¿Centralizar o descentralizar?

Hace algunos meses me llegó un libro de José María Martí Font titulado ‘La España de las Ciudades. El Estado frente a la Sociedad Urbana’ (ED Libros, 2017).

J M Marti Font

Tuve un slot temporal ahora y aproveché para hincarle el diente.

Su lectura me produjo sensaciones encontradas.

El autor aboga abiertamente por darle más protagonismo a las grandes ciudades y restárselo al Estado central (y a los gobiernos autonómicos: “el Estado –y las administraciones federales o autonómicas—no soportan la competencia de poderes paralelos”). Según él, el siglo XXI puede ver resurgir el protagonismo que las ciudades tuvieron en momentos como el de Atenas, Roma o Alejandría.

En la portada hay una cita de Sadiq Khan (alcalde de Londres) que reza así: “si el siglo XIX fue el siglo del imperio, el siglo XX el de los estados nación, el siglo XXI es el siglo de los alcaldes y las ciudades, que es donde está la acción”.

Martí Font suscribe ese mensaje sin reservas. Para armar su discurso recurre al análisis de seis ciudades españolas: Vigo, Zaragoza, Málaga, Valencia, Barcelona y Madrid. Ese análisis va precedido por tres capítulos (el territorio frente a la ciudadanía, si los alcaldes gobernaran el mundo, una Iberia urbana) y cerrado por un epílogo (volver a Kant: la ciudadanía universal).

Por un lado, es difícil resistirse al lado seductor del mensaje del autor. Dele protagonismo al ciudadano y a quienes les gobiernan más de cerca. Eso exige quitárselo a quienes se niegan a cederlo (las autoridades centrales).

Me atrae esa perspectiva, característica también del sociólogo norteamericano Charles Murray aunque use un lenguaje algo diferente. Invita a devolverle al ciudadano el protagonismo que nunca debió perder. Al ciudadano, no a quienes les gobiernan, sea al nivel que sea.

Por otro lado, a medida que leía a Martí Font me venían a la mente las palabras y la información descrita por Mª Elvira Roca Barea en su excelente obra sobre la naturaleza de los Imperios. Subrayaba la autora malagueña el carácter meritocrático de los imperios, lo que favorece la movilidad social dándole la espalda a las redes clientelares (características en los pequeños espacios). También poseen un carácter multinacional en el que se alimenta por sí misma una identidad compartida en la que no se mira el propio ombligo.

Si el pequeño grupo funciona, pero también el Imperio, entonces sobra la nación.

Madrid Towers

Centrarse en las ciudades, como propone el autor del ensayo que estamos comentando, quizá suponga ignorar la mayor parte de un territorio (= todo lo que no es una gran ciudad), condenar a descolgarse del progreso a un buen puñado de individuos (según los cálculos de Martí Font, al menos la mitad de la población de un país como España) que, de hecho, no serían ciudadanos porque no residirían en una gran ciudad y carecerían de virtudes esenciales para el nuevo escenario (“el mundo rural, las zonas obreras desindustrializadas y sumidas en la irrelevancia económica, los segmentos sociales menos educados, los perdedores de este fulgurante comienzo del milenio, están haciéndose con el control político”).

El Imperio, en cambio, no distingue entre sus integrantes, vivan donde vivan. Al menos eso sucedió en el caso del Imperio español y romano, como relata con contundencia Roca. Quienes subían en la jerarquía social lo hacían gracias a sus méritos.

No tengo la más remota idea de cuál es el mejor sistema de gobernanza, pero huyo de las soluciones sociales que se autocalifican de más adecuadas o correctas rechazando de plano las demás. Carecemos de un criterio absoluto con el que compararnos y es probable que ninguno de los sistemas sea ‘el sistema’. Seguramente una combinación funcionaría mejor que cualquiera de ellos por separado, pero eso exige una mente centrada que sospeche de los extremos y eso escasea.

En el epílogo se recurre a Kant, quien hablaba de la comunidad ciudadana universal. Los derechos son de las personas, vengan de donde vengan. Y se subraya que las ciudades comparten más entre sí que con sus correspondientes Estados (París se parece más a Madrid que a Francia).

Desgraciadamente, “los Estados están para quedarse y seguirán haciendo lo que siempre han hecho: intentar mantener el control del territorio (…) los ciudadanos tienen intereses comunes, comparten espacios urbanos limitados, trabajan en equipo, se ven y se reconocen (…) las nuevas tecnologías han convertido a las ciudades en enormes ordenadores al aire libre”.

Una descripción bastante elocuente de lo que Murray denomina ‘burbujas sociales’.

No voy a entretenerles con los detalles que ofrece el autor sobre las ciudades de Iberia que elige para comentar en su ensayo. Pero sí diré que incluye una valiosa documentación. Ejemplos a modo de preguntas:

  • ¿Por qué los puertos de ciudades como Vigo, Valencia o Barcelona no son gestionados por los responsables de esas ciudades, sino por las autoridades del Estado central?
  • ¿Por qué no pueden reinvertir su superávit como deseen las propias ciudades? ¿Por qué deben usarlo para pagar deuda a los bancos o guardarlo en el cajón?
  • ¿Por qué actúan como fuerzas de ocupación los gobiernos autonómicos?
  • ¿Por qué esa desmesurada pasión central por los iconos arquitectónicos y el asfalto?
  • ¿Por qué no están conectadas por Ave la segunda (Barcelona) y tercera (Valencia) ciudad de España?
  • ¿Por qué le produce miedo a la Generalitat promover la Gran Barcelona? ¿Por qué se siente incómoda ERC en el área metropolitana?
  • ¿Por qué los partidos políticos se centran en sus batallas internas por ocupar espacio de poder, en lugar de dedicarse a servir a los ciudadanos como es su obligación?
  • ¿Por qué los ciudadanos participan tan poco en las decisiones sobre cuestiones relativas a sus ciudades cuando pueden hacerlo? Martí Font señala que en la votación sobre la remodelación de la Plaza de España de Madrid participó el 0,3% del censo.
  • ¿Por qué algunos partidos consideran que la vivienda es una actividad económica en lugar de un derecho social? El ejemplo de la Operación Chamartín en Madrid es paradigmático.

En resumen, no tengan reparo en leer este estimulante ensayo repleto de una abundante información que la mayoría desconocemos.

European Cities at Night

Saber es mejor que ignorar aunque se pueda discrepar de qué se piensa sobre lo que se sabe.

 

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