¿Legalizamos la prostitución? (por Félix García Moriyón)

Existe ahora un renovado interés por abordar el serio problema de la prostitución, sobre todo la ejercida por mujeres. El Ministerio de Igualdad del actual gobierno parece decidido, por fin, a legislar con una propuesta abolicionista.

El tema es, desde luego, controvertido y complicado, por lo que conviene empezar con algunos datos, para explorar posibles acuerdos y desacuerdos en la búsqueda de soluciones.

Mi reflexión se centra en España y, en segundo lugar, en la Unión Europea. Dados los fuertes condicionamientos culturales y sociales que marcan el ejercicio de la prostitución, es legítimo acotar el ámbito, dejando fuera otras áreas de nuestro planeta en las que la prostitución puede plantear problemas más graves.

Para iniciarse en los datos generales, creo que es válida, amplia y sólida la información de Wikipedia sobre la prostitución en Europa y el informe elaborado para la Unión Europea en el 2014 (Sexual exploitation and prostitution and its impact on gender equality). Me parece importante el título de este informe pues une explotación y prostitución y destaca su impacto en la igualdad de género. Hay diferencias profundas entre hombres y mujeres en la práctica de la prostitución.

No obstante, hay algo que ese título omite y que considero fundamental: difícil resulta entender las relaciones de prostitución si no se incluye la dominación.

Esas dos referencias permiten destacar algunos datos significativos. Aunque no muchos, ofrecen porcentajes de los hombres que recurren a la prostitución: entre un 11% en el reino Unido, el 22% en Francia y el 31% en España. Más interesante es el hecho de que hay un grupo de países (los tres Bálticos, Rumanía, Chequia…) en los que la prostitución es fundamentalmente ejercida por nacionales, mientras que el porcentaje va del 40% en el Reino Unido al 90% en España, Italia y Luxemburgo. En Alemania, Países Bajos, Bélgica, Austria y Francia, entre el 60% y el 75%. Parece haber una cierta correlación positiva entre nivel de renta del país y porcentaje de inmigrantes ejerciendo la prostitución. Por último, el proxenetismo y la trata existe en casi todos los países, al margen de la solución que le hayan dado al problema.

No está claro que sea un asunto relacionado con la dignidad de las personas. En 1949, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó el Convenio para la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena, considerando en su preámbulo que ambas «son incompatibles con la dignidad y el valor de la persona humana y ponen en peligro el bienestar del individuo, de la familia y de la comunidad».​

A fecha de 4 de junio de 2017, el convenio fue ratificado por 82 países, menos de la mitad de los países miembros de la ONU. Los convenios son más exigentes jurídicamente que las declaraciones y eso explica, en parte, que haya tan pocas firmas. Además, hay personas y gobiernos que consideran que la prostitución no es indigna. En Alemania, por ejemplo, el Estado niega subsidio de paro a una mujer que rechaza el trabajo en un burdel. De hecho, la Unión Europea exige ya a todos los países que incluyan los datos económicos de la prostitución en las cuentas públicas, y también los del tráfico de drogas y de armas. Por cierto, una medida que fue duramente criticada en el Parlamente Europeo por quienes pensaban que era dar legalidad y dignidad a algo que no era en absoluto un trabajo.

Sea o no sea un trabajo, y sea o no sea digno, pienso que hay que hacer algo, pues son diversos los problemas que rodean a la prostitución: los relacionados con la trata de personas y los problemas sanitarios, así como las durísimas situaciones en las que se ejerce de hecho, con graves perjuicios para las prostitutas.

Ahora bien, ¿qué hacer?

En estos momentos hay al menos cuatro grandes estrategias: prohibición, abolición, reglamentación y regulación. En España es delito la trata y el proxenetismo, pero existen diferentes tipos de regulaciones concretas según las comunidades.

Los datos sobre las consecuencias positivas y negativas de cada uno de los modelos distan de ser concluyentes y eso es lo que constata el informe de 2014 antes citado. Se pueden encontrar estudios en Estados Unidos que avalan que la legalización favorece la disminución del rapto y de la violencia contra las mujeres, pero otros estudios no confirman ese dato: hay demasiadas mentiras e informaciones sesgadas al respecto, incluyendo un sesgo de ese mismo artículo en el que cita el informe de la UE para avalar que solo hay un 15% de prostitutas sometidas a trata, dato que el estudio atribuye, sin asumirlo ni rechazarlo, a un estudio de feministas partidarias de la legalización.

Entre 2006 y 2007, un grupo de expertos, que asesoraron a los diputados españoles en una ponencia bien documentada, no zanjaron la cuestión y no se prosiguió con el intento de elaborar una ley. Y esto mismo declaran desde una organización feminista en contra de la legalización.

Ni el problema ni las soluciones son, por tanto, algo sencillo.

Algunos sostienen que sí es un trabajo, por lo que debe ser regulado por la legislación laboral. Supongo que en su día se debería también especificar los requisitos de formación que acrediten la preparación para el desempeño de esa ocupación. No obstante, es necesario dar cierta prioridad a la discusión sobre la dignidad de la práctica de la prostitución. En este punto considero central tener en cuenta que la prostitución no gira fundamentalmente en torno a las relaciones sexuales, sino que tiene más que ver con relaciones de dominación. O, en una versión menos cruda, con la cosificación de las mujeres prostituidas: para muchos de los jóvenes entre 25 y 30 años que pagan servicios sexuales, las prostitutas no pasan de ser juguetes que pueden utilizar a su antojo. Hay grandes prostíbulos en Alemania que ofrecen, junto al servicio sexual, y en el mismo paquete, una gran jarra de cerveza y un gran perrito. Estas prácticas forman parte de todo un proceso de mercantilización y cosificación de los cuerpos de las mujeres.

Por otra parte, también es dudoso que los posibles contratos se firmen en condiciones de libertad real. Parece más frecuente lo contrario, como indica la fuerte presencia de la trata, el elevado porcentaje de inmigrantes en su ejercicio y la persistencia del proxenetismo.

Estos argumentos están detrás de que yo sea un claro partidario de no considerarla un trabajo y, por tanto, de que apoye su abolición.

Aunque tengo postura tomada en contra, reconozco, una vez más, que el tema es complejo, Tanto que el marco legal puede no ser el más adecuado para abordarlo, aunque es importante que haya leyes al respecto. Creo, por tanto, que lo que urge es seguir con algunas de las tareas que se están llevando a cabo desde hace mucho tiempo: perseguir con energía el tráfico de mujeres y procurar todo tipo de asistencia a las que están ejerciendo la prostitución de manera a-legal o incluso ilegal, por su «libre» voluntad o forzadas.

Son muchas las instituciones, públicas y privadas, algunas de ellas religiosas, que ejercen tareas como el apoyo, la protección y los programas integrales para ayudar a abandonar la prostitución. El hilo conductor de esos programas, y también el de la policía y los jueces, debe ser el reconocimiento de que, casi en todos los casos, la persona que está en situación de riesgo serio y necesita apoyo, es precisamente la que ejerce la prostitución, no el que paga por ella.

Termino con una breve referencia a la prostitución masculina.

No la he incluido por ser mucho menos numerosa y por tener peculiaridades. No obstante, se debería prestarle atención, especialmente a la prostitución masculina homosexual, pero también a la que tiene como clientes a las mujeres, y de manera especial la que se da en el ámbito del llamado turismo sexual. Conviene ir recabando información sobre lo que está sucediendo en ese campo, con datos que señalan que también existen problemas muy serios.

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