¿Está sobrevalorada la felicidad? (por Félix García Moriyón)

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Los seres humanos queremos ser felices. Afirmación clara y rotunda que, posiblemente, suscribirán quienes lean este post.

Ahora bien, dicho esto, la verdad es que hemos dicho bien poco, puesto que el problema se presenta cuando tenemos que decidir en qué consiste esa felicidad que las personas buscamos. Y luego, claro está, en arbitrar los medios para alcanzarla.

Podemos remontarnos a Aristóteles, el autor que consolidó una forma de entender la ética en la que el lugar central lo ocupaba la búsqueda de la felicidad. Utilizó un término griego, eudemonía (εὐδαιμονία), para identificar un estado de satisfacción y plenitud que el ser humano alcanza cuando cumple con aquello que le caracteriza.

No tenía mucho que ver con el placer, ni tampoco con otros bienes materiales como la fama, los honores o la riqueza, sino sobre todo con la vida virtuosa, una vida que exige esfuerzo serio y que lleva a plenitud lo mejor que hay en el ser humano, esto es la sabiduría.

No obstante, algunos de sus contemporáneos y la tradición filosófica posterior mostraron su desacuerdo con esta manera de entender la plenitud humana y propusieron teorías alternativas.

No voy a seguir por ese camino, no obstante, porque sería largo y nos llevaría a cierto historicismo que quizá satisfaga nuestra curiosidad, pero no aclara mucho.

Me interesa hablar del modo en que el problema se plantea en estos momentos, una época en la que sigue movilizando a los seres humanos la búsqueda de la felicidad, hasta el punto de que se puede decir que hay una cierta obsesión por lograr estados de felicidad duraderos, incluso permanentes, logro al que se subordina casi todo. Eso puede provocar ciertas distorsiones que terminan teniendo consecuencias distintas a las esperadas.

Aristóteles Kant

Empecemos por la primera: la exigencia de que se cumpla en nuestra sociedad nuestro derecho, normalmente individual, a ser felices.

Es decir, reclamar la felicidad como uno de los derechos humanos innatos e inalienables, reclamación que iría en general dirigida al Estado, denunciando las situaciones en las que no actúa para garantizar que ese derecho es satisfecho. El asunto tiene su interés, puesto que existe abundante evidencia empírica y teórica de que algunas situaciones sociales, por ejemplo la excesiva desigualdad, incrementan la infelicidad de los seres humanos.

De hecho, es importante la línea de trabajo impulsada por Naciones Unidas y otras instituciones, como el instituto Gallup, de encontrar indicadores que permitan evaluar el nivel en el que las sociedades alcanzan una situación que favorece el bienestar de la ciudadanía.

El último informe de 2017 selecciona unos indicadores “objetivos”, que pueden ser cuantificados, como son el nivel de ingresos, los años de educación, la vida familiar, así como la salud mental y física.

Todo esto es bienvenido en un doble sentido: intentan destacar la necesidad de que se planteen criterios objetivos que hagan posible una investigación rigurosa y proponen a los gobiernos de los países orientaciones específicas para desarrollar políticas que hagan más probable que los ciudadanos perciban de manera satisfactoria su propia vida. Tarea difícil, pero prometedora.

Hay dos consecuencias que ya no son tan positivas. Una de ellas es esa obsesiva insistencia en exigir al Estado, y a las burocracias funcionariales que llevan a cabo las políticas gubernamentales, un excesivo protagonismo en el logro de mi propia felicidad, algo que, al final, es tarea estrictamente personal: no es una tarea que pueda delegar en nadie.

La idea del Estado benefactor puede provocar una dejación de la propia responsabilidad que contradice lo que implica la felicidad como resultado de una responsabilidad personal en la gestión de la propia vida. Por otra parte, y como no podía ser menos, la medida de la felicidad termina unida a la percepción que tienen los propios ciudadanos. Es decir, identifica en exceso de la sensación interna de bienestar.

Entramos así en lo que podríamos llamar la industria de la felicidad, que tiene dos facetas antiguas, pero al mismo tiempo actualizadas para adecuarse a las condiciones presentes.

