Sobre Caperucitas y Lobos Feroces (por Laura González-Guerrero)

Laura_Gonzalez-Guerrero

Había una vez una niña muy buena, y un lobo muy feroz y embaucador que vivía en el bosque al acecho de las ingenuas e indefensas Caperucitas que por allí se atrevían a pasar.

También había una vez una niña a la que no le gustaba vestir caperuzas rojas, ni tampoco se llevaba bien con los animalitos del bosque, ni se fiaba de hablar con lobos feroces. Pero un día se hizo amiga de un lobo que parecía indefenso y se la terminó comiendo.

Y también había una vez una niña con caperucita roja a la que le gustaba cazar lobos.

La evidencia científica sobre los delincuentes y sus víctimas ofrece una abundante evidencia acerca de la inexistencia de perfiles únicos que permitan identificar fácilmente a unos u otros. Ni las víctimas son siempre “Caperucitas Rojas” ni los delincuentes son “Lobos Feroces”. Ni siquiera son siempre las “Caperucitas” de género femenino y los “Lobos” de género masculino.

Sin embargo, en el ideario social prevalecen estereotipos que pueden conducir fácilmente a cometer errores de juicio, con graves repercusiones para las personas juzgadas si estamos ante un procedimiento judicial.

La mente humana simplifica y categoriza la información a través de heurísticos (atajos mentales) y estereotipos. Esos procesos pueden ser problemáticos si, para llegar a ellos, se ignora la complejidad de las circunstancias personales y situacionales del individuo estereotipado.

Albert Einstein (1879-1955) estaba en lo cierto al señalar que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.

Caperucita

Caperucitas Rojas

A mediados del siglo pasado, en su análisis sobre la pareja penal (victima/victimario) H. Mendelshon (1956) propuso una tipología de la víctima que fue controvertida por estar basada en su grado de responsabilidad en la ocurrencia del delito (inocencia/culpabilidad).

Siguieron a esa clasificación otras tipologías que también tuvieron en cuenta características psicológicas y actitudinales, relación víctima-victimario y el rol desempeñado por la víctima durante el delito.

Al margen de las clasificaciones clásicas, y de la abundante investigación en victimología, con demasiada frecuencia se sigue preservando la imagen de la víctima como una persona vulnerable, con escasos recursos personales, con un estilo de relación pasivo y con una grave afectación psicológica derivada de la vivencia traumática.

Cuando la realidad muestra una víctima ajena a ese estereotipo, por sus características personales, estilo de vida o reacción emocional posterior al delito, inmediatamente (y con mayor frecuencia en delitos sexuales y de violencia de género) parece cuestionarse su responsabilidad en los hechos punibles o la credibilidad del relato que ofrece sobre ellos.

Es fundamental insistir en un análisis exhaustivo que permita reunir la máxima información posible, otorgando el rol que corresponda a las características psicosociales de la persona posiblemente perjudicada (p. e. factores de vulnerabilidad y factores de riesgo).

Las posibilidades de equivocarse en un sentido contrario también estarían encima de la mesa. Conceder credibilidad a ciegas por el mero hecho de encajar en el estereotipo de víctima (o síndromes asociados) sin analizar distintas fuentes de información y las evidencias disponibles que permitan cotejar diversas hipótesis explicativas, invita a extraer conclusiones precipitadas o erróneas. Esas conclusiones pueden tener un importante impacto en la vida de los afectados.

En esa dirección se han sustentado, desde hace años, resoluciones judiciales tales como la expuesta por la Audiencia Provincial de Córdoba (Sección 3ª, núm. 212/2004 de 2 de noviembre, JUR 2005\46810) en la que se recoge, explícitamente, la improcedencia de otorgar credibilidad al testimonio de una víctima partiendo de un supuesto perfil de mujer maltratada, cuestionando, de ese modo, el rigor de los informes periciales que se pronuncian en ese sentido.

Personality

Si se consideran los estudios sobre personalidad y repercusiones psico-legales (González-Guerrero, 2011) se observará la presencia de rasgos de personalidad que pueden suponer factores de riesgo para convertirse en víctimas de delitos o para implicarse en relaciones abusivas o disfuncionales.

No siempre son rasgos dependientes o sumisos. Atiéndase, por ejemplo, a las características propias de personalidades límite: inestabilidad emocional, intensidad en las relaciones interpersonales y valoración polarizada de esas relaciones, búsqueda de emociones, baja resistencia a la frustración, intenso temor al abandono y reacciones exageradas ante la amenaza real o imaginaria de ese abandono, frecuente consumo de sustancias que exacerban sus características de personalidad, etc.

