Periodismo y negocio (por Luis Martínez Gálvez)

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No soy periodista.

Este post se construye desde mi punto de vista como consumidor diario de periodismo a través de los múltiples canales de los que actualmente disponemos.

La prensa que empecé a consumir de joven parecía tener rigor informativo y prestigio. Aunque, no nos engañemos, ya tenía un sesgo político visible. Había diarios de derechas, de izquierdas y cercanos al sistema.

En aquellos tiempos nacieron nuevos medios que, dentro de lo que es el juego de la prensa, pretendían ser independientes del sistema. Algunos se acercaron bastante a ese objetivo. Todos coincidían, no obstante, en que sus noticias estaban contrastadas, aunque podían omitir aquellas que se alejaban de su línea editorial o que podrían destapar algún escándalo que consideraban mejor dejar como estaba. Se mitigaban las noticias que al medio no le interesaba desvelar por sus relaciones políticas, económicas u otras.

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Pero al surgir esos diarios independientes, muchas de esas noticias acababan saliendo y tenían el impacto justo en los consumidores. Eso llevaba a que el resto de la prensa tuviera que tratarlas, y su influencia en la sociedad terminaba siendo evidente, promoviendo una opinión crítica.

En aquellos tiempos, la prensa, dentro de su “independencia”, ofrecía una información basada en sus ideas y sin mirar a su público objetivo.

Eso es lo que, a mi juicio, ha cambiado sustancialmente en la prensa actual.

Los medios han puesto a los lectores en el centro de su estrategia, al igual que han hecho con sus clientes la mayoría de las empresas de otros sectores. No se trata de pensar únicamente en qué se le va a vender al cliente, sino de saber qué busca. Alcanzar esa meta exige pensar en cuáles son los intereses del cliente, qué busca en el producto o servicio, y dárselo.

Eso es lo que la prensa está haciendo últimamente. Sus noticias son las que el consumidor quiere y va a consumir, de ahí el amarillismo y la banalización. Ya no importa contrastar la veracidad de la noticia si vende y el público la consume. Se publica y ya se verá si es cierta. La cosa va tan deprisa que el riesgo es pequeño. Una noticia está en el candelero tres días a lo sumo antes de ser sustituida por la siguiente. Verificarla y, en su caso, rectificarla, pierde sentido.

Esta estrategia viene marcada por la feroz competencia que se ha creado en el mercado gracias a la digitalización.

El código deontológico que los periodistas han vendido como marca diferenciadora de su ocupación, ya no les guía como antes:

* Respeto a la verdad.

* Estar abierto a la investigación de los hechos.

* Perseguir la objetividad aunque se sepa que es inaccesible.

* Contrastar los datos con cuantas fuentes periodísticas sean precisas.

* Diferenciar con claridad información de opinión.

* Enfrentar, cuando existan, las versiones sobre un hecho.

* Respeto a la presunción de inocencia.

* Rectificación de las informaciones erróneas.

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Leo esos puntos y me doy cuenta de que actualmente el código se viola en numerosas ocasiones.

No quiero generalizar porque es evidente que aún hay magníficos profesionales que lo siguen fielmente.

Pero la percepción de este humilde consumidor de periodismo es que el negocio se está imponiendo al código.

 

2 comentarios sobre “Periodismo y negocio (por Luis Martínez Gálvez)

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