La adolescencia se acaba a los 25 –por Antonio Andrés-Pueyo

 

fe7c9-antonio2bandres2bpueyo_2012Aprovechando la invitación de Roberto a participar en su blog, vuelvo sobre el tema de la “madurez psicológica” de los adolescentes –que fue objeto de un post anterior en este mismo foro—porque me interesa y necesita renovarse.

Las novedades pueden ser importantes.

Empecemos con una noticia que parece poco creíble.

En la era de Internet, de Facebook, de Instagram, de Snapchat y otras redes sociales, en la que los niños, desde muy pequeños, navegan “electrónicamente” por donde quieren –gracias a su móvil conectado a Internet—resulta que los adolescentes se implican más tardíamente en actividades propias de los adultos (tener relaciones sexuales o consumir alcohol).

Un estudio –excusa para este post—muestra que los adolescentes de antes hacían más cosas de adultos y más precozmente que los de la actualidad.

Increíble si se “oye y ve” lo que dicen los “mass media”, los gurús de la educación o de la justicia juvenil, cuando hablan de los adolescentes. También dicen –los padres, maestros, educadores, intelectuales e incluso los psicólogos y sociólogos especializados en adolescencia y juventud—que los adolescentes de hoy son más precoces en general. El estudio que comentaremos llega a una conclusión totalmente contraria.

En 1991, el 54% de los estudiantes de último curso del bachillerato (16-17 años de media) decían que habían tenido al menos una relación sexual. En 2015, ese porcentaje descendió hasta el 41%. Ese “retraso” se observó en todos los grupos sociales, independientemente del barrio de origen, género o etnia del adolescente.

Parece el mundo al revés. ¿En qué quedamos? Los adolescentes de ahora son “peores” (más precoces y, generalizando, más machistas, más violentos, mas indolentes, más… – ponga el adjetivo negativo que quiera -) o “mejores” que los de antes.

La adolescencia se sitúa entre la infancia y la edad adulta –desde los 11-12 a los 18-21 años—aunque se aprecia una gran variabilidad, tanto entre individuos como entre grupos (especialmente entre varones y mujeres). Representa un progreso personal –más o menos definitivo—hacia la autonomía y la adaptación social. El paso de la adolescencia a la edad adulta se refleja, especialmente, en la toma de decisiones y en el efecto individual y social de esas decisiones. Los expertos, bastante de acuerdo en cuándo situar el inicio cronológico de la adolescencia, discrepan en cuándo finaliza.

¿A qué edad se deja de ser adolescente para ser adulto?

Se sabe que la adolescencia –en tanto que proceso de desarrollo—está pre-configurado, presenta un curso temporal que conlleva cambios biológicos y psicosociales. Tanto sus elementos constituyentes –su dinámica y velocidad de cambio—como otras características propias de la adolescencia, dependen de los contextos sociales, culturales e históricos en los que vive el individuo en proceso de cambio. Quizás los cambios biológicos que sufrimos los humanos como especie no son muy importantes con el paso de los años y los siglos. Pero las demandas sociales sí que cambian con rapidez y eso sí parece influir sobre la configuración de la adolescencia (Steinberg, 2014).

En la Roma clásica, ser varón y tener 16-17 años abría la puerta a la vida de adulto, además de permitir vestir la “Toga Viril”. En las mujeres ese proceso se asociaba al matrimonio, que también se celebraba a esa edad.

En contraste, en los Estados Unidos de América de la 2ª Guerra Mundial, jóvenes militares que pilotaban aviones bombarderos no podían tomar una cerveza porque eran “menores de edad”. La ley sobre consumo de alcohol sigue siendo hoy en día muy restrictiva en ese país.

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Sin duda, los cambios socio-culturales afectan a la delimitación temporal de la adolescencia.

Pero ahora ya se sabe “cuándo” se acaba la adolescencia: a los 25 años.

Esa respuesta no proviene de un descubrimiento basado en estudios neurocientíficos, ni de una reflexión llena de sentido común proclamada por un juez o un filósofo rutilante, sino de un estudio longitudinal, con excelentes evidencias, realizado por Twenge y Park (2017).

Ese estudio analiza cómo ha cambiado, cómo se ha retrasado, la edad en que los adolescentes empiezan a mostrar conductas características de los adultos. Son conductas mayoritariamente interpersonales y sociales, propias de los humanos que han culminado la transición de la infancia a la edad adulta.

Es un estudio empírico de los “potentes” por su magnitud, de los que de vez en cuando aparecen en la literatura científica y ayudan a comprender realidades que necesitan una visión histórica, a través del tiempo. Se analizan numerosos registros de información relevante sobre los cambios cronológicos relacionados con el tipo de comportamiento de chicos y chicas entre los 13 y los 19 años.

Se compararon 7 cohortes de edad –definidas por décadas—desde 1970 hasta 2010, recopiladas en los USA y que suman un total de 8,44 millones de casos.

Impresiona la magnitud del estudio, aunque nos estamos acostumbrando a investigaciones de ese calibre.

El estudio de Falk et al. (2013) –que demostró que el 1% de la población en Suecia era la responsable del 63% de los delitos violentos en ese país—es otro ejemplo. Se analizaron más de 3 millones de historias criminales correspondientes a un período de casi 40 años.

Los estudios de ese tipo, que exploran series históricas de grandes bases de datos, ofrecen buenas evidencias que ayudan a depurar las teorías del comportamiento humano. Muchas veces esas evidencias desafían ideas fijas, y un tanto obsoletas, en temas de relevancia sobre cómo son las cosas de los humanos.

