La crisis de las humanidades –por Félix García-Moriyón

Un tópico recurrente en el mundo académico, y en particular en el mundo educativo, es el de la crisis de las humanidades. Un libro de Martha Nussbaum, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades se ha convertido en cualificada portavoz de una crítica que es ya antigua y recurrente: la educación actual está dando de lado a las humanidades, lo cual puede suponer un profundo deterioro de las aspiraciones democráticas.
Como digo, la polémica es antigua y lo que en otros foros se ha denominado el conflicto de las dos culturas —exitosa denominación aportada por Charles P. Snow en un libro que tuvo un gran impacto en la cultura occidental— es un conflicto que se arrastra, en cierto sentido, desde el Renacimiento, época cultural y científicamente brillante que acuñó el término «humanidades».
La tesis central de Nussbaum, que en gran parte solo recoge tópicos algo manidos, es que el mundo académico, y la sociedad en general, está dominada por un economicismo simplista que desprecia todo aquello que no permite obtener beneficios económicos y mejoras de la productividad. Las Universidades buscan la financiación de las empresas, lo que condiciona los programas de estudios y de investigación, y los estudios de humanidades van de capa caída. Por otro lado, mantiene que la desaparición de las humanidades provocará indefectiblemente un deterioro de la capacidad crítica de los estudiantes.
De lo primero cabe poca duda, al menos como descripción de lo que de hecho ocurre. Sin ir más lejos, la UAM anunciaba hace un par de días que solo había plazas en estudios de «humanidades» para quienes aprobaran la PAU en Septiembre. Es decir, no son estudios muy solicitados. De manera similar, es de sobra conocido que cualquier proyecto de investigación debe tener muy presente la financiación, a ser posible proporcionada por empresas o entidades privadas. Para terminar, parece estar bastante claro que el economicismo empapa todo los ámbitos de la sociedad en los que nos desenvolvemos los seres humanos. Y por si fuera poco, las encuestas de opinión realizadas en España confirman que la institución más valorada por los españoles es la científica, y doy por supuesto que no acaban de incluir entre ellos a especialistas en historia, arte, literatura o lenguas clásicas.
Dicho esto, la posición de Nussbaum no me convence por dos razones fundamentales. No tengo nada claro de qué se está hablando cuando se habla de humanidades, pues en parte puede referirse a un conjunto de disciplinas y en parte a una actitud intelectual y personal en general, independiente de la disciplina que se siga. La primera opción no me convence, pues no aclara nada. Además me molesta personalmente porque suele incluir a la filosofía, mi ámbito profesional, y me niego a que la filosofía sea considerada una de las humanidades.
La segunda opción es más endeble todavía, pues da por supuesto una bicondicional: si y solo si se estudian las humanidades se desarrolla el espíritu crítico necesario para construir sociedades democráticas. Reconozco que la tesis me seduce, puesto que dedico gran parte de mi esfuerzo teórico y práctico a difundir un programa de práctica de la filosofía que ofrece desarrollar, precisamente, el pensamiento crítico y creativo de los estudiantes desde primer año de primaria, y, además, puede avalar esta oferta con rigurosas investigaciones, varias de las cuales las hacemos Roberto Colom y yo mismo con otras personas.
No obstante, no puedo apoyar esa tesis porque no es correcta. No son las disciplinas académicas en sí mismas las que fomentan el espíritu crítico, sino la forma en que se enseñan, y muchas clases de humanidades tienen poco o nada que ver con el espíritu crítico. Por otra parte, la ciencia en general exige un riguroso espíritu crítico que se aplica sistemáticamente a todo el trabajo investigador que hace. La comunidad de investigación científica de la que forman parte todos los científicos, dignos de ese nombre, se rige, precisamente, por la publicidad de sus hallazgos y el sometimiento de los mismos a contrastación y crítica, realizada por los colegas de la profesión.
Me apunto, en gran parte, a lo que expone Pinker en un buen artículo publicado recientemente, Science is not our enemy, artículo que ha suscitado en parte estas reflexiones que ahora expongo. Pinker admite la descripción, pero llama la atención sobre la responsabilidad que las humanidades tienen en la situación. Su responsabilidad procede, fundamentalmente, de que se ha dejado llevar por un post-modernismo autodestructivo que relativiza cualquier aportación realizada en sus disciplinas y las convierte en puros productos situacionales y contextuales incapaces de aportar nada con pretensiones de universalidad. Y procede también del poco aprecio que tienen a los avances científicos y lo poco que los incorporan a sus actividades propias.
Defiende, además, quizá con más pasión de la debida, la aportación fundamental de la práctica científica, cuyo valor, insiste Pinker, no reside precisamente en los hallazgos que han contribuido a conquistas tan importantes como erradicar la viruela, por poner un ejemplo, sino precisamente en su aportación a configurar una humanismo crítico y tolerante que empapa las normas de comportamiento de las actuales sociedades.
Es posible que se exceda un poco en esas positivas evaluaciones de la ciencia. Especialmente estoy en desacuerdo con su tratamiento de las religiones, tema que no puedo abordar ahora. Creo que, aunque no los menciona, no reconoce lo suficiente hasta qué punto la actividad científica está empañada por prácticas que muy poco tiene que ver con ese humanismo que él, y yo con él, alaba. No se trata solo de los usos nocivos de la investigación científica en todos los ámbitos, sino del sometimiento a lo políticamente correcto, la subordinación a políticas de investigación que no se atreven a cuestionar, la extensión del fraude científico, el secretismo de muchas investigaciones o la aceptación de los rankings como medida de su valor. La ciencia necesita, como cualquier otra práctica humana, un proceso constante de reflexión y auto crítica para impedir que se pierda esa impronta crítica.
Creo que lo que hace falta en estos momentos es alejarse de dualismos poco fecundos, plantear más una colaboración interdisciplinar, como sugiere otro interesante pensador español, Sánchez Ron, teniendo en cuenta que la investigación viene marcada sobre todo por los problemas, no por las disciplinas. Ni las ciencias ni las humanidades —recordando lo difusas que son las fronteras en muchas ocasiones y poniendo incluso en duda la clasificación dualista— pueden abordar desde estrechos campos disciplinares lo que debe ser abordado y ni unas ni otras poseen la vacuna perfecta que las inmunice de caer en prácticas poco críticas y poco creativas.
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7 comentarios sobre “La crisis de las humanidades –por Félix García-Moriyón