En el caso de personalidades histriónicas se aprecia la búsqueda incesante de atención, el establecimiento de relaciones superficiales e intensas, la teatralidad en sus manifestaciones y la tendencia a mostrarse seductoras.

Cuando los rasgos prevalentes en la posible víctima (no estamos hablando ni siquiera de patrones desajustados de personalidad) se apartan del perfil prototípico que algunos esperan de quien ha sufrido una situación de victimización, comienzan a mostrarse valoraciones apriorísticas que pueden llegar a comprometer el juicio de credibilidad jurídica. Ante unas determinadas características de personalidad, es preciso determinar cómo pueden llegar a influir en el testimonio y en el impacto psíquico de la vivencia traumática, preguntas que la psicología jurídica puede responder sirviéndose de una serie de herramientas.

También hay mucho que decir sobre el efecto modulador de las características de personalidad sobre el desarrollo de psicopatología relacionada con el delito sufrido (como factor de vulnerabilidad o de protección).

La personalidad no sólo influiría sobre el posible impacto psíquico. La evidencia científica recoge un amplio abanico de posibles factores de vulnerabilidad y de protección, que propician una respuesta psicopatológica o que, por el contrario, minimizan su posible manifestación.

Aunque la determinación del daño psíquico de la víctima se tenga en cuenta jurídicamente para fundamentar hechos probados (Esbec, 2000), no debe equipararse con valoraciones sobre la credibilidad de las alegaciones de las víctimas (Muñoz, 2013).

La evidencia científica revela que la exposición a una situación de victimización criminal no tiene un impacto psíquico uniforme. Las lesiones y secuelas psíquicas pueden provocar distintas victimizaciones en quienes las sufren, llegando a postularse “síndromes” específicos (p. e. síndrome de la mujer maltratada).

Sin embargo, tratar de reducir la respuesta ante un estresor traumático a un conjunto de signos y síntomas relativamente predecibles, aun pudiendo resultar tentador para quienes precisan simplificar la complejidad humana, obviaría en exceso el papel modulador de los factores característicos del delito sufrido, de los factores de protección o resiliencia y de los factores de vulnerabilidad (Echeburúa, 2004).

Victimology

La investigación en victimología revela la alta probabilidad (50-70%) que tiene la exposición a victimización criminal de producir un impacto negativo en el estado psicológico de la persona afectada, debido a las sensaciones de vulnerabilidad, indefensión, desconfianza con los semejantes y los sentimientos de ira y vergüenza que generan (Echeburúa, Amor y De Corral, 2006).

Queda aún un amplio porcentaje de casos en los que la víctima no llegará a desarrollar un trastorno emocional de entidad clínica.

La investigación en psicología positiva revela que, al contrario de lo que comúnmente se cree, la respuesta más común (35-55%) ante una experiencia traumática, incluso de tipo delictivo, es la resiliencia, seguida de la recuperación espontánea (15-35%) (Bonanno, 2005; en Muñoz, 2013).

Tal y como expuso, hace décadas, la teoría del estrés transaccional (Lazarus y Folkman, 1986) para explicar el impacto psíquico de un trauma, es fundamental considerar la interacción entre variables del individuo y del contexto (presentes antes, durante y después del suceso victimizante).

Aunque el Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT) es el cuadro más representativo en víctimas, el posible impacto no debería reducirse nunca a su presencia o ausencia. Tampoco debería utilizarse la presencia o ausencia de indicadores de ese cuadro para probar la realidad o no de los delitos denunciados.

Lamentablemente se observa, con demasiada frecuencia, que determinados profesionales de los ámbitos sanitarios y forenses llegan a diagnósticos de TEPT de un modo precipitado, en ausencia del necesario apoyo documental y basándose, exclusivamente, en las manifestaciones de la presunta víctima. Esa tendencia conduce a confirmar una única hipótesis de trabajo (la realidad de los supuestos investigados). En ocasiones resulta bochornoso comprobar cómo esos profesionales adoptan en sus informes el rol de jueces al dar por probado los hechos denunciados por la persona evaluada.

Mantener la falsa idea, contraria a la evidencia científica, de que la exposición a una situación victimizante provoca, necesariamente, sintomatología postraumática de gravedad e intensa afectación en el funcionamiento cotidiano de quien la sufre, contribuye a errores psico jurídicos, a perpetuar el rol de víctima e inclusive a fomentar situaciones en las que la víctima simule síntomas para aumentar su credibilidad (lo que puede conducir al efecto contrario tras la debida valoración pericial) o a que desarrolle intensos sentimientos de culpabilidad por no experimentar síntomas de TEPT, y, por tanto, llegar a cuestionar su propia responsabilidad en el delito.

