Educar moralmente (por Félix García Moriyón)

Félix Gacía Moriyón

Sócrates y Platón cuestionaron la posibilidad de educar moralmente.

Tanto ellos como Aristóteles, con un enfoque bien diferente, consideraban que uno de los objetivos principales de la práctica filosófica consistía en conseguir que nuestros hijos y nuestros alumnos llegaran a ser buenas personas y, por tanto, buenos ciudadanos.

Sócrates no cejó en el empeño, pero no obtuvo grandes resultados. Platón era escéptico y Aristóteles hizo lo que pudo con Alejandro Magno (y en su propia escuela) pero terminó huyendo a Macedonia al ver lo que ocurría.

Un lejano sucesor, Marco Aurelio, gran filósofo y afamado emperador, mostró una estoica tristeza muy bien reflejada en la ficticia dramatización del diálogo entre Marco Aurelio y Cómodo narrado por Ridley Scott en ‘Gladiator’.

MARCO AURELIO DESHEREDA A SU HIJO COMODO

¿Está justificado ese pesimismo?

¿Es posible educar moralmente, contribuir a que nuestros descendientes lleguen a ser buenas personas, a florecer como individuos morales?

¿Podemos confiar en la posibilidad de mejorar moralmente a la humanidad?

Responder esas preguntas es difícil, pero necesario.

Pienso que es posible, pero hay que averiguar cómo hacerlo (mejor).

Steven Pinker ha defendido una posición optimista al respecto. En The Better Angels of our Nature sostiene que los niveles de violencia se han ido reduciendo desde los orígenes de la humanidad. Vuelve a la carga en su último libro en defensa de la razón y la ciencia como motores del progreso humano.

Ese progreso estaría garantizado, posiblemente, por nuestra dotación genética que promueve el desarrollo de unos rasgos de personalidad que favorecerían la resolución de problemas interpersonales.

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Es algo sobre lo que han venido trabajando etólogos como Edward O. Wilson, quien sigue defendiendo el enfoque sociobiológico contra sus usos poco rigurosos. O Frans de Waal y el discutido Mark Hauser que publicó Moral Minds logrando un fuerte impacto en el campo de la psicología moral.

Por otra parte, el proceso educativo, a través de la enseñanza, tanto formal como informal, es prueba de que se educa moralmente.

Si nos centramos en la educación informal, la humanidad ha logrado transmitir a las siguientes generaciones guías morales y pautas de comportamiento que han contribuido al desarrollo personal y la convivencia de seres humanos diversos, con intereses a veces contrarios. De hecho, hay coincidencias profundas en distintas culturas y sociedades.

Por lo que se refiere a la educación formal, surgida con carácter universal hace algo más de doscientos años, puede afirmarse que es, de hecho, una institución especializada en el troquelado de las conciencias: logra conformidad social y fomenta la capacidad de iniciativa personal, sin la que sería imposible afrontar los retos que cada nueva generación debe resolver (a menudo diferentes a los de la generación que les educa).

No obstante, las dudas son aún abundantes y el pesimismo ya señalado sigue acechando.

Según Savulesco, la humanidad se enfrenta ahora a dos situaciones de alto riesgo: (1) la globalización (que desborda el altruismo hacia el grupo próximo recibido del proceso evolucionista) y (2) el desarrollo tecnológico (que permite provocar daños desmesurados e irreversibles).

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La coyuntura le lleva a afirmar que los humanos tenemos el imperativo de volcarnos en una mejora del carácter moral de los individuos. Para ello propone servirse de los avances tecnológicos (los biomédicos y la ingeniería genética).

Su enfoque tiene limitaciones, aunque él mismo señala que los medios socioculturales son también importantes. Los desarrollos tecnológicos podrían contribuir a provocar cambios estables de conducta.

Doy por descontado que la educación está ahí y procura hacer algo, pero es discutible que logre sus objetivos, especialmente para hacer frente a los riesgos que preocupan a Savulesco.

Mucho se ha investigado desde hace décadas, con la aportación de psicólogos como Piaget y Kohlberg, que sentaron las bases de un paradigma sobre el desarrollo moral. Fue fecundo, pero ahora sabemos que posee limitaciones, especialmente en lo tocante a su manera de entender el desarrollo humano. Se sobredimensionaba, por ejemplo, el razonamiento moral.

Otra corriente, la educación del carácter, evaluaba igualmente el impacto de la aplicación de su modelo, pero sin lograr resultados positivos significativos.

La tercera propuesta global de un programa de educación moral, aunque no solo, es Filosofía para Niños, sobre cuya eficacia hay abundante literatura, aunque centrada en su impacto en el desarrollo cognitivo, y, en menor medida, en su dimensión moral.

No es el momento de darse por satisfechos. El desafío es grande y hay que estar a la altura.

Sería necesario llegar a un acuerdo sobre lo que se entiende por una buena persona. Primera dificultad.

Seguidamente habría que seleccionar un conjunto de variables que pudieran observarse. Segundo problema.

A continuación deberían elegirse instrumentos de medida contrastados, para cuantificar el “nivel” o “grado” de bondad previo a la intervención y una vez finalizada. Un problema claramente menor si se han resuelto los anteriores.

Además, habría que diseñar una intervención didáctica para formar al profesorado y dotarle de los recursos necesarios para potenciar el crecimiento de esas dimensiones morales en el aula. La tarea puede ser apabullante.

2002_Estimulacion

Hace ya algunos años, en un grupo de trabajo en el que, entre otros, estábamos Roberto Colom y yo mismo, avanzamos en el diseño de ese modelo de trabajo. Publicamos el resultado, después de varios años de intenso y dedicado trabajo, en una obra que recogía esas ideas y detallaba cómo ponerlas en práctica: La estimulación de la inteligencia cognitiva y la inteligencia afectiva.

Todo es cuestión de ponerse y de persistir ante la adversidad.

Abandonar es tentador ante el titánico reto, pero superar esa tentación resulta ahora más necesario que nunca antes.

2 comentarios sobre “Educar moralmente (por Félix García Moriyón)

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  1. Claro que es posible, querido Félix, aunque no implique fácil. Gran mini-ensayo; sugerente como todas tus reflexiones. Si nos remitimos a la división tripartita de la mente en cognición, volición y afecto, me inclino a ver la laxitud de la modificabilidad en cada ámbito como fuente de la educación en este orden: volición, afecto, cognición. Aunque no sea fácil, especialmente dependiendo de las características de cada individuo, porque cada individuo es cada individiuo (aparte de sus circunstancias), y de esto la Psicología Diferencial y la Pedagogía Diferencial saben bastante.

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  2. De eso trata el artículo, de mejorar la forma de hacerlo, puesto que es un hecho que esa educación moral se produce. Esa división tripartita puede valer, aunque, como hicimos en el libro que menciono, es importante hacer uso de una agrupación de rasgos o dimensiones que tengan un reconocimiento amplio, si no total, en el ámbito de la psicología y que cuenten ya con investigaciones acotadas tantos sobre su medida como sobre su tratamiento.

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