CHC revisitado

Para los no iniciados debo decir que CHC es el acrónimo de Cattell-Horn-Carroll, es decir, tres célebres psicólogos que se lo curraron para establecer un modelo en el que organizar las distintas capacidades mentales o cognitivas.

Fue John Carroll, de hecho, quien logró un consenso que se resistía a través de su enciclopédica obra ‘Human cognitive abilities. A survey of factor analytic studies’ (1993). Al jubilarse y desentenderse de las gestiones carentes de sentido a las que se ve sometido un académico, se propuso volver a analizar cientos de estudios hechos a lo largo y ancho del planeta sobre las aptitudes mentales. Y el resultado fue un modelo que, desde entonces, se convirtió en obligado referente.

Tuve oportunidad de comentar los detalles de ese modelo para el público español en algunos de los textos que vine publicando desde 1995. Por tanto, quienes se han formado en psicología por estos lares desde aquel entonces tuvieron la oportunidad de saber al respecto, aunque disponer de esa posibilidad y aprovecharse de ella son sucesos que pueden vincularse o no.

A lo que voy en este post es a comentar un reciente estudio en el que un equipo de investigación de tres universidades estadounidenses se plantea la pregunta de si distintas baterías de evaluación de la inteligencia, que se administran en la práctica, pueden interpretarse, conceptualmente, desde ese modelo CHC.

Utilizan ‘cross-battery confirmatory factor analysis’ (CB-CFA) para aplicarlo a las siguientes baterías de evaluación: Differential Aptitude Test Battery (DAT), Kaufman Assessment Battery for Children, Wechsler Intelligence Scale for Children, y Woodcock-Johnson III Test of Cognitive Abilities. En total supuso considerar, simultáneamente, 66 test de aptitud, y el resultado confirmó que podían organizarse según ese modelo CHC. Además, se concluyó que el factor general de inteligencia (g) y el razonamiento fluido-abstracto (Gf) resultaban indistinguibles, algo que ya comprobó Carroll hace casi tres décadas.

¿Por qué se planteó el reto este equipo de psicólogos?

La respuesta es evidente:

“Un sistema de clasificación que sea válido para los distintos test de inteligencia disponibles en el mercado facilitaría la comunicación sobre los constructos psicológicos que miden, sobre los resultados que se obtienen al hacer una evaluación, y sobre la investigación que se lleva a cabo sobre la inteligencia y sobre los test de inteligencia.”

El interés del CB-CFA es que es innecesario que los mismos evaluados hayan completado todas las baterías de evaluación que se pretende comparar en el análisis. Los psicómetras han llegado a unos niveles de sofisticación que logran poner los pelos como escarpias a quienes estudian psicología, así como a los profesionales que ya pasaron tiempo atrás por las aulas y que confían en que lo que aprendieron en su momento les permitirá tener una vida más plácida. El hecho es que los avances metodológicos siguen su curso y es necesario actualizarse para no perder el tren del progreso y mejorar la práctica profesional.

Los análisis consideraron casi 4 mil niños y adolescentes de entre 6 y 18 años. Los más de sesenta test de inteligencia de las diferentes baterías se clasificaron en las siguientes aptitudes: Gf (inteligencia fluida), Gv (inteligencia visuoespacial), Gc (inteligencia cristalizada), Gl (memoria a largo plazo), Gwm (memoria operativa o a corto plazo) y Gs (velocidad mental). Las correlaciones de esas seis aptitudes oscilaron entre 0,90 (para Gf y Gv) y 0,42 (para Gc y Gs). A esas aptitudes se añadió en el modelo final un factor de orden superior correspondiente a g (inteligencia general). 

¿Cuáles son las implicaciones teóricas de los resultados empíricos de los que se informa en esta investigación?

La esencial es lo que significa el modelo común a las distintas baterías de evaluación:

“La resolución de problemas novedosos y visuoespaciales, así como la profundidad y amplitud de conocimientos que pueden recordarse de un modo eficiente, son indicadores fundamentales de la inteligencia general, mientras que la relevancia de la memoria operativa y de la velocidad mental sería menor.”

Los autores aprovechan esa coyuntura para poner en entredicho la investigación previa que sostiene que tanto la memoria operativa (working memory) como la velocidad mental (processing speed) son ingredientes esenciales de la inteligencia general.

Confieso que me produce morbo que los esfuerzos de mi equipo de investigación al respecto se vinculen a los de Arthur Jensen, así como que ambos sean cuestionados. Me ofrece la oportunidad de sugerir que los autores del estudio que se está comentando deciden ignorar que las medidas experimentales de memoria operativa y de velocidad mental valoran procesos mentales cuya equivalencia con las medidas psicométricas de esos supuestos mismos constructos psicológicos es discutible. Obsérvese lo que escribía Jensen, por ejemplo, en ‘The g factor’ (1998):

“El hecho es que la velocidad que se valora con los test psicométricos es algo completamente diferente a la velocidad de procesamiento de información que se valora con las tareas cognitivas elementales (ECTs).”

Algo similar se aplica a la evaluación de la memoria operativa con tareas de naturaleza experimental en lugar de psicométrica. El modo en el que se miden los constructos psicológicos de interés posee su relevancia.

Otra de las implicaciones de esta investigación posee un tono práctico. Permite identificar los mejores test de cada una de las aptitudes consideradas, según su correspondiente peso en el factor. Mirar el modelo resultante de los análisis bastará para obtener esa valiosa información.

Además, concluyen los autores, evaluar Gf sería suficiente para obtener una estimación adecuada y directa de la inteligencia general (g). Obsérvese que esta declaración contradice la implicación teórica esencial señalada antes sobre “los indicadores fundamentales de la inteligencia general.” Pero no pasa nada.

Al final de su artículo los autores confiesan que no valoran en su investigación si el CHC es mejor o peor que otros modelos sobre cómo organizar las aptitudes mentales. El candidato a ocupar el primer puesto es el propuesto por Wendy Johnson y Tom Bouchard en 2005, quienes sí compararon distintos candidatos para concluir que el ganador no es el CHC.

En suma, los científicos siguen dándole vueltas a cómo organizar eficientemente las aptitudes mentales y qué consecuencias prácticas pueden tener los resultados de la investigación básica. Es necesario concluir, por tanto, que es un tema que sigue vivo y coleando. Manténgase conectados para no perder el avión.

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