Calidad de los textos sobre Psicología en los medios de comunicación (por María Xesús Froxán Parga)

Froján

Escribo en relación al artículo firmado por la psicóloga Olga Carmona y publicado en elpais.com el 19 de junio de 2018, con el título “Si sancionas a tu hijo, asúmelo: no es una consecuencia, es un castigo”.

He de reconocer que el artículo me quitó el sueño, por dos razones principales:

(1) estar escrito por una psicóloga y no por el pollero de la esquina (con todos mis respetos para los polleros, que no tienen por qué saber nada de psicología)

(2) estar publicado en un periódico supuestamente prestigioso como El País, y no en el boletín del barrio.

Al margen de la opinión personal que el artículo me pueda suscitar (un reflejo claro del “buenismo” que impera en la sociedad actual), mi crítica se fundamenta en los enormes errores conceptuales y teóricos en que incurre.

Como no se trata de dar una clase de aprendizaje asociativo ni de modificación de conducta (para eso están las facultades de Psicología) voy a ser sintética y a señalar algunos de los errores más graves, remitiendo al lector interesado (y a la propia autora del artículo, si lo considera oportuno) a los manuales escritos por especialistas en el tema y que pueden consultar en cualquier programa de las respectivas asignaturas del grado de Psicología.

Comenzamos por el título:

“asúmelo: no es una consecuencia, es un castigo”

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¿Y cuál es el problema?

Un castigo es un procedimiento de aprendizaje operante que consiste en la reducción de una respuesta (su frecuencia, intensidad, probabilidad de aparición futura) tras la aplicación de un estímulo. Es decir, un castigo no es ni bueno ni malo, igual que un refuerzo tampoco lo es (cuidado, no confundir con “premio”) sino que ambos se miden por el efecto que tienen sobre la respuesta a la que siguen.

En el artículo se confunden, una y otra vez, los términos coloquiales del lenguaje natural, con el significado técnico de dichos términos. Y eso puede ser admisible en un lego en la materia (al igual que los que no son físicos confunden a menudo el peso con la masa) pero no lo es en absoluto por una profesional de la disciplina.

El término “consecuencia” también se utiliza de modo inadecuado, porque se confunde “estímulo consecuente”, utilizado para identificar al estímulo que sigue a la respuesta (no que se deriva, está causado o provocado por ésta) con el significado del término en su uso natural, no técnico.

El castigo nunca puede ser una consecuencia porque es un procedimiento de aprendizaje asociativo operante y las relaciones operantes nunca son causales, sino probabilísticas.

Es decir, una respuesta puede ser seguida con cierta probabilidad (el término exacto es relación de contingencia) de un estímulo consecuente y dicha probabilidad depende de la cantidad de veces que el experimentador, educador, padre, madre o azar hagan aparecer tal estímulo. Y si esa aparición hace que disminuya en un futuro la probabilidad de ocurrencia de la respuesta a la que sigue, es entonces cuando hablamos de castigo.

Por lo tanto, claro que el castigo no es la consecuencia natural de una respuesta, no podría serlo jamás. Primero porque es un procedimiento que se denomina como tal por su efecto sobre la respuesta a la que sigue (reducción, eliminación). Segundo porque es un procedimiento operante y ello implica que no hay relaciones causales entre estímulos (antecedentes o consecuentes) y respuesta. Y tercero porque la relación de contingencia (probabilidad) entre estímulo y respuesta la decide el aplicador del estímulo que queremos que funcione como castigo (ya sea en el ámbito experimental, educativo o familiar).

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Volviendo al inicio, el castigo no es malo ni bueno, sino que depende del estímulo que hagamos seguir a la respuesta que queremos eliminar. Es más, diremos que el castigo es “bueno” cuando es eficaz, es decir, cuando consigamos nuestro objetivo. Y sería “malo” cuando no nos sirva para el objetivo buscado.

Un castigo eficaz (bueno) podría ser la ceja que levantaba mi madre cuando de pequeña me abalanzaba sobre la fuente de pasteles (y tan eficaz que ahora que ya no está ella sigo sin abalanzarme –mi madre consiguió enseñarme muy bien).

Otra cosa distinta es que el objetivo buscado sea indeseable o que el estímulo que se utiliza para castigar sea éticamente inadmisible (doloroso o emocionalmente aversivo). Un especialista en modificación de conducta nos alertaría para evitar esos graves errores. De nuevo me remito a los manuales especializados, donde se describen minuciosamente los problemas que se pueden derivar de un uso inadecuado del procedimiento de castigo y de cómo solucionarlos.

Que el castigo puede producir reacciones emocionales adversas es un hecho, pero no necesariamente malo.

A nadie le gusta que le frustren ni que le impidan hacer cosas que quiere. A un niño pequeño le puede gustar acercarse peligrosamente al fuego o a un precipicio, o puede disfrutar quitándole los juguetes a su hermano. En el mismo sentido, un adulto puede pasárselo muy bien conduciendo a doscientos por hora o pegándose con el primero que le lleva la contraria. Todos estaríamos de acuerdo en que son conductas que sería mejor que no ocurriesen. Pero la pregunta que nos tenemos que hacer es cómo conseguirlo.

