Mente Recta

Estuve leyendo ‘The Righteous Mind’ de Jonathan Haidt (quien confiesa que habla español con fluidez). El ensayo se publicó originalmente en 2012 y se ha traducido recientemente al español.

Sin saberlo o ser consciente –al menos eso me pareció– Haidt razona y escribe como un psicólogo diferencial. Huye de las explicaciones basadas en variables cruciales y considera que la mente humana es multivariada.

Los humanos son distintos de fábrica. La interacción con el entorno matiza un libro que comienza siendo un borrador bastante completito. Las acciones de los humanos son, por tanto, solo en parte un producto de elecciones plenamente deliberadas. Las inclinaciones del libro presentan un relevante peso específico y orientan las experiencias.

The Righteous Mind

Este ensayo sobre psicología de la moralidad se divide en tres partes que desarrollan sus mensajes básicos:

1.- Las intuiciones son el primer motor que mueve a la acción y el razonamiento se usa para justificar esa acción a posteriori: “la mente se divide en un elefante (99%) y un jinete (1%); el segundo sirve al primero”.

2.- La moralidad es algo más que evitar causar daños a los demás y ser ecuánime: “la mente recta es como una lengua con seis receptores para el gusto (…) todos tenemos los mismos receptores, pero no a todos nos gusta la misma comida”.

3.- La moralidad une y ciega: “los humanos son chimpancés en un 90% y abejas en un 10%”.

La moralidad sería la capacidad que hizo posible la civilización y que está detrás, tanto de la política, como de la religión. La segunda puede concebirse como una adaptación evolucionista que une a los grupos y ayuda a crear comunidades que comparten una moralidad: “no es un virus o un parásito como han argumentado los nuevos ateístas”. La religión es la solución a uno de los problemas más complejos a los que se ha enfrentado la humanidad: la cooperación sin que haya parentesco de por medio.

Usa metáforas con profusión, pero quizá una de las más reveladoras es que no se puede lograr que un perro se ponga contento limitándose a moverle la cola. Es dificilísimo cambiar el código moral de un humano razonando. Hay que comunicarse directamente con el elefante para cambiar sus intuiciones, no sus razones.

Aunque el elefante domine la escena, el jinete no es completamente pasivo. Hay que domar al elefante para llegar al jinete y eso exige mostrar afecto y cercanía, no sesudas y airadas discusiones para llevarse el gato al agua en el debate. La cosa no funciona así: “se puede modelar a las intuiciones usando la razón, especialmente cuando se razona en conversaciones amigables, se lee una novela poderosa o se ve una película conmovedora”.

La razón no domina porque, según Haidt, es más importante la reputación que la verdad: “las apariencias son más importantes que la realidad (…) nuestro pensamiento moral se parece más a un político en busca de votos que a un científico en busca de la verdad”.

¿Por qué dije antes que Haidt es, de hecho, un psicólogo diferencial?

Porque, entre otras cosas, se percata de que hay humanos capaces de sobreponerse a las poderosas tendencias de sus elefantes.

¿Y quiénes son?

Los más competentes intelectualmente: “una gran parte de la gente piensa de modo global (ven el contexto general y las relaciones entre las partes) y solo algunos piensan analíticamente (separan el objeto de interés de su contexto, lo asignan a una categoría y, después, asumen que lo que es correcto para la categoría se aplica al objeto (…) si ambos piensan de modo diferente y ven el mundo de un modo diferente, entonces se impone la conclusión de que sus preocupaciones morales son distintas”.

Esas diferencias generan distintas matrices morales: “cada matriz incluye un modelo de mundo completo, unificado y emocionalmente convincente, justificable fácilmente por la evidencia observable e inexpugnable ante los ataques razonados de quienes están fuera de la matriz”.

En la parte segunda se identifican los fundamentos de la moralidad, resumidos en el siguiente cuadro: “si nuestros ancestros se enfrentaron a estos retos durante cientos de miles de años, entonces la selección natural favoreció a quienes tuvieron módulos cognitivos que les ayudaron a salir del paso, rápida e intuitivamente, en comparación con quienes recurrían a su inteligencia general (el jinete) para resolver problemas recurrentes”.

Haidt - Cuadro

El autor usa ese marco de referencia para discutir sobre política y concluye que los demócratas (izquierda) no comprenden la psicología moral, mientras que los republicanos (derecha) sí lo hacen. Los segundos se comunican con el elefante, mientras que los primeros intentan comunicarse con el jinete. Su equipo de investigación ha ido registrando información a través de la web ‘YourMorals.org’ para llegar a conclusiones como esa.

