Lunes al Sol (41). Hefner

Lunes al Sol

Estuve visitando la serie documental dramatizada de Amazon Prime Video sobre Hugh Hefner, el fundador de la revista Playboy.

Durante diez capítulos se van desgranando los detalles de la vida de este personaje dedicado a la creación. Es uno de esos ejemplos paradigmáticos de sapiens que generan la cultura dentro la que vivimos los demás miembros de la especie.

Nació en 1926 y murió 91 años después, en 2017.

En 1953 decide fundar una nueva revista de entretenimiento dirigida a los hombres. Los pasos que va dando para sacar a la luz el primer número son una auténtica aventura de emprendimiento (incluyendo convencer a su madre para que le donase una parte del capital necesario; acepta porque cree y confía en su hijo). No viaja solo, pero quienes orbitan a su alrededor carecen del genio creativo de Hef. Tampoco poseen el arsenal de ideas claras sobre lo que se debe hacer que sí se encierra dentro del cráneo del genio. ¿De dónde provienen ese arsenal? No se sabe, no se contesta. Están ahí, se manifiestan como sucede con las grandes obras de arte que vienen a la mente del artista, del compositor o del pintor que nos conmueven a través de sus melodías y sus lienzos.

Una de las piezas esenciales de ese primer número de la revista que, por un capricho del destino, terminaría denominándose ‘Playboy’ y que, contra todo pronóstico, vendería 50.000 copias, fue que Hugh se hizo casi accidentalmente con unas fotos exclusivas del icono erótico en los Estados Unidos en aquel momento: Marilyn Monroe. La malograda actriz y cantante, que por aquel entonces aún se llamaba Norma Jean, había posado, con poca ropa, y cuando aún era una completa desconocida, para un calendario. Trataba de ganar unos dólares de los que estaba bastante necesitada. Monroe, por cierto, nunca le dio permiso expreso a Hefner para publicar las fotos.

PrimerNumeroPlayboy

El éxito que tuvo ese primer número, en el que se ya se incluyó el logo, que sigue vigente, del conejo con la pajarita, permitió que el emprendedor comenzase a pensar en la posibilidad de hacer un siguiente número. El resto de la historia forma parte de la cultura, no solamente occidental.

Naturalmente, la serie televisiva ofrece numerosos detalles sobre los sucesos que tienen lugar durante las décadas en las que Hefner construye un auténtico imperio aprovechando el éxito de su revista. El ascenso es fulgurante, pero también hay momentos delicados en los que, por ejemplo, (a) la red de empresas que teje debe desmantelarse para sobrevivir a los vaivenes del destino, (b) su mano derecha durante años se suicida al no soportar la presión de las autoridades del gobierno ante su negativa a culpar a Hef –según ella injustamente–de estar detrás de una red de tráfico de drogas, o (c) el asesinato pasional de una entrañable Playmate a manos de su esposo.

¿Por qué triunfa Playboy?

Porque, según los guionistas de la serie, conecta con un segmento receptivo de la población. Es evidentemente una posibilidad, pero sospecho que no es esa la razón esencial. Hefner crea algo, no solamente la revista, si no cadenas de restaurantes y casinos, y el público compra el producto porque satisface necesidades que ni siquiera era consciente de poseer. El emprendedor está literalmente creando una cultura que algunos ciudadanos aceptan con entusiasmo. Otros, por supuesto, y al mismo tiempo, elevan airadas protestas de la más variopinta naturaleza y por motivos perfectamente comprensibles para ellos.

Además de supervisar los mínimos detalles de su revista durante años, Hugh hace televisión (‘Playboy’s Penthouse’ y ‘Playboy After Dark’ fueron programas de considerable éxito) y, también en este caso, siguiendo unas ideas y unos principios meridianamente claros. De hecho, revuelve frecuentemente el ambiente invitando a su programa a personas que estaba claro que tendrían el efecto de atentar contra sus índices de audiencia. No les desvelaré de qué estoy hablando exactamente para estimular su curiosidad. Solo diré que tenía claro que debía hacer lo que hizo porque los modos de convivencia en ese momento en su país no comulgaban con su modelo sobre cómo debía ser ese mundo. Un modelo que, esencialmente, suponía libertad de pensamiento y acción a raudales, así como, también, promover una verdadera integración social de las minorías de su país natal.

