Superficiales

Nicholas Carr fue finalista del Pulitzer con su ensayo ‘Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?’ (2010).

Su tesis gira alrededor de cómo la tecnología, en general, modifica el modo en el que funciona nuestro cerebro. Internet es solamente un protagonista reciente, pero la cosa se remonta a los mapas, el reloj de pulsera, el libro físico, la radio o la televisión. Y es importante señalar que lo relevante no es el contenido, sino las características del medio (“los medios le ofrecen material al pensamiento, pero también moldean el proceso a través del que pensamos”).

Por ahora, el instrumento más poderoso al que se ha llegado es el teléfono móvil. De hecho, es un potente y minúsculo ordenador conectado permanentemente a internet que fue diseñado para vivir pegado a nuestra anatomía día y noche.

Hay un debate encarnizado sobre si internet mejora o empeora nuestras capacidades. Algunos sostienen que nos libera de la necesidad de memorizar para dedicarnos a razonar, mientras que otros mantienen que destroza nuestra capacidad de prestar verdadera atención y separar el grano de la paja. El pensamiento lineal habría muerto con el uso masivo de internet.

Carr se deleita comentando cómo ha ido cambiando él mismo con la evolución de la red y de las máquinas que la sustentan: “cuando la web conoció la versión 2.0 en 2005, yo también me hice 2.0. Me convertí en usuario de las redes sociales y en creador de contenidos. Contraté un dominio e inauguré un blog.” Pero también comenzó a sospechar que algo estaba cambiando en su mente, viéndose incapaz de prestar atención a algo concreto durante más de dos minutos.

Para ayudarnos a entender cómo puede la red estar cambiando nuestro cerebro, recurre a Michael Merzenich, discípulo de Vernon Mountcastle y sacerdote de la plasticidad cerebral (al que conocí en un interesante encuentro científico celebrado en 2008 en New York). También recurre a Eric Kandel, estudioso de los cambios cerebrales asociados a la memoria en caracoles (quien también asistió al encuentro de NYC). Es innegable que existe una especie de marco general en nuestros cerebros diseñado conforme al genoma (hardware), pero las sinapsis se reconfiguran constantemente según nuestras experiencias (software). Nuestro cerebro cambia en respuesta a cambios físicos ahí fuera, pero también en respuesta a lo que pensamos. Alvaro Pascual-Leone lo demostró en una interesante investigación en la que comprobó la presencia de cambios cerebrales similares cuando se interpretaba una pieza al piano o cuando se imaginaba que se interpretaba (“nos convertimos, neurológicamente, en lo que pensamos”).

Carr se lanza a la piscina (donde puede haber una escasa cantidad de agua) y admite el supuesto de que los cambios del cerebro son irreversibles, es decir, que es un órgano plástico en lugar de elástico. Recurre ahora al psiquiatra Jeffrey Schwartz (quien también estuvo en aquel encuentro de NYC) para subrayar el mantra “la supervivencia del más ocupado”. Lo que no se usa, se pierde.

En la parte tercera se centra en los instrumentos de nuestras mentes. Usa argumentos que resuenan a viejos conocidos de la psicología como Flynn o Hunt. Determinados instrumentos como los mapas o los relojes (que son tecnologías intelectuales, a diferencia del microscopio o la píldora anticonceptiva) alimentan la abstracción y alejan de lo concreto. Otras tecnologías intelectuales son la máquina de escribir, el ábaco, la regla de cálculo, el sextante, el libro, el periódico, la escuela, la biblioteca, el ordenador e internet. Esas tecnologías modelan qué y cómo pensamos.

Internet trajo algo nuevo a nuestro mundo: la bidireccionalidad. El mecanismo incrementa el tiempo invertido buceando en la red, solo y en compañía. A eso se añade el dato de que la misma gente que navega por la red, también son ávidos consumidores de televisión. De hecho, la TV propende a fundirse con la red. El consumo en ambos medios se hace a costa de la lectura de libros: “cuando buscamos en la web ignoramos el bosque, pero también los árboles, centrándonos en las ramas y en las hojas.”