A un niño preverbal no se le puede explicar lo malo que es algo. Las palabras no son otra cosa que estímulos condicionados que han adquirido su significado por asociación con el objeto-evento que designan, lo cual nos mete de lleno en el otro proceso de aprendizaje asociativo, el condicionamiento pavloviano, distinto, pero indisolublemente unido, al aprendizaje instrumental u operante.

Pero para que las palabras lleguen a adquirir su significado tiene que ocurrir una historia de aprendizaje. Y para que esas mismas palabras, ya dotadas de significado, lleguen a adquirir control sobre una conducta, tienen que ocurrir todavía más ocasiones de aprendizaje donde éstas se hayan asociado a hechos.

Aprender a seguir normas (tener control verbal)

  • es un proceso que ocurre muchas veces de manera natural
  • en el que intervienen necesariamente procesos operantes, tanto de refuerzo como de castigo
  • que usamos de manera intuitiva y, por ello, muchas veces dan lugar a problemas.

No se puede confundir la aplicación inadecuada de un procedimiento con la eficacia del proceso que lo explica.

Cuando el castigo surge del enfado, de la venganza o de la frustración, no estamos castigando, estamos desahogándonos, y eso sí que es un mal procedimiento (malo en todos los sentidos, desde el punto de vista ético y como procedimiento de cambio). O cuando aplicamos castigos para conseguir objetivos éticamente incorrectos o en nuestro propio beneficio, también estamos haciendo un uso indebido del castigo.

La Manada

Es reciente el caso de La manada y el clamor popular porque la pena aplicada no se consideraba suficiente. Pero la pregunta es: ¿suficiente para qué?

No se estaban castigando sus acciones, porque éstas ya habían ocurrido. El daño ya estaba hecho.

¿Qué habría que hacer entonces?

¿Nada?

¿Quizás explicarles que se habían portado muy mal, con el objetivo de que lo comprendiesen y de que no volviesen a hacerlo?

No hay que buscar las explicaciones sobre el comportamiento de las personas en el ámbito de las razones, sino de las contingencias de reforzamiento.

Pero no vamos a entrar aquí en ese tema.

El caso es que esos individuos cometieron una serie de delitos y se les aplica una pena. Para algunas personas puede ser para que sufran (y no sería castigo), para otras será venganza (y tampoco lo sería) y para las demás será una forma de que otras personas aprendan, de manera indirecta, que a una acción incorrecta le sigue una sanción.

Si esa sanción consigue disminuir el comportamiento de abuso sexual en otros miembros de la sociedad, entonces sí sería un castigo (vicario).

¿Protestaría también la autora del artículo que estoy comentado si la pena impuesta a los miembros de La manada consiguiese reducir las conductas de abuso sexual?

Espero que no.

Imagen 3

Para ir terminando, y al margen del desconocimiento de la autora sobre el procedimiento de castigo, me gustaría hacer un breve repaso del texto publicado para señalar un conjunto de errores y confusiones que tampoco se pueden pasar por alto.

Se afirma que Consecuencia y Castigo (las mayúsculas son del texto original, a pesar de ser sustantivos comunes) no son sinónimos y que, por tanto, va a exponer la definición de ambas (usa el femenino, entiendo que se refiere a “palabras”). Leo el texto con atención buscando tales definiciones (quizás de la RAE, o de un manual técnico), pero ni rastro de la definición de castigo y sí una de consecuencia que, curiosamente, no coincide con ninguna de las acepciones de la RAE. Un asunto menor, desde luego, si estuviésemos publicando en la revista del barrio.

En segundo lugar, algo más grave. Se afirma que el castigo es una acción… para cambiar… mediante algún tipo de dolor emocional, físico o psicológico… y cuyo principal motor es el miedo.

Estas ya son palabras mayores. No existe ningún artículo, manual o investigación que partan de tal concepción del castigo. Esa afirmación es falsa, incluso perversa. Si hay algo en lo que se insista, una y otra vez, cuando se trata de aplicar un procedimiento de castigo es que…

NUNCA puede ser físico, producir dolor de ningún tipo y

SIEMPRE tiene que ofrecer la posibilidad de conseguir que no ocurra si se realiza la conducta correcta (alternativa o incompatible con la que se quiere eliminar).

Es más, la aplicación de castigo sobre la respuesta que se quiere eliminar ha de acompañarse de procedimiento de reforzamiento de aquella o aquellas que se quieren instaurar.

Y al margen de la indignación que me produce una falsedad de ese calibre, la afirmación incurre, además, en dos errores formales:

  • no define el castigo por lo único que puede ser definido (su efecto reductor)
  • mezcla, una vez más, procedimientos operantes (castigo, para reducir la respuesta a la que sigue) y pavlovianos (asociación de dos estímulos previa a la respuesta, que es lo que daría lugar a la aparición de miedo aprendido/condicionado).

