores’ (“miramos cómo el león se come a la cebra sin intervenir”) al igual que los meteorólogos, los geólogos o los astrónomos.

7.- En absoluto es menor la calidad de los resultados observacionales que los obtenidos en los (sobredimensionados) ensayos clínicos (“quienes participan en esos ensayos se autoseleccionan y abandonan con alarmante frecuencia”).

Desde muy temprano en el ciclo de la vida, los niños se comportan de modo distinto porque sus disposiciones temperamentales son diferentes. En el DLS clasificaron a los niños, considerando una constelación de rasgos, al llegar a los 3 años (“estudiar longitudinalmente el desarrollo es como plantar un árbol frutal: hay que esperar para recoger el fruto”). Se identificaron cinco grupos de niños:

1.- El 10% presentó un bajo control (irritables, distraídos).

2.- El 8% fueron inhibidos (vergonzosos, temerosos, poco comunicativos).

3.- El 27% confiados (dispuestos a responder a los retos planteados por el investigador en el laboratorio).

4.- El 15% reservados (reacios a los test, tímidos, temerosos y autocríticos).

5.- El 40% estaban adecuadamente ajustados (controlados y reservados cuando era adecuado comportarse de esos modos).

Al llegar a los 18 años se comprobó que quienes menos se habían movido de sus casillas temperamentales eran quienes presentaron bajo control (aquellos que se movieron en contra del mundo) y los inhibidos (quienes se apearon del mundo). Las otras tres categorías fueron menos rígidas.

La investigación ha explorado tres procesos de relación persona-ambiente:

1.- El temperamento del niño evoca las respuestas de los demás.

2.- Individuos con distintas inclinaciones experimentan, interpretan y reaccionan de modo distinto a las mismas situaciones.

3.- Los individuos seleccionan y crean sus propias experiencias.

Subrayan los autores: “es actualmente insostenible la idea de que el niño es un ente pasivo que otros moldean, porque en absoluto puede considerarse como una pizarra en blanco sobre la que escribir (…) al igual que la gente varía por su estatura, los niños, como los adultos, varían (por ejemplo) en su autocontrol.”

Al estudiar, pongamos por caso, cómo se asocian las diferencias de autocontrol en la infancia con la conducta futura, se observa que quienes presentaron menores niveles de niños tienen más problemas cardiovasculares, respiratorios, dentales o sexuales en su vida adulta. Además, más del 80% del 5% de los miembros del DLS que habían estado en la cárcel, fueron niños con bajo autocontrol, niños más propensos a cometer y acumular errores sociales en su adolescencia, hecho que contribuye a que se metan a menudo en problemas (“la administración de una vacuna en un momento puntual del desarrollo, que protege de una futura enfermedad, es una mala metáfora de cómo se produce el desarrollo humano”).

Al explorar prospectiva, en lugar de retrospectivamente (como es usual) el TDAH (usando evidencia del DLS y del E-Risk), se observó que apenas hay continuidad entre la niñez y la edad adulta. Solamente el 5% de los diagnosticados en la infancia siguen siéndolo después. Por tanto, difícilmente se puede pronosticar el TDAH en la edad adulta a partir de su diagnóstico en la infancia.

El anterior párrafo subraya la debilidad de la memoria, especialmente sobre sucesos emocionalmente cargados, de ahí la importancia de los estudios prospectivos. Es necesario estudiar familias funcionales y disfuncionales desde muy temprano en el ciclo vital, antes de que suceda nada destacable, para averiguar su impacto más probable en el desarrollo. Al igual que el cardiólogo pone a prueba el corazón de su paciente en una artificial cinta de correr, obteniendo valiosa información sobre el estado de ese órgano, los responsables del DLS crearon test situacionales para estudiar la interacción padres-hijos.

Se resume también la investigación alrededor del modelo de Moffitt sobre la conducta antisocial en el que se distinguen delincuentes persistentes (7%) y estacionales (24%). Los primeros, por ejemplo, ya presentaban menor inteligencia a los cinco años y la diferencia con el resto aumentaba con la edad. Las estrategias de prevención quizá deberían ser distintas en ambos casos.

Al estudiar a las chicas que maduran prematuramente, los autores destacan una importante idea: lo que los científicos consideran a menudo como un desarrollo comprometido, puede ser una respuesta adecuada ante la adversidad (“al igual que nuestra pupila sabe qué hacer al pasar de una habitación oscura a la luz del día, nuestro cuerpo puede saber qué hacer para responder a determinadas circunstancias sin que seamos conscientes”). Jay Belsky propuso que una maduración sexual temprana se producirá ante la adversidad (p. e. familias conflictivas) para adelantar la reproducción sexual. La evidencia reveló que las chicas que maduran antes son más proclives a conductas promiscuas, así como a conductas de riesgo en general (consumo de alcohol y drogas). No obstante, hubo dos factores que contribuyeron a prevenir esas conductas: una adecuada relación con la madre y asistir a colegios solamente de chicas.