La era en la que vivimos ahora está promoviendo que la lectura atenta de libros vuelva a ser lo que fue: para una élite. Antes leían los monjes en los monasterios y ahora leen, si acaso, algunos de los llamados intelectuales (“the reading class”). El resto navega surcando superficialmente los mares y oceános multimedia. El hecho es difícilmente calificable, pero es el que es. Atrae la multitarea, pero la consecuencia lógica es que en ninguna de ellas centramos nuestra atención y, por tanto, poco es lo que consolidamos y pasa a formar parte de nuestro acervo de conocimientos, necesarios para poder aplicar sosegadamente nuestra capacidad de razonar.

Ahora gustamos de los juegos malabares usando minúsculas piezas de información: “nos sumergimos online en un ambiente que promueve la lectura rápida, el pensamiento apresurado y distraído, y el aprendizaje superficial.” La red captura nuestros sentidos y nos conduce a presionar teclas, como las ratas en una caja de Skinner. Carr acepta que el proceso cambia nuestros cerebros. 

Mientras que quien lee un libro lineal necesita una mente calmada, el que navega online lo hace rodeado por un enorme enjambre de moscas cojoneras. Si saturamos nuestra memoria operativa (working memory) dificultamos la consolidación de verdadero conocimiento: “nos convertimos en dementes consumidores de datos (…) el ambiente intelectual de internet equivale a leer un libro mientras que se resuelve una sopa de letras.”

Más puede ser menos. Las tecnologías multimedia limitan la adquisición de conocimiento porque superan salvajemente nuestra capacidad de atender. La red destroza esa atención, es un sistema diseñado para fomentar las interrupciones. Pero el actual zeitgeist ha logrado que la gente se sienta fatal si percibe que se desconecta de la red. Valoramos lo que sucede ahora, aunque sea trivial. El ejemplo de Twitter es paradigmático. Desconectarse para centrarse se percibe como una amenaza de quedarse fuera de la rueda, de aislarse socialmente.

El diseño de la web se basa en el hecho de que los usuarios permanecen en una página durante un máximo de diez segundos. Apenas se lee el contenido de esas páginas sencillamente porque no se trata de eso. Navegar es el objetivo prioritario: “en lugar de cultivar conocimiento ahora cazamos datos en el bosque electrónico.” Carr recurre a Séneca: “estar en todos los sitios es estar en ninguna parte.” La cosa no es, por tanto, nueva en absoluto, ¿verdad, Carr?

¿Atenta contra nuestra inteligencia la sumisión a las normas de la red?

Aquí se recurre al famoso efecto Flynn. Carr no admite que seamos ahora más inteligentes que hace un siglo. Según él, el documentado aumento generacional de las puntuaciones en los test de cociente intelectual, no supone una mejora genuina de nuestra inteligencia. Lo que expresa es un cambio del modo en el que pensamos, pasando de lo concreto a lo abstracto. Es decir, seríamos inteligentes de un modo distinto a nuestros abuelos. Nuestros cerebros no serían mejores, sino que serían diferentes.

Seguidamente arremete contra la iglesia de Google: “la compañía no es un negocio, sino una fuerza moral.” Las páginas valiosas son las que logran capturar la atención de quienes navegan, al igual que sucede con las citas de los artículos científicos. Y cuanto más navegamos, más información acumulan los algoritmos sobre nuestras inclinaciones. Esos algoritmos odian que nos centremos en algo y permanezcamos en una página demasiado tiempo. Quienes, por ejemplo, disfrutan de exitosos blogs, publican compulsivamente pequeñas piezas en lugar de elaborados textos. La novedad aplasta todo lo demás. Cuanto más navegamos, más publicidad recibimos y más aprende el algoritmo sobre nosotros.

