Criminal Genius

La ciencia ha documentado una relación negativa entre nivel intelectual y criminalidad: a mayor inteligencia, menor probabilidad de cometer delitos.

Pero James Oleson sostiene en ‘Criminal Genius. A Portrait of High IQ Offenders” (2016) que esa relación cambia de dirección a partir de un determinado umbral. Los crímenes con mayores consecuencias sociales serían cometidos por mentes especialmente brillantes.

James Oleson

La relación negativa en la que se ha centrado usualmente la investigación se aplicaría a los delitos más pedestres, pero “el crimen de guante blanco es mucho más costoso y perjudicial que todos los delitos callejeros combinados (…) nuestras prisiones están habitadas por gente con mala suerte a la que se detuvo, no por la verdaderamente peligrosa”.

Oleson se olió que era correcta la sospecha de que los delincuentes socialmente más amenazantes y más brillantes escapan a la acción de la justicia. Para averiguar si su olfato estaba afinado, diseñó y puso en práctica una investigación que deja mucho que desear metodológicamente (él mismo señala una docena de limitaciones: “los resultados deben considerarse más preliminares que concluyentes”). Pero por algo hay que empezar y, además, el sistema dificulta acceder a la evidencia que permitiría contrastar la hipótesis: “los guardines de las puertas niegan el acceso; al percibir riesgo sin recompensa, los implicados rechazan participar. Y puesto que se niega el acceso a las élites, el foco de atención de los criminólogos sigue centrado en las poblaciones vulnerables (delincuentes juveniles y presos). La situación es trágica”.

Este profesor de la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda) preparó un protocolo de evaluación para preguntar por un extenso rango de delitos a 260 individuos de una sociedad de alto CI (media de CI = 158), 132 universitarios de élite (media de CI = 143), 30 presos de alto CI (media de CI = 145), 43 reasignados del grupo control al grupo experimental (media de CI = 143) y 756 individuos de control (media de CI = 115). Por tanto, 1.221 individuos de los que 465 se incluyeron en el grupo ‘experimental’.

Oleson recuerda que solamente el 2% de la población presenta un CI de 130 o más. Únicamente 1 entre 2.000 presenta un CI de 150 o más. Por tanto, los delincuentes de altísimo CI son escasísimos por motivos puramente estadísticos.

El CI (la variable independiente de su investigación) fue auto-informado o imputado por el propio Oleson según una serie de indicadores. Seleccionó miembros de la sociedad de alto CI, universitarios de élite y presos de alto CI para representar las 3 categorías de ‘mentes intelectualmente brillantes’: (1) ‘outsiders’ que buscan la estimulación que no encuentran en sus nichos sociales habituales, (2) conformistas que buscan contextos en los que pueden rodearse de iguales y (3) marginados incapaces de usar sus privilegiados intelectos para superar su pésimo ajuste social.

Los datos del grupo experimental se registraron en 1997, mientras que los del control se registraron en 2004. El protocolo de evaluación incluyó 17 preguntas sociodemográficas, 72 tipos de delitos (agrupados en sexuales, violentos, relacionados con las drogas, contra la propiedad, de guante blanco, mala conducta profesional, uso de vehículos, contra el sistema judicial y miscelánea) y una sección abierta para preguntar por 3 libros, películas y personas influyentes en sus vidas.

Se valoró la (a) prevalencia (porcentaje del grupo que declara haber cometido algún delito en algún momento), (b) incidencia (número total de delitos), (c) recencia (porcentaje de delitos cometidos en el último año) y (d) probabilidad de que el delito termine en detención.

Los miembros del grupo experimental (salvo los presos) también cumplimentaron el test de personalidad de Eysenck (EPQ-R) y una escala de impulsividad. El grupo control no completó esos cuestionarios.

Oleson hizo entrevistas de seguimiento a 44 de los participantes del grupo experimental.

Criminal Genius

Se ofrece en el texto una abundante información que puede resumirse así: el grupo experimental comete, en general, más delitos (un 10% más en promedio) que los controles. Algunos ejemplos (proporción de cada grupo que confiesa haber cometido el delito):

  • Pagó por sexo: Experimental (22%) y control (6%)
  • Asesinó a alguien: E (3%) y C (0,4%)
  • Consumió drogas duras como heroína, cocaína, LSD o éxtasis: E (23%) y C (18%)
  • Destruyó intencionadamente una propiedad ajena: E (42%) y C (32%)
  • Hizo copias ilegales de material protegido: E (43%) y C (20%)
  • Abusó de sus privilegios laborales: E (68%) y C (55%)
  • Se puso al volante después de beber en exceso: E (54%) y C (50%)
  • Llegó a un acuerdo con alguien para cometer un delito: E (18%) y C (9%)
  • Entró ilegalmente en una propiedad privada o gubernamental: E (48%) y C (24%)

¿Por qué los individuos de altísima inteligencia cometen delitos? ¿Por qué no funciona la inteligencia como un agente protector en su caso?

