El caótico cóctel del desarrollo

En un artículo publicado en ‘Behavior Genetics’ un grupo de científicos, comandado por Brent Roberts, persigue convencernos de que los modelos usuales en genética conductual son abiertamente limitados y simplifican una realidad que se resiste a encorsetarse en una serie de ecuaciones relativamente sencillas.

Interpreting behavior genetic models: Sevel developmental processes to understand

Su mensaje gira alrededor de que la ciencia debe dirigirse a comprender relaciones causales, debe ir más allá de la predicción. Se ubican, por tanto, en el polo opuesto a lo defendido por otros científicos como Tal Yarkoni. Concluye este último autor, después de un exhaustivo análisis de la situación de crisis que experimenta la investigación psicológica en la actualidad:

“Una ventaja crucial de centrarse en la predicción es que demanda, por defecto, una medida objetiva de la conducta, algo más fácil de lograr que la valoración de los pormenores supuestamente asociados a los postulados conceptuales (usualmente vagos y abstractos) de las teorías psicológicas.”

Prediction

El equipo liderado por Roberts ofrece su espalda a los sólidos motivos que hay detrás del intento de evitar enfangarse en la búsqueda de relaciones causales. Escriben:

“La predicción es relevante, pero no se debe confundir con la explicación (…) Nuestra capacidad para explicar nuestros datos y para comprender cómo funciona el mundo a partir de modelos en los que se ignoran las relaciones (interplay) de los genes con el ambiente, se verá seriamente limitada en tanto en cuanto esas relaciones influyan en el desarrollo, incluso aunque esos modelos sean muy útiles para predecir.”

La noche y el día (sin connotaciones poéticas).

Los autores del artículo que comentamos en este post repasan siete procesos (7, ni 6 ni 8) vinculados al desarrollo humano que, según ellos, deberían considerarse al interpretar los resultados observados en genética cuantitativa y molecular:

1.- Desarrollo del fenotipo. Los cambios en los valores medios y en la variabilidad de las variables de interés durante el ciclo vital se ignoran en genética cuantitativa y molecular. Consideran que esa estrategia es errónea porque esos parámetros pueden variar según la cohorte y la muestra analizada en una determinada investigación.

2.- Efectos genéticos y ambientales independientes. Es un supuesto que se abraza tanto en genética cuantitativa como molecular, pero los autores discrepan de que ese supuesto sea verosímil.

3.- Emparejamiento no aleatorio. Cuando existe emparejamiento selectivo se subestima el impacto de los factores genéticos (y al revés).

4.- Desarrollo individual. La varianza genética y ambiental pueden cambiar como resultado de cambios biológicos y experienciales a nivel individual durante el desarrollo. Esos cambios pueden acumular sus efectos o disiparse.

5.- Correlación genotipo-ambiente (rGE). En esta coyuntura, los fenotipos inicialmente influidos por los genes se verán afectados por los ambientes con los que se correlacionan. Esos ambientes poseerían presuntamente un efecto causal, pero por los supuestos usuales en genética cuantitativa y molecular, se atribuirían a los genes.

6.- Interacción genotipo-ambiente. Usualmente, las interacciones con el ambiente compartido que se ignoran se atribuyen a los genes, mientras que las interacciones con el ambiente específico que se ignoran se atribuyen a ese ambiente específico. El tipo de interacción y las características del ambiente poseen un impacto en las estimaciones que no debería ignorarse.

7.- Relación simultánea genotipo-ambiente. Es el proceso más complejo porque requiere videos, en lugar de instantáneas, que permitan reproducir los millones de sucesos que acaecen durante el ciclo vital.