Con sus dotes de visionario, Hefner contribuyó a cambiar el modo en el que se contemplaba la sexualidad a mediados del siglo pasado. La manera en la que se abordaba la temática en su revista encajó como anillo al dedo en el cuadro que supuso la revolución que se produjo a finales de los 60 en muchas partes del planeta.

logotipo-playboy

Por supuesto, tuvo detractores en varios frentes. Por ejemplo, se le llevó a los tribunales en 1963 porque se le denunció por promover la obscenidad al publicar una foto de una mujer desnuda estando un varón presente en la escena. Salió indemne del trance y, con lo que supuso ese proceso, contribuyó a cambiar también las rancias leyes y normativas aún vigentes en su país.

Un episodio revelador es la vivencia por la que tuvo que transitar, a regañadientes, para poder abrir uno de sus locales en la ciudad de Nueva York (la ciudad más corrupta del planeta, según el documental). Era habitual que quienes debían firmar el permiso de apertura de esa clase de locales recibiesen suculentos sobornos. No había otra salida. Hizo, por consejo de sus asesores, lo que todo el mundo hacía, y terminó volviéndose a sentar en el banquillo, situación que aprovechó para desvelar lo que estaba sucediendo en la Gran Manzana. También eso contribuyó a cambiar las cosas.

Fue acosado porque algunos, con, como suele ser habitual, evidentes conflictos de intereses, denunciaban que se tratase a las camareras de sus locales (‘bunnies’) como si fuesen objetos. La historia puede sonarnos familiar en la actualidad. No importa lo que piensen las personas directamente implicadas. Lo relevante, por supuesto, es que no saben lo que hacen y, por tanto, otros deben hacerles ver la luz (por su propio bien) si es necesario incluso mediante el uso de la fuerza (legal o no, justa o injusta). El caso es que esas camareras tenían una estricta política de conducta con los clientes (plasmada en un contrato) y ganaban sueldos astronómicos gracias a las propinas que recibían. Algunas de esas camareras, a las que se entrevista en la serie, comentan que determinados clientes podían pagar una factura de 10 dólares por las copas que se habían tomado esa noche y dejar 20 de regalo. Al espectador del documental no le queda la sensación de que viviesen explotadas, pero quién sabe si esa era la realidad.

Los programas de televisión en los que participaba Hefner están detrás de que decidiese mudarse a Los Ángeles en 1975 desde su ciudad de referencia, Chicago.

Hay muchos detalles en los diez capítulos, pero no es este el lugar de regodearse. El objetivo de este post es destacar un hecho que puede quedar fácilmente oculto por unas amañadas apariencias, en un sentido u otro. La revista Playboy ha sido mucho más que un magazine en el que, entre otro material, aparecían mujeres ligeras de ropa. Hef hizo camino al andar donde antes no existía. Trabajó con tesón para integrar grupos sociales separados en su país, para denunciar el apartheid evidente ignorando a los recalcitrantes (entrevistando, por ejemplo, a Martin Luther King y Malcolm X), denunció aquello que consideraba injusto (como la guerra de Vietnam), contribuyó a revolucionar el sexo (promoviendo, por ejemplo, el matrimonio entre miembros del mismo sexo) e intentó transmitir a la sociedad una concepción alegre de la vida. Algunos humanos disfrutan de la contemplación de la belleza física de otros humanos. A algunos otros, esa tendencia puede resultarles indiferente. También están, por supuesto quienes persiguen imponer su modo de estar en el mundo (que es nuestro, no solamente suyo, aunque se les olvide). Lo importante, pensamos algunos, es que se pueda elegir libremente y que otros carezcan del poder de censurar según sus personales, y discutibles, inclinaciones.

Hefner

Sería fácil encontrar a quienes discrepen del modo con el que Hef contemplaba el mundo. Convendrá recordar, quizá, que nunca llueve a gusto de todos y que probablemente nos iría mucho mejor a los miembros de la especie si nos preguntásemos más a menudo cómo podemos contribuir a que quien piensa y actúa diferente pueda expresarse sin temor, libremente.

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