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  1. Asertivo artículo Félix. Quizá lo que más llama mi atención sea la tesis sobre la perversa relación de las humanidades con las llamadas actitudes post-modernistas. Y, por supuesto, suscribo absolutamente la disolución de la frontera entre disciplinas. Las llamadas humanidades no tienen en absoluto la exclusiva sobre nuestra capacidad crítica. Sin embargo, puede ser preocupante la relativa huida de los chavales de disciplinas como la filosofía (o las matemáticas). La gratuidad del conocimiento parece estar siendo atacada desde esos lugares en los que se diseña cómo deben ser las enseñanzas. ¿Piensas que debería darse más autonomía a los centros educativos o, por el contrario, eres proclive a un control central? ¿crees que, por ejemplo, la Universidad debería tener potestad para enseñar e investigar como le venga en gana u opinas que lo que se haga en esa institución debe estar minuciosamente reglado?

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  2. La tesis más bien es que el postmodernismo ha tenido perversas consecuencias en las humanidades en especial. Dicho en lenguaje coloquial, si todo es opinable, si todo conocimiento situado, lo que hace casi imposible universalizar o generalizar y si no tiene sentido avanzar en la búsqueda de la verdad…, mejor nos tomamos unas cañas y jugamos una partida de mus.
    No creo que la solución sea incrementar reglamentos y controles. Vivimos en una sociedad saturada de reglamentos que pretenden controlarlo todo. Creo que basta con unas reglas del juego breves, pero claras que recojan lo que es de sentido comun en la educación, y que luego, con transparencia y rigor, se hagan rendiciones de cuentas cada cierto tiempo, siguiendo pautas rigurosas de evaluación

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  3. No es fácil responder brevemente a tu pregunta, Juan Carlos, pero te expongo dos razones:

    a) Primero, no veo mucha claridad en el concepto de humanidades, como digo en la entrada. Si se entienden como capacidad crítica, entonces vale la filosofía lo que vale para todas: su capacidad crítica dependerá más del modo en que se ejerza o practique.

    b) Segundo, al menos tal y como yo la entiendo, la calidad de la reflexión filosófica, en especial de la meta-física, depende mucho del nivel de conocimientos que uno tenga de las ciencias. Desgraciadamente el mío, como el de la mayoría de los filósofos actuales, es muy limitado, pero no se me ocurre convertir en virtud una carencia. Y dada esa profunda relación con el conocimiento científico (tanto de las ciencias duras como de las no tan duras, suponiendo que esa división tenga sentido), no encaja mi disciplina académica en lo que habitualmente se entiende por humanidades.

    Mi compromiso como filósofo es poder entender y saber lo más posible de la ciencia y relacionarme con científicos. Estoy en ello. No admito por tanto la división, y mucho menos en filosofía

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  4. Obviamente, no, Gabriel. La metafísica, muy simplificadamente, es el ámbito de la filosofía en el que se abordan los conceptos más generales intentando clarificar su sentido y significado: ser, bien, verdad, belleza, espacio, tiempo, causalidad… Y se ha cultivado desde los presocráticos hasta la actualidad en Occidente. La metafísica aristotélico-tomista es sólo una de las escuelas, siendo Tomás de Aquino una de los grandes filósofos de occidente. Hay otros metafísicos, como Descartes o Lebniz, Hegel o Schopenhauer, Heidegger o Whitehead, por mencionar solo algunos. Y también hay filósofos que están en contra de la metafísica, con críticas diversas: Hume, Nietzsche, Carnap…

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