Lunes al Sol (16): Amores pasionales que pueden matar

Lunes al Sol

Estuve deleitándome con el ensayo de Adolf Tobeña (La Pasión Sece-sionista, 2017). Su diagnóstico al respecto de la tendencia centrí(fuga) de la mitad de los residentes en Cataluña con derecho a voto es el siguiente: se han enamorado de su creación (“estamos ante el estallido y la alimentación infatigable de una pasión romántica compartida por un millón y medio de ciudadanos al servicio de conquistar un objetivo largamente codiciado”). No hay ni psicopatologías, ni nada que se le parezca, detrás de esa tendencia, a pesar de que se acusó injustamente al propio Adolf de haber insinuado algo en esa dirección desviada en algún momento.

Se combina ágilmente ciencia con relato. De ahí, en parte, el subtítulo: ‘Psicobiología del independentismo’. Se pretende recuperar la relevancia del factor psicológico, olvidada en las discusiones al uso. Quizá convenga recordar que, desde una perspectiva epidemiológica, es esencial comprender al que nunca se enamoró tanto como al que cayó en las redes de Afrodita (o que ni fu ni fa).

Tobeña discute una serie de estudios de neuroimagen en los que se puso a prueba el efecto de variables potencialmente relacionadas con la pasión secesionista: conformidad grupal, gregarismo, cooperación, o exageración de las diferencias que separan a los grupos (polarización) y minimización de las diferencias dentro de los grupos (homogeneización). Los resultados son sugerentes, pero como se señala acertadamente: “las limitaciones (de esos estudios) demandan cautela”.

Adolf Tobeña

Por supuesto, también explora la influencia de los medios de comunicación: “una tierna historia de afecto recíproco entre amplias franjas de las clases medias catalanas y las tribunas periodísticas y de entretenimiento que alimentan su ocio y opinión (los nuestros, suelen decir) (…) la ciudadanía no comulgante se ha visto obligada a transitar en medio de una nube de propaganda por parte del régimen imperante”. Y, a pesar de eso, hay tres millones de catalanes con posibilidad de depositar su voto en las urnas que han evitado pasar por el altar para recoger la sagrada forma. A obligarles a que dejen sus culos en su asiento se dirige “la tozudez intimidante del secesionismo”. Su no manifestación es crucial para que “los nuestros” sean más visibles y la cosa parezca verdaderamente apabullante.

Se visita también la zona de la identidad, algo difícilmente eliminable por los mensajes universalistas debido a su engarce biológico. No se somete al supuesto de ideología social fácilmente maleable. Desde esa perspectiva, no hay una diferencia sustancial entre el tribalismo pretérito y el nacionalismo presente. Las diferencias entre poblaciones existen y los individuos las perciben con suma facilidad. El intento de negarlas, recurriendo a unos resultados científicos maquillados, está llamado al fracaso. Por ahí se va mal.

La-pasión-secesionista

Tobeña se moja para sugerir una solución al problema de los nacionalismos, similar a la usada con las religiones en las sociedades democráticas modernas. Es decir, “impedir el acceso a los resortes del gobierno a las organizaciones que se fundamentan en la exaltación nacional”.

Para quienes se han preguntado por los que azuzan las tendencias que residen, con especial intensidad, en el interior de algunos ciudadanos, el autor también tiene una respuesta a mano: “el líder catalán supremo se llama Pep Guardiola”. Al leer la argumentación que hay detrás de esa conclusión, no pude evitar recordar el resultado de una encuesta hecha en UK en la que se preguntaba por el personaje más importante de la historia de la Gran Bretaña. Hagan sus apuestas. ¿Ya? Pues se han equivocado. El ganador fue David Beckham. No se hagan los remolones, saben de quién les hablo.

Así resume la cosa el autor: “los emprendedores, artistas, propagandistas y profesionales pertenecen a la quinta de Guardiola. Es decir, hijos y nietos de la moderna democracia española y su organización descentralizada”. Quizá sea ahora el momento de ofrecer la respuesta al por qué del auge del secesionismo, según el análisis de Adolf: “la extrema fragilidad de una España en bancarrota abrió una oportunidad para alzarse con el poder soberano por parte de las élites vinculadas al gobierno autónomo catalán. Amplios segmentos de las clases medias y los estamentos profesionales les siguieron en ese empeño”.

