DYLAN IS DYLAN (por Jesús Mª Gallego)

John Ford

En estos días, Bob Dylan ha vuelto a España.

Como saben, lleva casi treinta años embarcado en un gira continua alrededor del mundo. En la ya enciclopédica hoja de ruta de su tour interminable figuran Londres, París o Nueva York, pero también Zaragoza, Granada o Collado-Villalba.

¿Por qué lo hace?

¿Por qué este millonario de 76 años, premio Nobel de literatura, icono máximo de la música popular del siglo XX, está dispuesto a viajar hasta Salamanca para pasar dos horas cantando en público?

Creo que solo podemos aventurar una respuesta: para seguir llevándole la contraria al universo.

Bob Dylan no es un tipo complaciente y su vida y su obra están escritas a la contra. Cuando en Newport todos los amantes del folk se congregaban para consagrar a su dios, el dios se volvía eléctrico para indignación de sus fans traicionados. En los tiempos del hedonismo lisérgico de Bowie y Warhol, Dylan se convertía al catolicismo y se plantaba en el Vaticano para cantar ante el Papa.

Bob Dylan no concede entrevistas ni acude a recoger premios. Cuando en 1991 le dieron el Oscar por “Things Have Changed” comprometió un concierto en Australia para estar bien lejos de Los Ángeles en la noche de la alfombra roja. A Estocolmo envió a Patti Smith a recoger el Nobel porque él tenía otros compromisos, que consistían, precisamente, en cantar canciones en público. Su oficio.

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Bob Dylan podría hacer lo que llevan décadas perpetrando los Rolling Stones, U2 o Bruce Springsteen, una espectáculo de luz y sonido cada 5 o 6 años, estadios llenos, colección de hits coreados por la masa, simpatía, merchandising, megalomanía. Pero prefiere lo contrario: austeridad, sobriedad y canciones.

¿Qué es un concierto de Bob Dylan hoy?

Lo contrario a la complacencia. Si alguien acude a la espera de una bonita versión con guitarra y armónica de “The Times They Are-A-Changin” saldrá inevitablemente decepcionado. Lo de Dylan en directo es, más que una deconstrucción, una verdadera refundación de las canciones. Se enfrenta a sus hits y lo hace literalmente: hay un enfrentamiento entre Bob Dylan y “Desolation Row”, entre Bob Dylan y “Highway 61”. Su actitud se parece mucho más a la de John Coltrane reformulando noche tras noche “My Favorite Things” que a la de Bono alargando el micro a los fans para que coreen “I Still Haven’t Found What I’m Looking For.

Cuando atacó el bis, alguien a mi lado se lamentaba: “me parece que nos vamos sin oír “Blowin’ in the Wind”; era justamente lo que en el escenario se estaba reinventando en ese momento.

Alrededor de Dylan no hay elementos ornamentales que nos distraigan del núcleo de la cuestión: la tensión artística esencial, el readvenimiento transfigurado de sus canciones eternas. La performance transmite de entrada una aparente sensación de fragilidad que pronto descubrimos blindada por su sabiduría y por la majestuosa intervención de unos músicos de una solvencia abrumadora, con el gran Charlie Sexton al frente. La aspereza blues rock de momentos tan intensos como sus recreaciones de “Love Sick” o “The Ballad of a Thin Man” encuentran un contrapunto lógico en la delicadeza de “Blue Moon” o de “September of My Years”. El conjunto es una afirmación definitiva y categórica de que lo que tenemos enfrente representa un esfuerzo titánico por dignificar la transmisión de la música popular a un auditorio adulto.

Dylan Smoking

En efecto, no hay fuegos artificiales, no hay grandes pantallas de vídeo, no hay simpatía. Dylan no abre la boca ni una sola vez para nada que no sea cantar, no da las gracias, no presenta a los músicos, no introduce las canciones. Solo canta.

¿Estamos preparados para tolerar el anatema de un concierto en el que no se nos dice “Buenas noches, Madrid”? Él es así. Como cantaba Michel Delpech en un viejo himno del imaginario hippy: “Wight is Wight, Dylan is Dylan”.

Que alguno de ustedes aún no haya visto cantar en directo a Bob Dylan es una mala noticia. La buena noticia es que seguro que tendrán oportunidad de subsanar sus carencias, en Sevilla, en Cuenca, en Ciudad Real, nuevamente en Collado-Villalba, porque nada detiene la gira interminable, ni esos juveniles 76 años ni nimiedades como una medallita en Suecia.

 

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