De historias, relatos e identidades (por Félix García Moriyón)

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Parece estar acreditado un cierto pesimismo español.

Se mantiene en nuestro país, desde hace siglos, una visión pesimista de la propia historia y de los pueblos que forman parte del territorio político compartido.

No es un fenómeno reciente, sino que aflora con fuerza a mediados del XIX. De entonces es la frase atribuida a uno de los políticos más influyentes de la España contemporánea, Cánovas, para quien «era español quien no podía ser otra cosa».

Es una frase que cita Núñez Ferlosio, un experto en el tema con un buen libro: El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto.  Dice ese autor que no conviene exagerar, pues no somos los únicos en cultivar el pesimismo. No sirve de consuelo, pero permite abordar el tema con algo más de tranquilidad.

Siguiendo su línea de reflexión, pero por otros derroteros, ese pesimismo normalmente ha estado acompañado por destacar la diferencia entre España y el resto de países de nuestro entorno (mundo occidental desarrollado). En general se ha acompañado de una sensación de inferioridad. España no solo es diferente (lema astutamente empleado por un famoso ministro de turismo en el franquismo, Fraga Iribarne, en 1964) sino que es diferente para peor. Tema crucial, por cierto, que fue simbólicamente recogido en una palabra con la que los países «mejores» de Europa hablaban de los países «peores»: PIGS. Fue en el Reino Unido donde se gestó un acrónimo que tuvo éxito y que incluso nosotros aceptamos. No obstante, no hablaré de ello y me remito a una espléndida entrada de Roberto Colom, en este mismo blog, que asumo casi íntegramente (sin que sirva de precedente).

De lo que quiero escribir hoy es de la específica manifestación de esa disputa en torno a nuestra propia identidad, que ha renacido con cierta fuerza al hilo de la actual crisis generalizada surgida en el 2008.

Cuando había cobrado aceptación una versión menos negativa de nuestra historia, y teníamos sólidas razones para sentirnos más orgullosos de nuestra propia historia –y estaba derrotada la lucha armada de ETA (quizá el último rescoldo de un enfrentamiento civil con dos siglos de antigüedad)—renace con fuerza un nacionalismo identitario catalán, con pretensiones de secesión unilateral y ruptura de una vinculación sólida, y conflictiva, con varios siglos de antigüedad.

En parte, como reacción, renace el nacionalismo español, concepto quizá con límites más confusos que el catalán o el vasco. El orgullo por una reinstauración de la democracia (la transición), costosa (más de 500 muertos), pero percibida como pacífica y modélica, y por el indiscutible logro de una democracia sólida, según los parámetros al uso en las democracias liberales representativas, da paso a la crisis del régimen del 78 (apelativo más bien despectivo) que cuestiona el Estado Español (los críticos rehúyen casi siempre hablar de España).

Tres libros, aparecidos en un período corto de tiempo, son representativos de este giro actual.

El primero es el gran éxito editorial de Elvira Roca Barea, Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio Español’ (Madrid. Siruela, 2016). También este libro fue comentado por Roberto Colom este este foro.

Su enorme aceptación puede entenderse en ese marco general del nacionalismo y la crisis, pero aportaba datos sólidos para recuperar autoconfianza. Tampoco era excesivamente nuevo, pues ya en 1914 había publicado Julián Juderías un libro titulado La leyenda negra y la verdad histórica, texto que, si bien fue muy utilizado por la derecha política e intelectual española, considero que debe ser leído en el marco del regeneracionismo español de la época.

Elvira Roca intentaba desmontar verdades aceptadas como evidencias y destacaba lo que había de odio al imperio, algo no específico de nuestro caso, sino presente también en el Imperio Romano o el de Estados Unidos todavía vigente. Personalmente disfruté con su lectura, aunque en mi caso concreto ya sabía algo del tema, pues conocía de antiguo las tesis de Juderías.

Como es lógico, pronto vino la reacción.

Villacañas

Ignoro las afinidades políticas de Elvira Roca Barea, de la que no he encontrado gran cosa excepto su dedicación a la investigación histórica.  Sin embargo, sí sé que está próximo a Podemos José Luis Villacañas, autor del libro que recientemente ha aparecido para servir de contrapunto, aunque conviene recordar que fue director general del libro con el gobierno valenciano de Eduardo Zaplana.

