Charlie Gordon

Charlie y el ratón Algernon son los protagonistas de la novela que Daniel Keyes publicó en 1959 (Flowers for Algernon). Ganó los premios Hugo y Nebula.

Al comienzo de la historia, el humano presenta discapacidad intelectual, con un CI de 68. Fue dejado de lado por su familia (“querían que fuese como los demás niños”), pero es acogido por Mr. Donner, un amigo de su tío, quien le ofrece un trabajo de por vida en su panadería.

Sus compañeros del negocio se reían de él, de sus torpezas (“la gente considera divertido que un tonto sea incapaz de hacer cosas como ellos”) hecho que, en parte, le lleva a aceptar someterse a una revolucionaria operación quirúrgica para mejorar su intelecto. La técnica se había probado con éxito en el roedor y Gordon se convertiría, por tanto, en el pionero de nuestra especie en someterse a esa intervención que podría cambiar el futuro de millones de personas (“el Dr. Strauss me dijo que, aunque no tuvieran éxito, habría hecho una gran contribución a la ciencia (…) no me importa la fama, sino que deseo ser tan listo como los demás para tener muchos amigos a los que les caiga bien”).

En pocos meses llega a triplicar su puntuación de CI, alcanzando valores de 185, lo que supone un salto no lineal, prácticamente cualitativo. Su nuevo estatus mental supera al de sus ‘creadores’ pero, en contra de lo previsto, tampoco es aceptado por la sociedad. Antes se alejaba por debajo y ahora por haberse atrevido a ascender a cumbres demasiado elevadas para que los demás puedan acompañarle en la aventura (“escalarás cada vez más alto y verás cada vez más cosas del mundo que te rodea”). Mr. Donner le despide con la siguiente reflexión: “trabajar en un sitio como este es inadecuado para un joven tan inteligente como tu.”

Los científicos que están detrás de la intervención sospechan que el proceso de mejora puede devolver a Charlie a la línea de salida, es decir, que la subida irá seguida de una caída. Gordon averigua por su cuenta que ese será su destino más probable y decide aprovecharse de su alta capacidad, mientras disfrute de ella, para encontrar una solución y evitar su destino.

El humano narra los sucesos en un diario que le recomiendan escribir. Las primeras páginas son difíciles de entender –usa un inglés entrañable, pero endiablado. A medida que avanzan las páginas, la sofisticación del texto aumenta visiblemente.

Antes de la operación compite con Algernon para saber si es capaz de ganarle al salir cuanto antes de un laberinto. Su frustración es patente al comprobar que el animal le supera (“desconocía que los ratones fueran tan listos”).

Después de la operación, Gordon debe someterse a un aprendizaje intensivo: “el Dr. Strauss me dijo que una puntuación de CI te dice cuánta inteligencia puedes llegar a alcanzar, algo así como los números que pueden verse en un vaso de medida. Pero es necesario llenar el vaso con cosas.” Aprende idiomas sin cesar y absorbe sin dificultad las obras de los grandes clásicos de la filosofía, la literatura y las ciencias. El vaso se va llenado a una vertiginosa velocidad de crucero.

Lamentablemente, la mejora de su capacidad facilita que ahora se percate del verdadero significado de que los demás se riesen de él y le disgusta la sensación. Sus compañeros comienzan a sentirse amenazados al ver su progreso mental (“voy con libros a todas partes y empecé a fumar en pipa”).

También conoce el amor a través de su instructora (Alice), pero la relación le resulta peculiar al interactuar las partes racional y emocional: “ya estás por encima de mi altura intelectual. En poco tiempo serás una persona diferente. Cuando madures intelectualmente aún más, seremos prácticamente incapaces de comunicarnos. Y al madurar emocionalmente, puede que ni siquiera te guste.”

Sin ser probablemente consciente, Keyes ofrece una excelente definición de inteligencia sirviéndose de Charlie: “es increíble cómo se relacionan cosas supuestamente desconectadas. Ascendí a otro nivel y ahora las corrientes de las distintas disciplinas parecen integradas, como si provinieran de la misma fuente.”

El intelecto está al servicio de esa integración, pero quizá tenga, para algunos, determinadas desventajas. Gordon ya no acepta ser una mascota dócil que mueve la cola y lame el zapato de quienes le patean. Eso se acabó.

Keyes se permite jugar con lo que llegaríamos a conocer, tiempo después, como lenguaje PC. Escribe en su diario Charlie: “soy ‘excepcional’ –un término democrático que huye de las malditas etiquetas ‘dotado’ o ‘deprivado’ (que solían significar ‘brillante’ o ‘retrasado’). Pero cuando ‘excepcional’ empiece a significar algo para alguien se volverá a cambiar de término. Excepcional se refiere a ambos lados del espectro, de modo que nunca he dejado de ser excepcional.”

Resulta difícil resistirse a las jugosas reflexiones que el autor pone en boca de sus personajes. Una de mis favoritas es cuando Charlie expresa la idea de que nadie considera gracioso reírse de alguien que nace sin piernas, sin brazos o ciego, pero pocos consideran que sea inadecuado reírse de alguien que nace con una baja inteligencia. Y en cuanto a si el factor crucial de los humanos es su inteligencia, Gordon reflexiona: “la inteligencia es uno de los grandes regalos de la humanidad. Pero demasiado a menudo la búsqueda de conocimiento te aleja de buscar el amor. Esta es mi hipótesis: la inteligencia sin la capacidad de dar y recibir afecto conduce a una ruptura mental y moral, a la neurosis y, probablemente, a la psicosis.”

En su clímax mental, Gordon escribe un artículo para la posteridad: “The Algernon-Gordon effect: A Study of the Structure and Function of Increased Intelligence.” En el texto demuestra, matemáticamente, la inevitabilidad de su deterioro, similar al ya experimentado por Algernon.

Hacia el final de la novela hay un entrañable guiño a Don Quijote: “leí un libro sobre un hombre que creía ser un caballero y que salió de su casa acompañado por su amigo y montado en un viejo caballo. No importa lo que hiciese. Siempre terminaba apaleado y herido, como cuando pensó que unos molinos eran dragones. Soy consciente de que antes sabía cuál era el significado de la historia, pero ahora soy incapaz de captar el mensaje.”

Si tienen oportunidad, y no lo hicieron antes, háganse ahora con un ejemplar y lean esta deliciosa y sugerente novela de ficción. Hay alguna razonable versión cinematográfica, pero de ningún modo sustituye a la profundidad de la narración. 

Al leer ese texto de hace 60 años es fácil preguntarse cómo están tardando tanto los científicos en alcanzar el objetivo que se propuso Keyes en su ficción.

¿Es una tarea imposible?

¿Vale la pena el esfuerzo y el riesgo?

¿Resulta moralmente aceptable?

Un comentario sobre “Charlie Gordon

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  1. La he leído dos veces. Me encanta. La conseguí en internet pero pienso hacerme con el libro en algún momento. Quizás incluso lo compre en su versión original.

    También he visto la película, pero es verdad que, como era de esperar… no le hace justicia al libro. Es una historia que me gustaría que leyese todo el mundo. Tiene muchos detalles interesantes y conmovedores a partes iguales.

    Mi opinión es que en cualquier paso merece la pena el esfuerzo y el riesgo… El progreso parece adelantarnos por la derecha y suceden tantas cosas que no damos abasto… Incluso hay quienes impulsan el desarrollo de la IA para acometer tareas que nosotros mismos no podemos enfrentar…

    Le gusta a 1 persona

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