Capaces, ¿de qué? (por Carmen Montoro)

Carmen Montoro

La vida es una tómbola” cantaba Marisol en los años 60 con una melodía pegadiza.

Ella se refería a la posibilidad de encontrar un amor, pero la realidad es que la vida es una tómbola en general.

En el momento de ser engendrada, a cada persona le cae en suerte un genoma que, si no adolece de graves defectos, le permitirá desarrollarse para ser un embrión, luego un feto, un bebé, un niño y, finalmente, un adulto.

Siendo ese “sorteo” tan importante, no es sino el primero de una larguísima serie de azares (por llamar de algún modo a la combinación simultánea de múltiples factores que escapan a nuestro conocimiento y comprensión) que van a afectar a nuestra capacidad de desenvolvernos en la vida.

De forma un tanto arbitraria, la sociedad pone un listón.

Las personas que tienen capacidades superiores a las que marca ese listón, se consideran “normales”, “sanas” o “afortunadas”.

Si carecen de las capacidades, entonces se consideran… bueno, ya saben ustedes que la manera de llamar a las personas de las que hablamos ha evolucionado a lo largo del tiempo, varía en cada sociedad y no siempre es amable.

Y, sin embargo, lo cierto es que estar a un lado o al otro de ese listón es una circunstancia azarosa y, en ocasiones, cambiante.

Un accidente, una enfermedad, un embarazo, la edad (tanto la poca como la mucha) son situaciones, más o menos transitorias, que nos sitúan en el lado de los “incapaces”.

A nadie le es totalmente ajena la sensación de sentirse desvalido. Quizá por ese motivo, a lo largo de la historia, las personas con mayores dificultades han recibido cuidados de otras según la vieja y útil filosofía de “hoy por ti, mañana por mí“.

quid-pro-quo

Ahora estamos en el siglo XXI.

Las nuevas tecnologías están avanzando rápidamente y están contribuyendo a ampliar las capacidades del ser humano hasta cotas insospechadas para nuestros abuelos.

Tanto es así que ahora los viejos estándares de capacidad se están quedando obsoletos.

Piensen si no: cualquier persona con paraplejia en un coche corre más que Usain Bolt.

Una persona con obesidad mórbida puede limpiar y manejar su casa con la ayuda, no de ratoncitos o pájaros como Cenicienta, sino de diversos dispositivos electrónicos.

Una anciana es capaz de hacer llegar sus mensajes a cualquier parte del mundo en menos tiempo del que Miguel Strogoff tardaba en ponerse la gorra.

Quizá sea el momento de considerar que personas antes consideradas incapaces, pueden serlo, y mucho, si disponen de los medios suficientes.

Deben, eso sí, tenerse en cuenta a la hora de diseñar los dispositivos, la diversidad funcional de las personas y las necesidades de los usuarios.

Seguro que los psicólogos tienen un nombre técnico para el fenómeno que voy a describir a continuación y que llamaremos aquí “caerse del caballo“.

Norman

Yo me caí del caballo cuando empecé a trabajar con una persona que necesita desplazarse en silla de ruedas. Desde ese momento, la ciudad que siempre me había resultado amigable se transformó en una colección de escalones y barreras.

Unos años después colaboré en un proyecto de formación de personas ciegas y, de nuevo, me pude dar cuenta de las dificultades a las que se enfrentan los invidentes en su vida diaria.

Una vez que uno se ha caído del caballo ya no puede olvidar lo que ha conocido y no puede evitar ser consciente de lo que sabe.

Hace falta, pues, que las personas responsables del desarrollo de productos, sistemas y servicios se hayan caído del caballo y tengan en cuenta las necesidades de las personas en su trabajo diario.

Y lo mejor de trabajar de esta manera es que al final los beneficiarios de los resultados no son únicamente las personas a las que se supone que van dirigidas este tipo de acciones, sino todos nosotros.

Como ya dije en mi anterior colaboración en este blog, el egoísmo es una potentísima fuerza para cambiar el mundo.

En lo que yo humildemente participo con colaboraciones como éstas.

(Disclaimer: he empezado a cooperar recientemente con CODIFIVA –Coordinadora de personas con discapacidad física de la Comunidad Valenciana).

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