El título no deja lugar a dudas: Imperiofilia y el populismo nacional-católico (Madrid. Lengua de Trapo, 2019). Pendiente de leer el libro, algo que haré, pues es importante leer versiones contrapuestas, lo que está claro es que, grosso modo, incurre en una vieja visión algo maniquea: si cuestionas y atacas la Leyenda Negra, eres más bien de derechas; si la aceptas sustancialmente, eres de izquierdas y progresista. Es una dicotomía, por cierto, cultivada por ambos bandos, y fue ejemplar la dictadura franquista denostando como malos españoles a quienes normalmente aceptaban la Leyenda Negra y cuestionaban la identidad de España.

Villacañas explica resumidamente su posición en una semi-entrevista publicada por El País (periódico, por cierto, en el que colabora de vez en cuando Roca Barea). El entrevistador del artículo pone un título potente y, en esta ocasión más bien fiel al contenido: «La historia de la leyenda negra, un asunto político de filias y fobias.» Como ya he dicho, no puedo ahora mismo evaluar seriamente el contenido, pero en este artículo hay unas afirmaciones centrales que no considero sólidas: «Villacañas sostiene que es un libro “dañino y peligroso”, carente de rigor intelectual, ajeno a los “parámetros de la investigación histórica y académica” y caracterizado por un “populismo intelectual reaccionario”» Se supone que, al menos las palabras entre comillas son de Villacañas, un investigador en principio solvente. Y la frase es una rápida enumeración de epítetos despectivos poco amistosos.

Otra afirmación suya me parece, sin embargo, más acertada; el autor del artículo cita entre comillas para destacar la autoría: «El hecho de que (el libro de Roca Barea) haya tenido éxito es sintomático, no tanto de la falta de inteligencia de las élites ni de los lectores, sino por una necesidad de autoestima en un momento delicado de la historia española». Sin entrar en consideraciones psicoanalíticas, creo que, efectivamente, seguimos teniendo un serio problema de autoestima, jaleado por independentistas de diverso signo, mal combatido por las izquierdas y peor todavía por la derecha, en especial la extrema que ha cogido fuerza.

Colomer

Prueba de ese hecho la ofrece el tercer libro al que quería hacer alusión, escrito por otro autor de indiscutible nivel intelectual y científico: Josep María Colomer, España: la historia de una frustración (Anagrama, 2018).

También en este caso me falta la lectura atenta del libro y me tengo que limitar a lo que de él se ha dicho, en especial en este artículo de persona tan influyente como Juan Luis Cebrián.

Lo importante es que sitúa la reflexión en el mismo contexto que los dos anteriores, pero desde óptica distinta, si bien escorado a los duramente críticos, pues el juicio general de la historia de España es claro: es un fracaso.

Es decir, parece que sigue existiendo cierta dificultad en este país para tener una comprensión equilibrada de nuestra propia historia y de nuestra identidad, lo cual provoca o alimenta conflictos políticos de difícil solución. Queramos o no queramos, la política de un país tiene que sustentarse en algunos relatos que definan un proyecto de futuro partiendo de una historia ya pasada y en un presente con sus problemas específicos y concretos.

Y por aquello de no eludir mi propia posición en este debate importante, mi visión de la historia de este país, España, con diferentes nombres en ese largo período que va del siglo XIV al actual, es que tenemos una historia bastante rica en todos los sentidos, con lados oscuros y otros brillantes; por eso mismo nuestra historia es parecida a la de quienes nos rodean de los que poco nos diferenciamos. En ese sentido no acepto lecciones de ningún país concreto y tampoco pretendo darlas, pues esos problemas son generales.

Construir un relato histórico es un trabajo tan necesario como difícil, entre otras cosas porque los relatos suelen estar cargados de emociones.

En un proyecto educativo realizado con colegas de Italia, Austria, Israel y España, diseñamos un currículo escolar para abordar el problema de la multi- e interculturalidad en aulas de educación obligatoria. Nuestra apuesta pretendía potenciar un cosmopolitismo reflexivo, basada en un equilibro entre la fidelidad a lo local, a las propias raíces, y la apertura a lo universal, al extranjero y al diferente.

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