Los enemigos del comercio

Antonio Escohotado

Tuve la presencia de ánimo para leer los tres generosos volúmenes de Antonio Escohotado que recogen su historia moral de la propiedad (Los enemigos del comercio).

Pienso que debería considerar seriamente producir una versión abreviada de 222 páginas para mejorar el impacto de su enciclopédica e iluminadora obra. Su mensaje puede, a mi juicio, describirse y justificarse en un espacio más reducido sin diluirlo ni un ápice. Ya se sabe cuál es el resultado de untar una dosis de sabrosa mantequilla en un pan demasiado grande.

Es una obra reveladora, pero hay que escarbar demasiado para encontrar el tesoro: el espíritu individual es garantía de democracia. El colectivismo se disfraza de seductores mensajes dirigidos a la población, pero debajo de la piel de oveja siempre hay un hambriento (y narcisista) lobo. Librarse de los individuos es tarea imposible porque está en nuestra naturaleza. Quien proclame lo contrario estará engañándonos, a sabiendas.

Al comienzo del volumen III se hace un resumen de hechos, descritos pormenorizadamente por el autor, que serán desconcertantes según lo aprendido en la escuela:

  • El cristianismo no se opuso a la esclavitud. Tampoco a su conversión en servidumbre.
  • En la alta edad media se puso en práctica –en Europa—el ideal anti-mercantil.
  • Las revoluciones igualitarias se propagaron en épocas de prosperidad, no de miseria.
  • Hubo numerosos experimentos comunistas en los Estados Unidos de América.
  • El socialismo se ha caracterizado por ser democrático y cambiante, mientras que el comunismo ha sido elitista e inmovilista.
  • El retrato de la industrialización hecho por la literatura romántica es abiertamente cuestionable.
  • El movimiento obrero jamás apoyó la Restitución.
  • La jornada inglesa de 8 horas fue una iniciativa espontánea de empresarios alemanes y estadounidenses.
  • La plusvalía es un malentendido sobre costes de producción.
  • Alemania nunca quiso la gran guerra (I Guerra Mundial).
  • El comunismo nunca superó el tercio del voto en unos comicios. Tuvo que imponerse usando la fuerza bruta y, a menudo, el genocidio.
  • Los planes de exterminio y esterilización a gran escala no nacieron con Hitler o Stalin, sino con el Nuevo Imperialismo de la Sociedad Fabiana.

Subraya Escohotado el relevante papel de los esenios en el origen de los movimientos opuestos al comercio. Las transacciones económicas serían, literalmente, un saqueo. Suscriben el ‘pobrismo’, rechazan la propiedad privada y, también, el oficio del comercio.

VOL 1

Los ebionitas (judeocristianos) también tienen su protagonismo: “las comunas cristianas siguen la regla de desposesión individual (…) el comunismo niega al individuo el derecho de hacer con sus bienes lo que le plazca; todo pertenece a todos”.

Pero, ¿pertenece más a unos que a otros? nos preguntaría G. Orwell desde la tumba.

El sermón de la montaña de Jesucristo encaja a la perfección en esas primeras épocas de los movimientos pobristas y comunistas.

Es un hecho que el flujo de capital, y, por tanto, la disponibilidad de empleos, proviene de permitir la innovación, no de imponer el control que pretenden quienes se oponen al comercio. Los gobiernos débiles aumentan la prosperidad de los países que gestionan. Las pruebas demuestran, según Escohotado, que los gobiernos deberían organizarse de modo que ningún ciudadano tuviese que temer a otros. Y el modo de alcanzar ese objetivo es una separación real de poderes.

Jefferson, por ejemplo, insta a preferir los azares de la libertad a las seguridades de la servidumbre. Descentralizar y desregular fomenta la industria, el comercio y la competitividad. Justo los movimientos opuestos a los promovidos por los enemigos del comercio.

En la última parte del volumen I, el repaso del autor sobre la aclamada revolución francesa es sencillamente apabullante, un periodo en el que “reina el terror”. Marat (“un dios que, como Jesús, detestaba a los ricos”), por ejemplo, recomendaba salvar a la patria mediante la masacre y la dictadura. Vergniaud presenta a la revolución como un Saturno que devorará a sus hijos si el imperio de la ley continua ignorándose. Los cultivadores de cualquier punto medio se consideraban traidores a la causa revolucionaria.

El absolutismo soviético y el romanticismo revolucionario rechazaron la libertad (“suspender los derechos personales a la libertad y la propiedad se compensa con derechos sociales como la supervivencia, la fraternidad y el culto a la Patria (…) el poder absoluto no es indeseable cuando lo guía el bien público”).

La revolución francesa sigue un código de valores cristiano-igualitarios, anti-mercantil y anti-liberal.

Mientras que el volumen I se centra en el periodo que va de la Biblia a la revolución francesa, el volumen II se orienta al origen del socialismo.

VOL 2

El siglo XIV se caracteriza por el alzamiento de campesinos y quienes se atrincheran en los burgos para combatir los privilegios del señorío.

El desarrollo industrial convierte a los siervos y clientes en asalariados, la ciencia sustituye al guía espiritual y los Estados miran hacia la democracia estadounidense: “la individualidad –depositaria única del intelecto y fuente por tanto de cualquier idea correcta—es ancestralmente oprimida por gobiernos cuyo interés se cifra en perpetuar la dependencia y la ignorancia” (William Godwin, 1756-1836).

Coincide Godwin con Aristóteles, para quien el intelecto es lo divino del humano.

