Lunes al Sol (20): Solidaridad

Lunes al Sol

Por avatares del destino, hace unos días tuve una conversación informal con un auxiliar de enfermería de un hospital de gran tamaño.

La charla fue desembocando en el gasto económico que supone el cuidado de los ciudadanos enfermos. El auxiliar de marras pasaba por distintas áreas del hospital y lo que más le impresionaba era la inversión diaria en medicamentos.

Una de sus tareas era acudir al departamento de farmacia para reponer las sustancias necesarias en las unidades de cuidados intensivos. Las facturas con las que regresaba de esa visita le hacían palidecer: “una sola ampolla puede costar 600 € y se usan bastantes en un solo día”.

Según ese trabajador sanitario, sería una excelente idea que el enfermo recibiese la factura que hubiera tenido que pagar por el servicio prestado si no tuviésemos en nuestro país el sistema del que disfrutamos. Esa práctica obligaría a que los ciudadanos fuésemos conscientes de la descomunal solidaridad que caracteriza a nuestro colectivo social, a ese agregado de individuos sobre el que se construye nuestro país. Quizá mostrásemos el debido agradecimiento hacia nuestros conciudadanos, que son quienes pagan esa factura con sus impuestos. No es el gobierno de turno quien abre la cartera, sino la solidaridad de los ciudadanos.

Al volver a pasear por nuestra ciudad, quizá miraríamos de un modo diferente a los que nos rodean, a esas personas anónimas que han contribuido a que hayamos recuperado la salud sin apenas desembolso por nuestra parte, sin que nuestra economía se haya resentido por el pago de letras que, al cabo del tiempo, logren liquidar la factura por el servicio prestado.

Tomar conciencia del gasto en el que se incurre al usar los servicios que pagan nuestros conciudadanos tendría múltiples efectos beneficiosos. Es probable que se redujese el uso irresponsable de esos servicios sociales que alguien debe pagar.

Solidaridad

Lo comentado para la sanidad se aplicaría también a los demás servicios de los que disfrutamos los ciudadanos. La educación y las infraestructuras son ejemplos destacados.

Viajamos por autovías cuya construcción y mantenimiento suponen un sobresaliente mordisco a las arcas del Estado. Sin embargo, damos por hecho que así es como deben ser las cosas, que la inversión necesaria llueve del cielo.

Quienes se matriculan en la universidad protestan por las elevadas tasas que deben abonar, olvidándose de que la mayor parte del gasto que supone su educación es producto de la solidaridad de sus conciudadanos. Quienes pagan impuestos aceptan gustosamente que una parte del pastel se destine a la educación de los jóvenes.

El estudiante que se matricula debería conocer cuánto gasto supone su formación y cuánto paga él de su bolsillo. Quizá así valoraría el privilegio del que disfruta y se esforzaría por aprovechar al máximo la oportunidad que le brinda la sociedad en la que vive, los socios con los que convive.

La salud se da por hecho hasta que no se tiene. A la vida en sociedad le pasa algo similar. La solidaridad es algo que los ciudadanos deberíamos agradecer en lugar de limitarnos a darla por sentado.

Nada es gratis. Disfrutar de mucho por muy poco es un privilegio que deberíamos apreciar. Mire a su alrededor y, aunque sea en silencio, muestre respeto y agradecimiento hacia quienes lo hacen posible.

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