Lunes al Sol (53): La insoportable obligación de pensar

Es poderosa la tentación de pensar que la sobreabundancia de información a la que estamos expuestos en la actualidad contribuye a que dudemos de todo y a que abracemos versiones de la realidad que se podrían considerar infundadas o directamente falsas.

Aunque nuestra capacidad de razonar sea más o menos adecuada, si no se puede aplicar a un conocimiento fiable difícilmente logrará hacer su trabajo, es decir, ofrecernos una visión sensata de la realidad en la que vivimos.

Pero la cosa en absoluto es característica de la actualidad, por mucho que caigamos en la trampa de imaginar que el espíritu de nuestro tiempo carece de precedentes, que lo que ahora sucede nunca tuvo lugar en el pasado.

Desde al menos la antigua Grecia y Roma, los humanos dudamos mogollón. Escribía Sexto Empírico, seguidor de Pirrón de Elis:

“Epojé es el estado de la mente en que ni negamos ni establecemos cosa alguna.”

El gabacho Rene Descartes se esnifó con eso de la duda metódica en su “Discurso del Método”. Dudó de los datos de los sentidos, de la diferencia entre sueño y vigilia, o de que Dios jugase con nosotros para engañarnos, pero encontró un apoyo seguro en esa misma duda (pienso, luego soy).

La duda puede erosionar el contenido del pensamiento, pero no al pensamiento en sí.

Risieri Frondizi escribió en 1979 sobre “El discurso del método”:

“El individuo de nuestro tiempo parece entregarse resignado a algún eslogan creado con fines propagandísticos, pero es su misión y su deber defender sus derechos y los de sus semejantes. De entre esos derechos hay uno que no debería ceder por nada del mundo: el derecho a pensar por cuenta propia.”

En 1991, Julio Caro Baroja publicó “Las falsificaciones de la historia (en relación con la de España)” obra en la que puso de relieve la tendencia de algunos intelectuales a manipular y cambiar la naturaleza de los hechos para alcanzar determinadas metas. Escribió Caro al cerrar su ensayo:

“Hoy, por muy críticos que seamos, hemos de estudiarlos a ellos, más que a sus obras, con cierta benevolencia o comprensión, pues debieron de ser individuos entusiastas, no malhechores. Existen en la actualidad otra clase de impostores y tartufos más peligrosos que no falsifican datos o hechos, sino que interpretan los auténticos a su modo y para sus fines.”

Estas referencias al pasado vienen a cuento de un artículo sobre los bulos publicado en ‘Science Advances’:

Evaluating the fake news problem at the scale of the information ecosystem

Una de las principales conclusiones de ese artículo, basado en un exhaustivo análisis de la evidencia disponible en los Estados Unidos, es que los ciudadanos se informan a través de la televisión en lugar de mediante las redes sociales (RRSS). Y, también, que los bulos suponen solamente el 0,15% de las escasísimas noticias que se consumen de hecho.

El problema de la desinformación puede explicarse porque los ciudadanos apenas se documentan usando modos que supongan un mínimo esfuerzo (p. e. lectura de la prensa, de periódicos en los que se analiza sosegadamente la realidad).

El artículo comienza haciéndose eco del supuesto poder de RRSS como Twitter o Facebook para polarizar a la población y socavar la democracia. Sin embargo, está demostrado que los usuarios de Twitter, por ejemplo, en absoluto representan a la población.

Los resultados esenciales señalan que:

1.- Los usuarios apenas consumen noticias a través de los medios de comunicación:

“De los 460 minutos al día que se exponen a los medios, el 86% no tiene ninguna relación con noticias (…) los estadounidenses deciden ignorar las noticias.”

Obsérvese la escalofriante cifra de consumo, difícil de asimilar racionalmente.

2.- Cuando deciden consumir noticias, lo hacen a través de la TV.

3.- El consumo de bulos es minúsculo.

Pero las modas son así. Desde enero de 2017 hasta finales de 2019 se han publicado más de 2 mil artículos sobre bulos, según Google Scholar, frente a los 73 que se habían publicado con anterioridad. Según los autores de este artículo, esa desmesurada atención carece de fundamento en la realidad porque el consumo apenas se relaciona con las noticias (y aún es menor en RRSS).

En suma: el problema no está en los bulos, por mucho que haya agencias que se hayan especializado en desmontarlos (Maldita.es o Newtral.es son destacados ejemplos en nuestro país). El problema reside en la ignorancia en la que decidimos regodearnos. Más que dejarnos seducir por los bulos, optamos por vivir en la inopia.

Seamos consecuentes, pues, y dejemos de protestar por problemas inexistentes. El problema es nuestra apatía mental, el hecho de que más que un derecho consideramos una insoportable obligación eso de “pensar por cuenta propia”.

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