Desde la producción en serie del motor térmico (1784) hasta la Primera Guerra Mundial (1914) el poder adquisitivo crece en Europa un 2% al año. La renta per capita sube 300 puntos: los pobres fueron haciéndose menos pobres donde los ricos fueron haciéndose más ricos (al revés de lo pronosticado por los profetas opositores al comercio).

El hecho es que “el activo nuclear del género humano es su capacidad –por otra parte exclusivamente individual—para el hallazgo”. Es esa creatividad individual la que promueve el bienestar de los demás, del grupo.

Los mineros del carbón fueron originalmente campesinos escoceses sujetos hasta 1799 a servidumbre en un sentido medieval, y se sumaron con entusiasmo a las primeras grandes explotaciones. El campesino europeo abrazó la novedad de cobrar jornales (“lo previo a las lonjas de contratación fueron mercados de esclavos (…) cuando Marx establece su residencia en Inglaterra, los operarios textiles ingleses experimentan tres décadas seguidas de bonanza, cobran dos o tres libras semanales, muchas fábricas les han construido viviendas lo bastante sólidas para seguir siendo hoy una atracción turística y sus sindicatos apoyan incondicionalmente al Liberal Party”).

Sir Richard Arkwright (1733-1792) añade la vivienda al salario y una semana anual de vacaciones pagadas.

¿Quién no recuerda imágenes y narraciones sobre la supuesta despiadada explotación de niños? Sin embargo, emplear niños fue el origen de las escuelas infantiles gratuitas en Europa.

Las caricaturas sobre la revolución industrial deberían revisitarse con seriedad y rigor.

La figura sobre la que se eleva el progreso del profesionalismo (el fabricante y el inventor) son invisibles para la gente corriente: “un siglo tan próspero como el XVIII se despidió con el pronóstico paranoico de Malthus y el XIX –la centuria más creativa y menos castigada por guerras de la historia occidental—con la esperanza apenas menos delirante de una sociedad donde el resentimiento será superado aboliendo la competencia”.

Escohotado describe el movimiento bolchevique como “el más audaz experimento de ingeniería social disponiendo de una sexta parte de la corteza terrestre como laboratorio”.

Cuando la URSS cambie la ciencia ‘burguesa’ por la ‘proletaria’ suprimirá tres materias: 1) la genética porque cuestiona el poder del condicionamiento social, 2) la economía política porque ignora la planificación central que se pretende alcanzar, y 3) el derecho mercantil porque codifica las reglas del juego prohibido en su sociedad ideal.

La ingeniería social nació con el despotismo ilustrado subrayando la omnipotencia de la educación desde una idea del espíritu como página en blanco o tabla rasa. Pero, desde Darwin, se supo que “las tareas del educador serían radicalmente distintas si las habilidades se heredasen. El pionero en esta línea fue Francis Galton (1822-1911)”.

Lenin ofreció un partido con programa, pero sin vincularlo a las urnas y formado por “veleidades individuales con centralismo y obediencia estricta (…) el bolchevique es un jacobino consciente de clase (…) Lenin y Trotsky sirven a las masas decidiendo por ellas”.

VOL 3

Marx es el profeta que transporta los mandamientos y Lenin será su ejecutor. El enfermizo visionario nunca habló de libertad, sino de dictadura del proletariado (“¿libertad para qué?”). Y he aquí una perla de una discípula aventajada, Dolores Ibárruri: “cuando la vida de un pueblo está en peligro es mejor condenar a cien inocentes antes que absolver a un solo culpable”.

Escohotado narra el tristemente famoso caso del oro de Moscú, que se parece demasiado a lo que sucedió con el capital que venía de las Américas durante el apogeo del imperio español, y que sirvió para enriquecer a Europa a la vez que nosotros caíamos en un marasmo incomprensible. ¿Teníamos el enemigo en casa?

Probablemente.

El caso de Juan Negrín es paradigmático.

Siendo Ministro de Hacienda durante la II República, puso todo el empeño en que se evaporase, en solamente 42 días, la riqueza del país almacenada en el Banco de España durante 4 siglos. Ordenó mover 560 toneladas de oro a la URSS, donde Stalin las dilapidó con georgiana resolución para corregir sus enormes problemas financieros consecuencia de su patético sistema de control central.

Las naturales críticas que le llovieron al ministro español le llevaron a tomar la decisión de huir del país, llevándose consigo, eso si, faltaría más, cuantiosas riquezas del erario público (¿los lingotes que se reservó como comisión de su exitoso traspaso?).

Narra nuestro autor que cuando comienzan los años sesenta del siglo XX casi la mitad de la población mundial es oficialmente comunista. Pero, a no mucho tardar, bastantes humanos admitieron que la única relación humana válida es el respeto por la diferencia, sentando metas como igualdad ante la ley e igualdad de oportunidades.

Para Stalin, el igualitarismo era pequeño-burgués. Ahí queda eso.

En su ‘Coda’, Escohotado sostiene que la enemistad hacia el comercio es constante desde los rollos del Mar Muerto: “entre la conciencia ebionita difundida en el siglo V y la conciencia roja que se entroniza en Moscú a principios del XX, hay un elemento tan inédito como la ingeniería social”.

Las siguientes son sus palabras finales después de un largo viaje. Quizá su testamento encapsulado en un párrafo para zarandearnos y despertarnos:

La cancelación de la distancia geográfica consumada por el progreso de las comunicaciones, y más aún tener a disposición de cualquiera casi todo lo conocido acerca de casi todo –la proeza de Internet y sus buscadores—augura, más que en ninguna otra época, un salto cualitativo de la inteligencia, por más que la democratización del consumo haya empezado con una marea de mediocridad quizá sin precedente”.

Ha empezado así, pero puedo asegurarles que cambiará a mejor.

Está en nuestra naturaleza.

 

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