Al explorar el efecto de las guarderías (day care) en el desarrollo de los niños, los autores comienzan advirtiendo que “si el meteorólogo informa de que lloverá, eso no significa que tenga nada en contra del sol.” Una cosa es cómo son las cosas y otras cómo podrían o deberían ser. Los científicos buscaron respuesta a si adelantar el momento en el que madres e hijos se separaban producía algún efecto sobre el desarrollo de los segundos. El debate fue acalorado (“tristemente, la tolerancia intelectual no imperaba en aquel momento”). El NICHD financió una millonaria investigación para seguir a casi mil cuatrocientos niños desde su nacimiento hasta los 15 años. La evidencia fue concluyente: cuanto más tiempo estuviese el niño en la guardería, mayor riesgo de presentar problemas de agresividad y desobediencia, así como de comportamiento impulsivo en la adolescencia. La recomendación de los autores es ayudar a las familias para que no se vean obligadas a pasar demasiado tiempo sin atender a sus niños.

Cuando se estudió el impacto del vecindario en la conducta antisocial de los adolescentes, se llegó a una inquietante conclusión: aquellos vecindarios en los que conviven familias con más y menos recursos, son perjudiciales para las segundas. También resultó chocante la conclusión de que el uso ocasional de cannabis con fines recreativos en la edad adulta no tuviese efectos adversos. Sí fue negativo, en cambio, el uso continuado de esa droga desde temprana edad.

En la parte sobre genética, consideran los estudios de genes candidatos y los GWAs (Genome Wide Association Studies). Es decir, seleccionando genes que la investigación previa sugiere que pueden tener un papel en el fenotipo de interés (p. e. susceptibilidad al maltrato en la infancia) o usando la evidencia de otros estudios con cientos de miles de personas en los que se identifican genes cuya combinación produce una puntuación poligenética (PPG) de resistencia o riesgo a presentar un determinado fenotipo (p. e. susceptibilidad a ser adicto al tabaco).

Exploraron, por ejemplo, si las diferencias en la PPG relacionada con el nivel educativo alcanzando identificada en la investigación con más de un millón de personas, y calculada después para los miembros del DLS, eran capaces de pronosticar cómo de lejos habían llegado en su educación, pero también si tenían mejores ocupaciones laborales, ganaban más dinero, y, en general, poseían más bienes. La respuesta fue positiva: “las PPGs ayudaron a identificar el nivel educativo, pero también la movilidad social, independientemente de que los niños hubieran crecido en familias de bajo, medio o alto nivel socioeconómico (…) cuando cae la pieza de dominó A –que representan los genes para el desempeño educativo—arrastra a la pieza B –el desempeño educativo real—la que a su vez arrastra a la pieza C –que representa el éxito en la vida.”

Puesto que se disponía de datos de los miembros del DLS desde los tres años de edad, se pudo comprobar, además, que aquellos con mayores PPGs educativas, ya destacaban en pruebas de desarrollo cognitivo y emocional desde temprana edad: “quienes eran más ricos genética, educativa y ocupacionalmente, se hacían aún más ricos con el paso de los años (…) la inteligencia, el autocontrol y las habilidades sociales dieron cuenta de un 60% de la asociación de las disposiciones genéticas con el éxito social (…) la biología de la vida es injusta (…) no elegimos a nuestros padres, pero los genes que heredamos de ellos nos colocan en una posición más o menos ventajosa en la vida.” Eso sí, lo que se aprende al observar puede permitirnos cambiar el equilibrio de fuerzas: “en principio es posible diseñar contramedidas para reducir el impacto de los factores que limitan el éxito en la vida, al igual que los fármacos pueden combatir el efecto de los genes del cáncer.”

En la siguiente aventura, los científicos del DLS estudiaron el efecto del maltrato infantil. Los hechos demuestran que esos episodios aumentan en un 50% la probabilidad de comportamiento antisocial en la edad adulta, pero “la mayor parte de los niños que han sufrido maltrato no se convierten en delincuentes.” Usan el modelo de diátesis-estrés para orientar su aventura: es la interacción genes (diátesis)-ambiente (estrés) la que promueve el fenotipo: “hacen falta dos para bailar un tango.” Dos tercios de los miembros del DLS no habían experimentado ninguna clase de maltrato, un cuarto experimentó algún episodio puntual (probablemente maltratado), y un 10% vivió dos o más episodios (severamente maltratado). A los 26 años, un 11% de los miembros del DLS habían sido condenados por delitos violentos, y la probabilidad aumentaba según la gravedad del maltrato experimentado en la infancia, aunque era mucho más visible en los individuos genéticamente vulnerables: “el 85% de los genéticamente vulnerables que habían experimentado maltrato presentaron un comportamiento antisocial.” El resultado encaja dentro de la cada vez más dominante perspectiva de la ‘susceptibilidad diferencial’. Los mismos sucesos producen distinto impacto en diferentes individuos.

