Un mayor nivel intelectual incrementa la calidad de los autoinformes sobre la personalidad

El grupo de Metodología de la Psicología de la Universidad Rovira y Virgili (Tarragona) –en mi opinión un puñado de excelentes psicólogos diferenciales camuflados—publica un informe en el que se constata que:

A medida que aumenta el nivel intelectual (valorado por tests estandarizados) mejora el nivel de precisión al informar sobre la propia personalidad (a través de cuestionarios también estandarizados).

Es más, la fiabilidad de la medida de la personalidad se asocia en mayor grado a la inteligencia general (g) que a capacidades específicas que supuestamente podrían estar más implicadas (como la verbal). Esa fiabilidad tampoco tiene una relación llamativa con la aquiescencia o la deseabilidad social.

Presentan el problema de investigación con meridiana claridad:

Comprender apropiadamente las preguntas de un cuestionario de personalidad es, en sentido estricto, una actividad cognitiva. Por tanto, una mayor sofisticación cognitiva mejoraría el proceso de comprensión y permitiría ofrecer respuestas más precisas.

 

2018 Navarro (A)

Se recurre al concepto de fiabilidad personal (person reliability) metodológicamente explotado especialmente por uno de los autores del informe que estamos comentando (Pere Joan Ferrando). Esta fiabilidad personal se relacionaría con “el grado de claridad y fuerza con la que el rasgo se organiza en el individuo”.

Consideran 532 estudiantes de entre 11 y 18 años de edad. Los participantes completan los siguientes cuestionarios de personalidad: IDAQ (agresividad), BIS-11 (impulsividad), PSYMAS (madurez psicológica), ICU (precursores de la psicopatía). El nivel intelectual se valora con el PMA (Primary Mental Abilities), el Test de Raven y el subtest de información del WAIS.

El primer resultado interesante es que los individuos más inconsistentes producen respuestas que atentan contra la fiabilidad de la medida.

El segundo es que los individuos con mejores puntuaciones en los tests de inteligencia son más consistentes al contestar a las preguntas de los tests de personalidad. El efecto es más poderoso cuando se considera la capacidad intelectual general (g). Los valores oscilan entre 0,17 para el BIS-11 (impulsividad) y 0,31 para el IDAQ (agresividad).

2018 - Navarro

Según el meta-análisis de Gignac & Szodorai (2016) correlaciones de 0,10—0,20—0,30 delimitan tamaños del efecto bajos—moderados—altos, respectivamente. Por tanto, los efectos encontrados aquí son de moderados a altos.

Las conclusiones de los autores son:

  1. Existe una clara relación de la consistencia individual con la capacidad intelectual: los individuos de mayor capacidad presentan una mejor consistencia personal al responder a las preguntas sobre su personalidad.
  2. Esa consistencia se asocia con mayor intensidad a la inteligencia general (g) que a las capacidades específicas.
  3. Los individuos de mayor capacidad intelectual ofrecen respuestas más significativas y precisas a las preguntas.
  4. Los rasgos de personalidad poseen más significado para los individuos de mayor capacidad intelectual.
  5. La personalidad es más nítida, se encuentra mejor definida, a mayores niveles de inteligencia (probablemente).

Aunque no se hace mención a la TRS, a mi juicio lo que se observa en esta investigación puede ser interpretado conceptualmente desde ese modelo: el sistema cognitivo integrador (intelecto) coordina a los rasgos temperamentales.

2018 Navarro (B)

Según esa perspectiva, es predecible que un sistema cognitivo más robusto (es decir, el sistema más probable en un individuo con un mayor nivel intelectual) tenga más éxito al configurar la personalidad y darle una mayor consistencia. A mayor inteligencia, más alta probabilidad de conocerse mejor, pulir aristas e informar fiablemente sobre uno mismo.

Una consecuencia práctica de ese hecho es que se debe ser cuidadoso al evaluar la personalidad. Si se desea mejorar la precisión de la información recogida, debe considerarse expresamente la posibilidad de que no cualquier evaluado entienda del modo esperado lo que se pregunta.

Ahora que sabemos que puede controlarse esa amenaza potencial a la calidad de la evaluación, no debería pasarse por alto.

Quizá les parezca mentira, pero destripar determinados cuestionarios produce un doloroso llanto y crujir de dientes.

Preguntar adecuadamente exige salir de la burbuja en la que a menudo residen quienes diseñan los instrumentos de evaluación.

No siempre es fácil, pero debe hacerse.

 

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