Recientemente los medios de comunicación se hicieron eco de una situación relacionada con los errores mencionados.

Cinco varones, acusados de haber violado a una joven en los sanfermines, contrataron a un detective privado para que investigara a la presunta víctima. Parecía que perseguían mostrar que el estilo de vida y huella psicopatológica postraumática era incompatible con haber sido víctima de una violación grupal.

Tal y como se ha explicado, si bien la valoración pericial del daño psíquico de la víctima debe considerar la congruencia de la afectación psicológica manifestada con el tipo de experiencia traumática, el análisis es mucho más amplio y, por supuesto, aborda los factores de vulnerabilidad y de protección.

También contempla la premisa de la inexistencia de un perfil homogéneo de víctima de delitos.

Lobos

Lobos Feroces

Tratar de explicar las causas de las conductas violentas, así como de clasificar e identificar a los individuos que las cometen, ha sido objeto de abundante investigación científica de carácter multidisciplinar.

A pesar de la ausencia de evidencia respecto a la existencia de un perfil único de delincuente, también aquí pueden conducir con frecuencia a errores de juicio los estereotipos populares – presentes también en profesionales que intervienen en la investigación de delitos –.

En el fondo…

¿Quién no ha temido alguna vez al Lobo Feroz?

Pero…

¿Quién teme al vecino, al jefe, al amigo, al padre, a la pareja o, simplemente, a esa persona de estilo de vida normalizado, aparentemente afectivo, educado y cordial?

Existen taxonomías sobre algunos tipos de delincuentes, como los agresores sexuales, que advierten que dentro de los que podrían clasificarse como más peligrosos (p. e. violador “sádico” Groth, Burgess y Holmstron 1977; “predador” Kocsis, Cooksey e Irwin, 2002), se esconden perfiles socialmente adaptados, a menudo capaces de llevar una vida normalizada y de mostrar buenas habilidades sociales.

Dentro de esas conceptualizaciones entrarían, también, los denominados “psicópatas integrados” (Pozueco, 2010) o la clásica equiparación del psicópata con un camaleón (Garrido, 2000; Hare, 1993).

Asimismo, es frecuente considerar que los delincuentes padecen algún tipo de trastorno mental que explica sus conductas punibles, a veces de extrema crueldad.

La evidencia científica ha mostrado, reiteradamente, que esos estereotipos que relacionan delincuencia y enfermedad mental contribuyen a estigmatizar a los enfermos mentales y ocultan el hecho de que sólo una minoría de delitos son cometidos por personas con trastornos mentales.

Julia Shaw

En los meses de mayo y julio del año en curso, los periódicos “El País” y “El Mundo” entrevistaron a la psicóloga criminalista Julia Shaw a propósito de su nuevo libro “Hacer el mal: un estudio sobre nuestra infinita capacidad para hacer daño”. A través de ese sugerente título, la autora cuestiona las etiquetas globales que clasifican a algunos individuos como malvados, haciendo ver que, en esencia, todos los humanos pueden llegar a comer actos considerados atroces o “malos”, existiendo muchos matices para explicar la “maldad”.

Analiza la Dra. Shaw las diferencias que separan a las personas que llegan a agredir gravemente a otras, recurriendo a posibles explicaciones de carácter biológico:

Quizá la única diferencia que nos separa a nosotros de un asesino en serie es una corteza prefrontal en pleno funcionamiento que nos permite inhibir comportamientos que ellos no pueden refrenar.

Al margen de las consideraciones de los distintos estudios recogidos en el ensayo de Shaw sobre la capacidad de los seres humanos para dañar a otros, lo que parece claro, según se deduce de la literatura científica disponible, es que la conducta violenta es resultado de la interacción entre variables biológicas, psicológicas, sociales y situacionales. Sin duda se trata de un apasionante campo de investigación que dista de ser sencillo. Y precisamente de la complejidad del análisis necesario para el estudio del delincuente emergen mis serias reservas sobre los estudios e informes que pretenden llegar a conclusiones definitivas sobre las características del victimario a partir de valoraciones débilmente fundamentadas y poco sólidas (p. e. una mera prueba de autoinforme).