No estoy en particular desacuerdo con su perspectiva y con sus conclusiones, pero propendo a destacar uno de los ‘vectores’ (término que usa con frecuencia el autor a lo largo de su ensayo) que se comentan tímida y, a mi juicio, imprecisamente (aunque admito que la realidad es multivariada): algunos ciudadanos son individualistas genuinos (casi autistas), pero la inmensa mayoría serían grupales, se dejarían arrastrar por las corrientes alimentadas por Guardiola y sus secuaces. Sin embargo, sus propias palabras desacreditan esa conclusión: “un millón y medio de ciudadanos catalanes están ilusionados con una patria soberana y aspiran a gobernar sin estorbos el patio de su casa. El problema es que en ese mismo patio andan instalados y arraigados otros tantos ciudadanos catalanes, a quienes ese régimen de gobierno de una sola facción vecinal no les interesa. Punto final”.

No sé a ustedes, pero a mi esa descripción me recuerda a la famosa curva normal. En la dimensión caracterizada por las tendencias centrí(fugas), la mitad se sitúa por encima de la media y la otra mitad por debajo. A medida que nos alejamos de la media, encontraremos un número progresivamente menor de ciudadanos con unas u otras tendencias. La ley de los grandes números es poderosa.

CDR

Quiero evitar alargarme más, aunque podría e incluso me gustaría.

La lectura del ensayo es recomendable. No obstante, terminaré insinuando por qué no estoy plenamente de acuerdo, ni con el análisis del problema que favorece Adolf, ni con su recomendación para sofocar esa pasión.

1.- Es abiertamente dudoso que el cerebro de los humanos esté exclusivamente preparado para entregarse a los brazos de los vectores (ese término de nuevo) grupales. En mi propia intervención en el parlamento europeo, expuse la verosimilitud de al menos tres vectores que, pienso, enriquecerían ese análisis, y, por tanto, ofrecerían resultados más cercanos a la realidad.

2.- El modelo sobre el amor, del que disponemos en Psicología, que parece atesorar un más contundente apoyo empírico, también destaca la presencia de al menos tres vectores. La pasión es solamente uno de ellos y no resulta en absoluto clave para que las relaciones amorosas tengan éxito. Los vectores de ‘intimidad’ (emoción) y ‘decisión de compromiso’ (cognición) son más poderosos para comprender los amores con mayores tendencias constructivas.

Los ciudadanos conforman su identidad recurriendo a tres mecanismos básicos, no solamente al de la identificación grupal. Y la mayoría de amores no matan porque la pasión (motivacional) presenta una reducida ventana temporal. La calidez de las relaciones humanas se basa en la intimidad y su duración en la decisión de compromiso. La ardiente pasión también cumple su función, naturalmente, pero las llamaradas deben convertirse en un sosegado fuego para que la cosa funcione.

La pasión secesionista remitirá cuando se logre transformar la percepción de los ciudadanos recurriendo a la razón, alimentando (a) los otros dos módulos que también residen en nuestros cerebros (para promover una identidad individual equilibrada) y (b) los componentes emocionales y racionales del amor.

Eso pienso.

3 comentarios sobre “Lunes al Sol (16): Amores pasionales que pueden matar

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  1. Hace tiempo escribí un breve articulo en el que me preguntaba si era el nacionalismo político intrínsecamente perverso y respondía así: “El nacionalismo sí es algo intrínsecamente perverso cuando va vinculado a la exigencia de construir un estado nacional. Toda la historia moderna, pero también la historia de otros países en otros continentes que miméticamente reprodujeron el modelo europeo de estados nacionales, ha sido un rosario de matanzas y exterminios para mayor gloria de esos Estados que, en principio, la gente ni quería ni necesitaba.” En ese sentido, discrepo y considero que del mismo modo que se apartó la religión de la vida política en el sentido de evitar Estados confesionales, debemos apartar los nacionalismo identitarios de la política. En ambos casos se apelan a fuerzas emocionales difícilmente controlables que conducen a la exclusión de quienes no son de los nuestros. Los lazos afectivos que vinculan a los ciudadanos de un país son importantes, pero hay que darles una expresión diferente.

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      1. Sí, pero me pareció que tú no estás de acuerdo con el y por eso discrepo de lo que tu desacuerdo

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