Oleson se decanta por una respuesta en el capítulo 6. La perspectiva que adopta se basa en el modelo del vínculo social de Travis Hirschi: quienes están en las zonas más altas de la curva poblacional que representa las diferencias intelectuales, se encuentran tan aislados de la mayoría de la población como los que están en las zonas más bajas.

Los individuos de altísima inteligencia tendrían problemas para (a) las relaciones de amistad (es muy difícil para ellos encontrar personas con las que conectar), (b) seguir las normas (ven con facilidad sus incoherencias) y (c) aceptar sin más las creencias populares (por su independencia de criterio):

Un altísimo CI puede atenuar las relaciones sociales basadas en las creencias compartidas y aumentar la probabilidad de caer en la ilegalidad. Los individuos extremadamente brillantes se sienten estigmatizados, aislados y alienados. Se implican poco en sus comunidades debido a su escepticismo con respecto a las medidas convencionales de logro. Su razonamiento moral puede separarse de la norma debido a su independencia de pensamiento”.

Aún así, admite el autor que al menos pueden suponerse 3 razones para la relación del altísimo CI y el delito, para que la inteligencia no actúe como un factor protector: (1) cuando otras variables personales (p. e. emocionales) superen el impacto positivo del CI, (2) cuando contribuya a aislar socialmente al individuo, y (3) porque la relación del CI con el delito es curvilínea.

La obra se cierra conectando con el comienzo dedicado a repasar personajes, reales o de ficción, que cautivaron la imaginación del público (Nathan Leopold, Richard Loeb, Theodore Kaczynski, Caryl Chessman, Albert DeSalvo, Edmund Kemper, Ted Bundy, Dr. Mabuse, Fu-Manchu, Fantomas, Moriarty, Walter White, Hannibal Lecter, Ozymandias) y que se caracterizan por su destacable inteligencia.

Walter White

Considerando las limitaciones de su investigación, propone una serie de hipótesis para continuar indagando:

  1. Es necesario evaluar muestras representativas de la población y consignar todos los posibles delitos, no solamente los más frecuentes y llamativos.
  2. Hay que distinguir la contribución de la inteligencia general (g) y del funcionamiento ejecutivo (autocontrol) al estudiar la relación inteligencia-delito, especialmente para los distintos tipos de delitos.
  3. Debe valorarse la relación del CI con la seriedad del delito.
  4. Sería relevante valorar la verosimilitud del modelo del vínculo social para comprender los delitos cometidos por individuos de altísimo CI.

Sus reflexiones finales son verdaderamente provocadoras.

Subraya que negar (incorrectamente) la asociación del CI con el delito contribuye a justificar el encarcelamiento masivo o la sobre-representación de las minorías en las cárceles. A menudo se da por hecho que cometer delitos es una elección a la que todo el mundo es igualmente propenso. Pero un espíritu progresista dudaría de esa perspectiva al considerar expresamente la evidencia acumulada por la investigación. Sostiene Oleson que considerar a la inteligencia como un factor de riesgo podría mejorar la prevención: “si las diferencias de CI dificultan seguir las normas, entonces la igualdad ante la ley es discutible”.

Confieso que me ha impresionado positivamente el intento del autor por desmontar el chiringuito de los autodenominados progresistas que se niegan visceralmente a admitir las evidencias. Realmente son conservadores de la peor calaña, lobos disfrazados de ovejas. Oleson es valiente, pero, además, expone los hechos conocidos. Si los menos inteligentes (o los súper inteligentes) presentan más posibilidades de desviarse de las convenciones, aunque sea por razones diametralmente opuestas, una mente progresista debería prestarle atención, no mirar hacia otro lado después de matar al mensajero y seguir a lo suyo (tener razón a cualquier precio e imponer su visión idílica del mundo).

 

Un comentario sobre “Criminal Genius

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  1. Es una buena investigación en el sentido de que abre caminos de reflexión que merecen ser tenidos en cuenta. Desde luego requiere más investigación, lo que no es sencilo. No entiendo bien el último párrafo sobre conservadores y progresistas; esas dicotomías son frecuentes en el discurso político, en general con cierto tono panfletario, pero no sé si están bien definidas y eso me impide saber a qué hacen referencia. Cierto es que hay posiciones más conservadoras (ponen el énfasis en la necesidad de preservar lo que es valioso y funciona) y otrás progresistas (piensan que hay que introducir cambios, algunos radicales, para lograr que las cosas mejoren). El problema es cuando se utiizan cargadas de valor moral de tal modo que se pretende descalificar al contrario al aplicarle el término, aunque se suele modificar un poco; eres un “progre” (corto y entrecomillado para reforzar el lado moralmente negativo; reaccionario o facha (en lugar de simplemente conservador).

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