En su libro “Perfiles Criminales: principios, técnicas y aplicaciones”, Sotoca, González y Halty (2019) reflexionan sobre la utilidad de esos perfiles en los ámbitos policial y forense. En la fase de investigación criminal, el perfilado serviría para tratar de predecir características del posible autor del delito en función de la evidencia psicológica y conductual que se extrae de la escena del crimen y del modus operandi. De ese modo se elaboran distintas hipótesis que organizan líneas de investigación para ayudar a identificar al autor y esclarecer el caso.

Perfiles Criminales

Sea como fuere, esos perfiles, elaborados con mayor o menor exactitud, son una especie de retrato robot en el que pueden encajar distintos individuos. El resto de evidencias obtenidas de la investigación serán clave para determinar la culpabilidad o no de las personas señaladas por las hipótesis.

A nivel pericial, la inespecificidad del perfil criminal implica que el hecho de que un procesado encaje en un perfil determinado no debe ser utilizado como argumento de culpabilidad. Tampoco lo contrario. Por ejemplo, incluso si se recurriése a una de las variables más predictoras en el caso de la delincuencia sexual (“género masculino”) no se debería ignorar que determinados delitos sexuales son perpetrados por mujeres (menos frecuentes, pero ni inviables ni inexistentes).

No obstante, los perfiles psicológicos (extraídos inicialmente de los datos del expediente policial/judicial) pueden ser de interés en el contexto forense para ayudar al evaluador a optimizar el proceso de evaluación. Por ejemplo, no es igual hacer una exploración psicológica a un perfil psicopático que a una persona con rasgos predominantemente límites, antisociales, o esquizoides.

Cuando un operador jurídico (Juez, Fiscal, Abogado) le pide a un psicólogo (o psiquiatra forense) elaborar un informe psicológico del encausado, son diversos los objetivos específicos que debe considerar: capacidad procesal, existencia o no de psicopatología y, si la hubiera, influencia sobre la capacidad cognitiva/volitiva durante la comisión del delito (responsabilidad criminal), valoración del riesgo de violencia, recomendaciones sobre medidas de seguridad o alternativas a prisión.

Pero, en ningún caso, la detección o no de características desajustadas en el peritado deberían servir para considerarle, a priori, implicado o no en los supuestos investigados (a lo sumo se valorará su responsabilidad criminal).

Lo que sí es cierto es que el perfil psicológico del encausado contribuirá a la formulación forense del caso. En esa formulación se podrá explicar la relación de causalidad que pudiera haber entre las variables personales (incluyendo factores de vulnerabilidad, de protección y de riesgo) con el delito cometido, facilitando, en su caso, la “comprensión” (que no justificación) del caso a través de la motivación delictiva detectada.

No es esperable que un agresor con características esquizoides de la personalidad cometa delitos por motivos pasionales. Con mayor probabilidad, su delito será resultado de una conducta desmedida ante un estresor, a veces leve, que le haya producido incomodidad e irritabilidad. La víctima podrá ser cualquier persona de su entorno debido a su indiferencia en las relaciones interpersonales. El mismo posible delito (por ejemplo, agresión física a la pareja) estará motivada, con alta probabilidad, por otras causas intrínsecas si se estuviera ante una persona con rasgos predominantemente limites.

En relación con uno de los delitos que más interés científico despierta, los abusos sexuales infantiles, Herrero y Negredo (2016) señalan la dificultad, dentro del ámbito forense, de evaluar el interés sexual hacia menores. Los investigados tienden a ocultar esa inclinación por las consecuencias jurídicas que se derivan. Además de la importancia psicojurídica de ese dato, recuerdan que la presencia del interés sexual en menores no implica necesariamente que se produzca abuso sexual, ni que todas las personas que abusan de un menor puedan ser diagnosticados de pedofilia a tenor de los criterios recogidos en las nomenclaturas vigentes.

Pedofilia

Sin duda, esas conclusiones se apartan de lo que pueden sostener, posiblemente, tanto el ideario popular como las propias creencias de determinados profesionales.

Lo aquí expuesto invita a extremar la cautela con la que se recurre al uso de categorías, perfiles o estereotipos en el contexto forense.

El análisis de caso único y la atención a las variables y evidencias disponibles, con la complejidad que ello supone, es fundamental en el contexto jurídico.

No vaya a ocurrir que Caperucita Roja esté acosando al Lobo Feroz o que el Lobo Feroz esté acechando a Caperucita, pero nos pase desapercibido porque ella no lleva puesta una caperuza roja.

Y colorín colorado, este cuento no ha terminado…

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