El siguiente párrafo es igualmente terrible: castigo asociado a humillación y atentado contra la dignidad.

Me remito a los manuales para que el lector se tranquilice respecto al uso del castigo: si hay algo en lo que los expertos insisten con respecto al castigo es que el procedimiento JAMÁS puede ser humillante o indigno. Incluso aunque fuese eficaz no habría que aplicar una estimulación cuyo efecto atentase contra la dignidad de la persona.

Eso no quiere decir que en nombre del castigo se utilicen procedimientos humillantes. Por supuesto que sí. También se ha quemado a gente en la hoguera en nombre de la religión y no por ello la religión es necesariamente mala.

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Los cuchillos no matan, mata quien los usa indebidamente. El castigo no es humillante, pero el uso inadecuado de determinados estímulos aversivos si puede humillar (y en la inmensa mayoría de las ocasiones no son castigo, es decir, no tienen efecto reductor).

Claro que sería estupendo que no fuese necesario el control mediante procedimientos aversivos (operantes, como el castigo, o pavlovianos, como el contra-condicionamiento). Pero mientras las personas no aprendamos a regularnos por nuestras propias normas, habrá que mantener ese control al tiempo que se favorecen prácticas educativas encaminadas a la auto-regulación. Y esas prácticas educativas tienen que incluir todos los (sanos) procedimiento de aprendizaje que han demostrado su utilidad y eficacia en el ámbito experimental (castigo entre otros).

Por una parte, la comprensión de las razones y las consecuencias de las conductas no garantiza un adecuado comportamiento (no tenemos más que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que las conductas inadecuadas no ocurren por ignorancia de las consecuencias que tienen). Los adictos a las drogas son los más expertos en las consecuencias de su uso, pero no les sirve de mucho.

Por otra parte, para poder comprender las relaciones verbales entre eventos (si haces “x” ocurrirá “y”) antes hay que haber aprendido los significados de “x” e “y” y ello implica experiencia directa. Imaginemos a un niño de poco más de un año acercándose a una hoguera. ¿Vamos a explicarle con calma y sonrientes los peligros del fuego? ¿o vamos a retirarlo con firmeza, con gesto serio y palabras de rechazo para que aprenda que el fuego quema? Imagino que coincidiremos en que queremos que no se queme y que no se vuelva a acercar a una hoguera. Dentro de unos años comprenderá lo que es el fuego y sus efectos, pero mientras tanto, castiguemos la conducta de acercarse a un fuego.

Por último, la autora hace gala de su desconocimiento del conductismo radical. El término radical no se refiere a extremo, tajante o intransigente como ella lo utiliza. El término “radical” se utiliza para identificar a la corriente conductista (el conductismo es una filosofía de la ciencia) que entiende la conducta como la raíz, el objeto de estudio, el fundamento del mundo subjetivo, encubierto (frente al conductismo metodológico, para el cual la conducta no es el objeto, sino el medio para estudiar ese mundo subjetivo).

Como profesora de Psicología en la universidad me parece lamentable que se dé difusión a artículos escritos desde la ignorancia, llenos de gravísimos errores de concepto y que pueden tener un efecto perverso sobre lectores legos en la materia (y sobre las personas que puedan estar a su cargo).

Un periódico como El País debería cuidar la calidad de los textos que publica, aunque sea de una disciplina tan desconocida y malinterpretada como es la Psicología.


María Xesús Froxán Parga (mxesus.froxan@uam.es)

Profesora titular de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos.

Universidad Autónoma de Madrid

3 comentarios sobre “Calidad de los textos sobre Psicología en los medios de comunicación (por María Xesús Froxán Parga)

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  1. Excelente artículo, que aclara bien cuestiones fundamentales. No se trata de buenismo, sino de que el castigo ha tenido y sigue teniendo mala prensa, en gran parte con razón por el modo en que se aplica: la letra con sangre entra. Desgraciadamente, como sabes muy bien (puedes consultar a tu colega Marta Ferrero), el profesorado sigue ignorando con mucha frecuencia lo que la investigación psicológica y educativa ha contastado que funciona o no funciona. Es más, a veces el profesorado incluso acepta como dogma científico propuestas que no tienen ningún apoyo en la investigación (recuerda la masiva difusión y aceptación de las inteligencias múltiples).

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  2. Y sin embargo, se mueve. ¿Qué hace que un castigo elicite un efecto de reducción de intención de repetir la conducta si no es la experimentación “desagradable” de un estado emocional aversivo y el aprendizaje enocional/asociativo (y consecuente temor/miedo) de que en el futuro se pueda repetir esta experiencia desalentadora (castigo)?

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  3. Y sin embargo, se mueve. ¿Qué hace que un castigo elicite un efecto de reducción de intención de repetir la conducta si no es la experimentación “desagradable” de un estado emocional aversivo y el aprendizaje enocional/asociativo (y consecuente experimentación de temor/miedo) ante la previsión de que en el futuro se pueda repetir esta experiencia desalentadora (castigo) si realizamos la misma conducta?

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