La aventura sobre la epigenética fue infructuosa, aunque los autores se apresuran a señalar que la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. Pretendían averiguar si la crianza influía en la expresión genética y esta en el desarrollo psicológico. Aunque experimentar distintos tipos de victimización en la infancia predice la presencia posterior de psicopatología, pudiera ser que ambas variables tuvieran relación con alguna clase de propensión genética compartida por ambos fenómenos. Aunque la evidencia apoya una cierta influencia genética, los resultados con gemelos discordantes señalaron un efecto genuino de la victimización sobre la psicopatología. El siguiente paso consistió en explorar el epigenoma para averiguar si mediatizaba el efecto de la victimización sobre la psicopatología. Y el resultado fue negativo: “la victimización no influyó en la metilación en ningún lugar del epigenoma.” Denuncian los autores el entusiasmo injustificado que ha despertado la epigenética entre los psicólogos del desarrollo.

En la última parte del libro se centran en la apasionante aventura de averiguar si las personas envejecen a distintos ritmos: “somos miembros de una tribu a la que le interesan más las diferencias individuales en cómo nos desarrollamos los humanos que en el desarrollo normativo (…) la variación es la norma en lugar de la excepción (…) a psicólogos de las diferencias individuales como nosotros les interesa entender por qué hay personalidades antisociales, depresivas o creativas, por poner solamente tres ejemplos.”

Una de las lecciones más destacadas es que los informes retrospectivos y prospectivos cuentan distintas historias y apenas coinciden. Es frecuente que se recuerden sucesos de la infancia que nunca existieron y que se olviden algunos que sí tuvieron lugar. Por tanto, conviene ser cauto al validar la información en un proceso de investigación básica, así como aquella que se usará en la práctica de cara a establecer un diagnóstico o planificar una intervención: “nuestra investigación tuvo lugar en la torre de marfil, pero esperamos que no se quede ahí.”

La evidencia descrita en este texto resume los datos que demuestran que antes de los 40 años ya pueden apreciarse cambios fisiológicos asociados a la edad: “esperar a que la gente llegue a los 60, 70 u 80 años puede suponer que perdamos el avión.” Cuando los miembros del DLS llegaron a los 38 años, se construyó un índice de edad biológica combinando una serie de biomarcadores: azúcar en sangre, capacidad pulmonar, función renal, función hepática, competencia inmunológica, inflamación, presión sanguínea y nivel de colesterol. Cada uno de ellos predijo mejor una mayor mortalidad que la edad cronológica. Por cierto, la puntuación en el índice de edad biológica ordenó a los miembros del DLS conforme a la campana de Gauss: “el envejecimiento no es exclusivo de los viejos.”

El cerebro de esos individuos también fue muy distinto a esa edad cronológica. Quienes presentaban un cerebro más joven, mostraron también un mayor nivel intelectual. Quienes eran cerebralmente más viejos, habían experimentado un mayor declive en su funcionamiento cognitivo identificable desde los 7 años. Al estudiar sus retinas, quienes presentaron peores indicadores de vascularización eran también los más viejos biológicamente hablando y eran, por tanto, más susceptibles al ictus y la demencia.

Envejecían más deprisa quienes tuvieron abuelos que habían fallecido pronto, que crecieron en familias de escasos recursos, que tuvieron peores experiencias en su infancia, que tuvieron peores puntuaciones en los test de cociente intelectual, y que expresaban un menor autocontrol: “incluso a la (estadísticamente) mitad del ciclo vital, existe evidencia sobre las diferencias individuales en el ritmo al que se envejece, y la diferencia ya se aprecia a los 25 años, si no antes.”

En la conclusión subraya este grupo de científicos que ellos estudian cómo nos convertimos en lo que somos y se destacan los siguientes mensajes finales derivados de sus variadas aventuras:

1.- Las diferencias individuales que separan a los niños durante los primeros diez años, permiten pronosticar cómo funcionarán décadas después.

2.- Las experiencias dentro y fuera de la familia influyen en el desarrollo.

3.- Algunos niños provocan las conductas negativas de sus allegados (p. e. sus padres) debido a sus inclinaciones genéticas.

4.- El optimismo hacia la epigenética no está justificado por los datos.

5.- Los individuos son más o menos resistentes a la adversidad por motivos genéticos y circunstanciales.

6.- Comprender cómo se produce el desarrollo puede ayudarnos a mejorar el funcionamiento humano.

En suma, no duden en leer este interesante libro si les resulta posible. Será todo menos una pérdida de tiempo y les dotará de abundante artillería para tapar unas cuentas bocas que gustan de hablar profusamente para construir castillos de papel. Lamentablemente esas endebles construcciones a menudo capturan la atención de los legos, responsables de la comunicación incluidos, y hacen bastante daño a las vidas de los ciudadanos a través de su influencia en los responsables de establecer las políticas sociales. Ninguna de esas políticas debería basarse en una evidencia débil y altamente discutida en la torre de marfil. El conocimiento está ahí.

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