Analizando la evidencia de modo desapasionado, Haidt concluye que “el proceso de convertir a un grupo de gente diversa en una nación es un milagro que se produce en cada una de las naciones de la Tierra. Las naciones declinan o se dividen cuando ese milagro cesa (…) los demócratas deben abandonar su práctica de considerar que el conservadurismo es una patología y comenzar a pensar más allá de la preocupación por lo débiles y por la justicia a cualquier precio. Les invito a reducir el espacio que les separa de los conservadores echando mano de la lealtad, la autoridad y la santidad, no solamente para mejorar su comunicación, sino para pensar en las políticas públicas más eficientes y en el interés de la nación en general”.

En la parte tercera se sostiene que los humanos somos chimpancés egoístas, pero también abejas cooperadoras. Los individuos compiten con los demás individuos, pero los grupos también compiten con los demás grupos. A esos grupos les va mejor cuanto más cohesionados están: “esos dos procesos empujan a la naturaleza humana en distintas direcciones”.

Jonathan Haidt

Haidt mantiene que la moralidad es la clave para entender a la humanidad, demostrando lo que ya sabemos: lo que uno estudia le parece lo más importante para alcanzar el nirvana: “los sistemas morales son conjuntos interconectados de valores, virtudes, normas, prácticas, identidades, instituciones, tecnologías y mecanismos psicológicos que han evolucionado para suprimir o regular los intereses personales y hacer posible las sociedades cooperativas”.

Algo que el autor subraya es que los humanos se han domesticado a sí mismos para favorecer sus matrices morales. Contrariamente a la estropeada moto que intentó vendernos S. J. Gould hace veinte años (la selección natural es irrelevante para la evolución humana y no ha habido cambios biológicos en los últimos 50.000 años) “la evolución genética se ha acelerado en los últimos 50.000 años (…) si la evolución genética puede ser rápida y si el genoma humano co-evoluciona con las innovaciones culturales, entonces es perfectamente posible que se haya alterado la naturaleza humana en unos pocos miles de años”.

Alimentar a las colmenas humanas es importante y es una actividad cuya relevancia no debería minimizarse. Para alcanzar esa meta se debe (a) subrayar las similitudes, (b) explotar la sincronía y (c) crear una competición saludable entre equipos, no entre individuos. Recuerda la famosa frase de JFK: “no te preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tu por tu país”. Escribe Haidt: “la felicidad proviene de tus relaciones con los demás, con tu ocupación y con algo más grande que tu mismo”.

El último capítulo es el más cargado políticamente (can’t we all disagree more constructively?): “los racionalistas pueden soñar con un estado utópico en el que expertos sin sesgos diseñan las políticas, pero en el mundo real no parece haber alternativa al proceso político en el que los partidos compiten para ganar votos”.

Aquí, una vez más echando mano de su instinto diferencialista, se pregunta Haidt por qué algunos individuos se unen al equipo liberal, otros al equipo conservador, a otros equipos o a ninguno: “comprender la psicología del liberalismo y el conservadurismo es vital para entender un problema que amenaza al mundo”.

Recurre a los estudios de gemelos que revelan la heredabilidad de las tendencias políticas: “la genética explica en un 50% las diferencias que separan a los ciudadanos en sus actitudes políticas, mientras que crecer en un hogar liberal o conservador es prácticamente irrelevante”. Eso si, recuerda, correctamente, que innato no significa inmodificable sino, sencillamente, organizado antes de tener experiencias: “los genes construyen cerebros más o menos reactivos a las amenazas, la novedad, el cambio y las experiencias novedosas”.

Haidt - Matrices

Una vez analizada la paleta gustativa de liberales y conservadores, Haidt concluye que los segundos son más versátiles, y, por tanto, se encuentran en mejor disposición para crear una sociedad más feliz y saludable: “las comunidades morales son frágiles, difíciles de construir y fáciles de destruir (…) no se puede ayudar a las abejas destruyendo su colmena (…) el celo de los liberales por ayudar a las víctimas, en combinación con sus bajas puntuaciones en lealtad, autoridad y santidad, les suele llevar a promover cambios que debilitan a los grupos, las tradiciones, las instituciones y el capital moral”.

Así termina el autor su ensayo:

La próxima vez que te sientes al lado de alguien que tenga una matriz moral distinta a la tuya, dale una oportunidad (…) estaremos por aquí durante un tiempo así que vale la pena intentarlo”.

Este ensayo es, en suma, para estudiar, no para leer. Debajo de su supuesta sencillez y claridad hay una complejidad extraordinariamente seductora. Tan poderoso es el mensaje que es tentador aceptarlo sin dudar.

No obstante, hay bastante tela que cortar, algo que haremos en otra ocasión con renovadas energías. Haidt merece nuestra atención y nuestros comentarios críticos.

 

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