Martin Seligman

La primera es la que ha sido copada por distintas variantes “comerciales” de la psicología positiva. Valiosa es la obra de uno de los grandes iniciadores de esta corriente, Seligman, que ha contribuido a enriquecer el concepto de felicidad y a darle especial vitalidad.

Los 5 componentes que él destaca en su segundo libro, Flourish, es decir, Placer, Compromiso, Relaciones, Sentido y Logro, enriquecen su idea inicial expuesta en Authentic Happiness. Pero a partir de esas y otras aportaciones han surgido innumerables propuestas que ofrecen a la ciudadanía las recetas definitivas para alcanzar el bienestar personal, propuestas por las que obtienen pingües beneficios.

El negocio no se limita, claro está, a las personas que asisten a cursos de formación para lograr ser felices. Al final, como las dietas de adelgazar, exigen un cierto esfuerzo, que apenas es compensado por el predecible fracaso de sus objetivos.

Como señalaba Huxley en su distópica novela, Un mundo feliz, si de lo que se trata es de incrementar la sensación de felicidad, podemos recurrir a los diferentes medicamentos que se olvidan por completo de las circunstancias ambientales o de los propios proyecto personales, y optan por la vía más rápida: garantizar a módico precio las sensación de bienestar. El consumo de ansiolíticos y antidepresivos se dispara en el mundo, y en España de manera significativa.

Además, la presión por disfrutar de bienestar, por lograr una visión positiva de uno mismo y del mundo que nos rodea, provoca el crecimiento de tendencias potencialmente peligrosas:

  • El pensamiento políticamente correcto, por aquello de no llevar la contraria a la tendencia dominante y no generar pensamientos negativos.
  • La insistencia constante en el mundo educativo de dirigirse a los estudiantes siempre con mensajes positivos, procurando eliminar completamente aquello que pueda generar sentimiento de culpa y posibles frustraciones.
  • O el uso y abuso de eufemismos que, con la excusa de no desanimar a nadie, desfigura lo que realmente ocurre: se dice por ejemplo, que un despido es una oportunidad para el crecimiento personal o que la destrucción de un hospital en un bombardeo es una consecuencia colateral de una situación de conflicto agudo.

Roberto Benigni era capaz de ver el lado positivo de un campo de concentración para evitar a su hijo un sufrimiento insoportable, y la película se llevaba tres Oscar, si bien bordeaba peligrosamente un mensaje que podía trivializar la presencia del mal radical.

Monty Python

Sinceramente, sin negar capacidad de conmover de la película La vida es bella, prefiero la mordaz crítica de una memorable escena de los Monthy Python: en la cruz, lo importante es mirar hacia el lado brillante de las cosas. Aunque al final Brian sonríe, el mensaje más bien mantiene el profundo sentido crítico de la película. Si uno recuerda el relato de la muerte de Jesús, tal como lo describen los evangelios, todo indica que no le vio ese lado positivo: la experiencia de la cruz fue más bien la experiencia del abandono absoluto y el total sinsentido, sin perder por ello perder la esperanza.

Al final, parece que interiorizamos una imagen distorsionada de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Si uno no es feliz, corre el riesgo de sentirse culpable y es probable que tienda a negarlo cuando se le pregunta.

Otras dimensiones de la persona, como la motivación de logro o la capacidad de superar la adversidad sin negarla, se debilitan y nuestra vida se empobrece, alejándonos incluso de la felicidad que buscamos sin descanso.

Quizá por eso podemos decir que la felicidad está sobrevalorada y que debemos prestar más atención al mensaje de Kant:

Lo importante en nuestra vida no es tanto ser felices, cuanto llevar una vida que nos haga ser dignos de la felicidad.

Del mismo modo en que, aun siendo un valor absoluto, puede haber situaciones en las que merezca la pena arriesgar e incluso perder la propia vida, la felicidad es tan importante, es tan valiosa en sí misma, que no tiene precio, lo que nos lleva en algunos momentos a preferir no ser felices para no pagar un precio que anularía su valor.

 

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