Por ejemplo:

¿Son más precoces los adolescentes de hoy que los de hace 20 años a la hora de salir solos de casa, sin la compañía de sus padres u otros adultos?

La respuesta es no.

Las cohortes del estudio de Twenge y Clark (2017) son análogas a lo que se conoce como “generaciones”, a las que se les suma un adjetivo que las identifica:

  1. Los llamados “baby boomers” corresponden a los nacidos entre los años 1945 y 1965.
  2. La generación X, nacidos entre los años 1965 y 1980.
  3. La generación de los “milennials”, o generación Y, nacidos entre 1980 y 1990.
  4. Por último, la I-generación, nacidos entre 1990 y 2000 –también llamados generación Z.

Cada generación experimenta en su desarrollo diferentes contextos socio-culturales que, sobre todo, influyen en la velocidad de su desarrollo, y, por tanto, en el tiempo que tardan en ser considerados socialmente adultos.

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Se aprovecharon datos de varias encuestas promovidas por organizaciones oficiales y de reconocido prestigio en los USA (para garantizar la calidad de los datos) sobre el comportamiento de los adolescentes. En las distintas oleadas se incluían preguntas y, por tanto, se recogían respuestas, relacionadas con las conductas propias de adultos que se iniciaban a ciertas edades.

En concreto, se analizaron las siguientes 5 conductas:

  1. Tener relaciones sexuales, noviazgo y emparejamiento.
  2. Consumo de alcohol.
  3. Trabajar con salario u honorarios.
  4. Salir y viajar sin padres o equivalentes.
  5. Conducir vehículos a motor.

Todas se consideran buenos indicadores de comportamientos propios de adultos. Se ha de recordar que el final del proceso de la adolescencia, en un sentido social pleno, está relacionado con la vida independiente, autónoma y fuera del entorno de la familia de origen.

Para obtener y presentar los resultados de esas encuestas longitudinales, se agregaron los datos obtenidos en intervalos de 5 años y se calcularon las diferencias entre esos bloques temporales por medio del estadístico d (tamaño del efecto según la desviación típica). También se compararon los diferentes resultados entre sí y según los años. Se resumen en una serie de tablas y figuras.

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Según los resultados, los adolescentes en 2010 realizaron, a la misma edad cronológica, menos actividades de adultos que los adolescentes en 1990. Esa disminución es más visible en los varones que en las mujeres.

Uno de los elementos que definen la velocidad del desarrollo es en qué medida los adolescentes hacen “cosas propias de los adultos” a determinadas edades. Es decir, cuándo se comportan según el rol de adultos.

Por ejemplo, los niños no hacen cosas que parecen propias de adultos: viajar o salir solos, tener relaciones sexuales, beber alcohol, conducir vehículos, trabajar por un salario o emparejarse.

Los adolescentes van, poco a poco, haciendo esas conductas conforme van abandonando la niñez. La precocidad muestra la velocidad del cambio de adolescente a adulto.

Según los autores, el cambio en la velocidad, el retraso en llegar a la edad adulta, se debe a factores del entorno que aceleran o disminuyen la velocidad de los procesos adolescentes tales como: la duración de la escolarización, el número de hijos promedio por familia y los recursos económicos disponibles, entre otros. También comentan que “actualmente los adolescentes están menos implicados que sus predecesores, a las mismas edades cronológicas, en actividades propias de adultos”. Concluyen:

La trayectoria del desarrollo de los adolescentes actualmente es más lenta, quizás la más lenta de la historia”.

Es fácil entender mi hipótesis para explicar lo que está pasando con este “retraso” cronológico del final de la adolescencia, si atendemos a una analogía muy habitual en la Psicología de las Diferencias Individuales.

Es la diferencia entre capacidad y rendimiento, o entre disposición y acción.

Las capacidades –las disposiciones—permiten resolver adecuadamente las demandas exigidas por determinadas situaciones o escenarios. Por ejemplo, la agresividad es una disposición que se pone en juego cuando el individuo debe competir.

La capacidad de tomar buenas decisiones facilita el éxito de las acciones que se suceden, especialmente cuando aquellas decisiones son requeridas por la situación. Pensemos en un estudiante joven que debe elegir los estudios universitarios que seguirá. Si es su padre quién decide por él –a pesar de que el estudiante tenga capacidad de hacerlo de forma autónoma—no la pondrá en funcionamiento. El joven no toma la decisión, y, por tanto, no pone en marcha sus recursos para elegir.

Probablemente, los adolescentes de hoy en día no se comportan con la madurez con la que podrían hacerlo porque las demandas del ambiente (escolares, familiares y comunitarias) no se lo han exigido, ni lo exigen, al menos de una forma relevante, continuada y acumulativa.

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Las condiciones sociales actuales no les exigen a los adolescentes poner a prueba sus recursos cognitivos, afectivos y motivacionales para adaptarse, de forma independiente, a una vida social autónoma, propia de los adultos.

La sociedad no les pide hoy a determinadas edades lo que sí les pedía a edades más tempranas hace unos años.

Pensemos en la inserción masiva de jóvenes en el mundo laboral en los años 40 y 50 del siglo XX o en la actualidad.

¿Cuántos adolescentes de aquellas épocas empezaban a trabajar a los 14 años y cuantos lo hacen ahora?

Mi hipótesis contribuiría a explicar el retraso del final de la adolescencia.

Tendremos que acostumbrarnos a que la adolescencia finalice entre los 23 y 25 años de forma generalizada.

 

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