Al discutir sobre el papel de la memoria, critica la idea de que puede ser sustituida por la red. Disponer de información prácticamente infinita ahí fuera nada tiene que ver con organizar conocimiento en nuestra memoria. Como se comentó antes, los contenidos que revolotean en nuestra memoria operativa necesitan sosiego para lograr consolidar aquello que resulta relevante y distinguirlo de lo irrelevante. Necesitan tiempo, algo que combaten activamente las reglas de internet. Ese tiempo es necesario para consolidar los cambios anatómicos obligatorios para conservar el tesoro del conocimiento: “la memoria biológica está viva, mientras que la memoria de un ordenador está muerta.”

La memoria operativa, con la que juega y en la que se centra internet, es biológicamente distinta a la memoria permanente (a largo plazo), que los humanos necesitamos para alimentar nuestra identidad y orientar adecuadamente nuestras acciones futuras. Ahora Carr sí acepta que esa memoria permanente es ‘elástica’ y que al estirarla alimentamos nuestra inteligencia. La web está diseñada para promover el olvido y para simplificar nuestro pensamiento. Como comentó el malogrado David Foster Wallace en una conferencia en 2005: “aprender a pensar significa aprender a controlar cómo y qué se piensa.” Al delegar nuestra memoria en las máquinas, renegamos de una parte de nuestro intelecto y de nuestra identidad. Según William James, “conectar es pensar.”

Hacia el final de su ensayo, Carr confiesa que tuvo que desconectarse de internet para poder centrarse en escribir su libro: “mi cerebro pudo respirar de nuevo.” Admite que la gente podría recuperar sus viejos hábitos, y, por tanto, implícitamente acepta que navegar por la red está logrando modificar nuestros hábitos, pero no nuestra esencia. Se contradice a sí mismo, pero es un pequeño detalle sin verdadera importancia para su demoledor mensaje.

Poéticamente comenta que al viajar en coche llegamos más rápido al destino, pero perdemos la experiencia íntima de conectar con la tierra que vivimos al caminar. Como asiduo caminante, abrazo sin reservas esta perspectiva. Tuve esa misma sensación conduciendo por una autopista de Castilla con el cambio de milenio. La tecnología, escribe Carr, y destacaba Unabomber en su famoso manifiesto, nos aliena: el reloj nos separó del flujo natural del tiempo y los mapas nos alejaron de la percepción directa de la tierra.

Aprendemos mejor cuando somos activos y elaboramos. Externalizar el proceso daña nuestras capacidades. Cederles el control a los algoritmos destruye nuestra mente. Hasta los científicos caen en la trampa de centrarse en los artículos más novedosos en lugar de en los más interesantes. Seguir las pautas del buscador de Google, así como de las recomendaciones de Amazon o Netflix, supone aceptar un guión escrito para nosotros sin que sepamos cómo se llegó ahí.

Volver a conectar con la naturaleza es esencial. Los datos revelan que somos más atentos, memorizamos mejor y pensamos de modos más sofisticados después de pasar una temporada en un entorno rural rodeado por la naturaleza. Nuestros cerebros se relajan al dejar de ser bombardeados por un incesante flujo de información. El único modo de preservar nuestra inteligencia, evitando que se transforme en artificial, es alejarnos de los hábitos que hemos adquirido al interactuar y ser absorbidos por la red.

En una entrevista que se le hizo a Carr al comenzar 2021, reiteró la esencia de su mensaje. Desde la publicación de su libro, sus advertencias han sido, por supuesto, ignoradas y la cosa ha empeorado visiblemente. La tentación es demasiado fuerte y somos incapaces de resistirnos. Al menos por ahora.

3 comentarios sobre “Superficiales

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  1. Qué maravilla de reseña y análisis del asunto. Percibo algunos de esos perniciosos síntomas. Es una nueva lucha la que se nos presenta. Agradecerte el artículo. Voy a por el libro.

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