Una increíble historia de espías (por Andreu Vigil)

 

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En uno de los puentes del año pasado hice una escapada a Jaca, ciudad que les recomiendo por su fantástica ciudadela y, en especial, por la magnífica exposición de frescos románicos del museo de su catedral.

Uno de los días me acerque a Canfranc para realizar una visita guiada a su estación. Durante la visita, que les recomiendo encarecidamente, me contaron la sorprendente historia que me motiva a escribir este post.

La estación internacional de Canfranc fue inaugurada por Alfonso XIII en 1928 para facilitar el intercambio comercial con Francia. En la misma había una zona con andenes que correspondía a España (zona frontal) y otra que correspondía a Francia (zona trasera). La estación tenía su propia aduana, gendarmería francesa y cuartel de la guardia civil.

La estación funcionó normalmente hasta que durante la segunda guerra mundial se convirtió en un caldo de cultivo idóneo para los espías. Piensen que una parte de la estación pertenecía a la Francia ocupada por las tropas de Hitler (de hecho, durante toda la guerra la presidió una enorme esvástica) y la otra a la supuestamente neutral España.

En ese marco, el coronel Remy, de la resistencia francesa, puso en marcha una red de espías, uno de cuyos principales objetivos fue la transmisión de información desde la Francia ocupada hacia la embajada británica en España.

En esa red de espías tiene un papel principal Albert Le Lay, jefe de la aduana francesa desde 1940 e integrante de esa red.

Dada la amistad de una familia de Jaca con los aduaneros, Le Lay capta para la causa a Lola Pardo, una modista de Canfranc y a su hermana Pilar Pardo para que transporten mensajes desde Canfranc a Zaragoza, desde donde son trasladados a Madrid y Lisboa por la mediación de un cura castrense, cosa que hacen escondiéndolos en sus fajas. Cabe destacar que otras hermanas de Pilar estaban casadas o eran novias de carabineros y guardias civiles, por lo que resultaban muy poco sospechosas.

Así pues, la estación se convierte en un espacio de intercambio de mensajes, espías y algún que otro aviador aliado caído en Francia.

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Poco después empiezan a aparecer unos personajes siniestros por la estación. Son miembros de las temibles Waffen SS. Lógicamente, ello implicaba una dificultad añadida, así que la táctica para evitar sospechas pasa a ser darles conversación e incluso acudir a alguna de sus fiestas.

Algo después se sabe a qué se debe su presencia. Empiezan a llegar trenes y camiones cargados de oro y custodiados por guardias suizos. Es mayoritariamente oro que ha sido incautado a los judíos en sus casas y en los campos de concentración y que se utiliza para canjearlo por Wolframio que envía España, ya que es un material esencial para el blindaje de las armas.

La resistencia decide volar por los aires uno de los trenes, pero, cuando está todo listo, los servicios de espionaje británico se lo impiden. Ese ataque evidenciaría la existencia de una red de espías en Canfranc y, en ese momento, la información que circula por Canfranc es esencial, especialmente si tenemos en cuenta que se acerca el día D.

La resistencia acepta las ordenes, pero decide que a partir de ese momento van a ampliar sus actividades, ayudando a todos los judíos que puedan a huir a través de los pasos existentes en los Pirineos y a través de la propia estación. De hecho, una placa conmemora dichas actividades.

Judios Canfranc

Para acabar de complicar las cosas, el gobierno de España, que debía sospechar alguna cosa, pone a la Guardia Civil a vigilar el tren que sale de Canfranc. La solución de nuevo es sentarse junto a los guardias y darles conversación. Recuerden que las Pardo eran cuñadas de guardias civiles, y así continúan pasando la información.

Llegamos así al final de la guerra y de la red de espías. El problema es que si son descubiertos pueden llegar a ser fusilados, dado que han espiado en territorio nacional para otro país. Piden ayuda al gobierno británico, pero, claro, ahora el enemigo es un tal Stalin y no conviene ponerse a mal con un posible aliado como Franco. Así que punto en boca y no contarle nada a nadie. De hecho, se dice que incluso difunden rumores, como posibles fantasmas en la estación, trenes de oro escondidos, etc.

Cualquier noticia sobre los espías sería vista como un rumor más.

La historia permanece totalmente oculta, hasta que el año 2002 Ramón J. Campo presenta su libro “El oro de Canfranc”.

Cuando finaliza la presentación, Lola Pardo se acerca y le dice, “donde usted termina su historia yo puedo continuarla”. Lola le cuenta al escritor y al público todo lo que sabe. Inmediatamente la gente le pregunta por qué ha guardado silencio hasta ese momento, y la respuesta es sencilla: Lola se casó con el guardia civil que vigilaba el tren y, claro, no quería darle el disgusto de que supiera que estaba casado con una espía y traidora a la patria [Está fue la versión del guía en la estación. En otros documentos he visto que se casó con un guardia civil, pero no queda claro si era el mismo que vigilaba el tren. De todos modos, si non e vero è ben trovato]. Al quedarse viuda se sintió liberada para contar esta fantástica historia.

Lola Pardo

Lola Pardo falleció el año 2015. No me cabe duda que en otro país habría una superproducción cinematográfica o una serie de Netflix, pero aquí nos quedamos con algún que otro documental emitido a altas horas de la madrugada. Sí que hay una película/documental sobre la figura de Le Lay que fue emitida en la 2.

Y finalizo el post como lo empecé, animándolos a hacer una visita a la estación pues, sin lugar a dudas, es un lugar mágico.

 

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