Genes-Environment

La pretensión de darle protagonismo a la causalidad es razonable, pero también puede considerarse ingenua (“las teorías sobre la relación genotipo-ambiente son altamente complejas y dinámicas, haciendo prácticamente imposible –en ausencia de datos longitudinales de naturaleza multivariada, cuyo registro sería prohibitivo —determinar empíricamente qué combinación de procesos son responsables de las diferencias fenotípicas observadas”). La complejidad de la empresa recuerda el asertivo mensaje de los teóricos del caos, magistralmente resumido por Michael Crichton:

“Una importante propiedad de los sistemas complejos es que ignoramos cómo funcionan. No los comprendemos, salvo de modo muy general. Nos limitamos a interactuar con ellos. Cuando pensamos que hemos entendido algo, nos percatamos de que no es así en absoluto.”

Los autores de este artículo insisten en que, aunque puedan existir distintas propensiones genéticas, el entorno puede contribuir a exacerbar o atenuar esas diferencias que de entrada separan a los individuos. El argumento, en abstracto, es impecable. El problema se revela cuando se busca concreción. Si en el ambiente existe una abundancia de oportunidades, en principio no hay ninguna razón para que su impacto resulte tan visible como los autores pretenden hacernos creer.

A este lector no deja de sorprenderle la reiteración cuasi-patológica que manifiestan algunos científicos alrededor del mantra de que el ambiente tiene que ser importante. Por supuesto que lo es. Dudo que haya algún científico que discrepe de esa declaración, pero ese no es el punto de interés. Lo que resulta verdaderamente llamativo es que se lleve décadas haciendo esa clase de declaraciones en lugar de ofrecer un cuadro relativamente coherente de cuáles son las variables del ambiente que, en concreto, poseen un impacto estable sobre nuestra arquitectura psicológica. Confiesan, una vez más, los autores de este artículo:

“Sigue sin hacerse un rastreo exhaustivo de los ambientes relevantes, aunque es probable que existan muchos ambientes relevantes cuyo impacto sea minúsculo.”

social environment

Es decir, algo similar a lo que ya se sabe que sucede con los genes. Pero mientras que en este segundo caso los proyectos avanzan a una alta velocidad de crucero, con las piezas del puzle ambiental parece haberse entrado, desde hace mucho tiempo, en un bucle del que parece difícil escapar.

Lamento tener que viajar en una dirección que puede resultar descorazonadora, pero pienso que las pruebas disponibles apoyan la famosa perspectiva pesimista (gloomy prospect). Es decir, el ambiente relevante puede ser asistemático, personal y caprichoso, y, por tanto, escaparía al escrutinio científico.

El hecho es que preguntas básicas como las siguientes aún carecen de respuesta:

-. ¿Cuáles son los procesos que producen una estimación de la heredabilidad del 40%?

-. ¿Tiene que ver con efectos genéticos independientes que se suman, con el refuerzo de las diferencias iniciales asociadas al genotipo (rGE), o con alguna clase de interacción genotipo x ambiente (G x E)?

-. ¿Sería esa heredabilidad del 40% si el grupo de individuos considerado tuviese 10 años de edad menos?

-. ¿Sería la heredabilidad del 50% si se hubiera controlado adecuadamente el fenómeno del emparejamiento selectivo?

En lo que termina convirtiéndose nuestra arquitectura psicológica influye un elevado número de variables porque la realidad en la que vivimos es compleja. Pero conviene traer a colación las palabras que E. O. Wilson consignó en su excelente ‘Consilience’:

“A los científicos les resulta interesante la complejidad. Y el modo de mejorar nuestra comprensión pasa por practicar el reduccionismo. El amor por la complejidad sin reduccionismo es arte; el amor por la complejidad con reduccionismo es el modo de hacer ciencia.”

Lo que se necesita más que comer es una estimación confiable de cómo mejoran nuestra comprensión del comportamiento humano esos 7 procesos (ni 6, ni 8) más allá de lo que ya sabemos o de supuestos razonables.

La presunción de interés está muy bien, pero no podemos seguir ahí eternamente. Si el ambiente es relevante, y nadie duda de que lo sea, entonces no puede ser tan endiabladamente enrevesado identificar los parámetros más y menos relevantes que contribuyen a nuestra arquitectura psicológica y a nuestra conducta de un modo verdaderamente iluminador.

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