Simios y humanos

Antes era la crisis de los 40, pero ahora, con el aumento de la esperanza de vida, es de los 50. No era un mito o una leyenda urbana, sino, por lo que parece, el resultado de alguna clase de impulso biológico. A los simios también les sucede.
El ‘buen rollito’ vital presenta forma de U. Existe un bajón hacia el ecuador de la vida y no precisamente porque nos inunden los problemas vitales. Las explicaciones sociológicas se han puesto en cuestión en un estudio publicado en PNAS.
A. Weiss et al. (2012). Evidence for a midlife crisis in great apes consistent with the U-shape in human well-being. http://www.pnas.org/cgi/doi/10.1073/pnas.1212592109
Los investigadores estudiaron más de 500 monos de distintos países (Japón, Estados Unidos, Australia, Canadá y Singapur). Los resultados llevan a la conclusión de que “esa forma de U se produce en humanos, chimpancés y orangutanes porque comparten similares cambios con la edad en las estructuras cerebrales vinculadas al bienestar“.
El bienestar de los monos se valoró por sus cuidadores habituales usando una escala de cuatro ítems:
1.- ¿En qué medida tiene el sujeto un estado de ánimo positivo o negativo?
2.- ¿En qué medida disfruta el sujeto de las relaciones sociales?
3.- ¿En qué medida logra el sujeto sus objetivos?
4.- ¿Cuál sería tu nivel de felicidad si tu fueses el sujeto evaluado?
Esta interpretación biológica de los cambios en el nivel de bienestar durante el ciclo vital, es coherente con el hecho de que se ha observado en más de 50 países en humanos. La forma de U no cambia cuando se introduce el control estadístico de variables de naturaleza económica o socio-demográfica.
Y, por cierto, esas ‘crisis’ de la mediana edad se produce en ellos y en ellas, lo que descarta explicaciones que recurren a los cambios hormonales resultado de la menopausia o a los roles sociales diferenciados por sexo. Los impulsos son así de canallas.
Y siguiendo con los simios, resulta que los científicos están probando con ellos algo llamado BrainGate2, un chip que se implanta en su cerebro para poder controlar lo que sucede en una pantalla sin mover un dedo. Es un ejemplo de neuro-prótesis. Pensar en hacer algo activa una serie de regiones cerebrales, y, por tanto, se emiten señales eléctricas. Esas señales se pueden captar, y, en principio, se podrían interpretar para convertirlas en acciones usando un dispositivo intermedio. Ya sucede con los monos y estímulos simples, pero ¿se podría aplicar a los humanos y situaciones complejas?
Pues depende.
Se supone que compartimos mucho, muchísimo, con los monos. Pero comienzan a identificarse regiones de nuestro genoma dedicadas a regular neuronas exclusivamente humanas. La comparación de los genomas de los humanos y de los simios produce, por ahora, cuarenta millones de diferencias. No parece un número despreciable.
Y hablando de comparativas, las secuencias del genoma de bonobos, chimpancés y humanos muestra que nosotros (supongo que es usted un humano) diferimos en un 1,3% tanto de los primeros como de los segundos. Chimpancés y bonobos difieren en un sus genomas en un 0.4%, pero las repercusiones psicológicas son extraordinarias. Los primeros son agresivos y combaten a garrotazos por el territorio, mientras que los segundos son pacíficos y usan el sexo para dirimir sus conflictos. Los humanos se encuentran a la misma distancia de ambos simios, en términos genéticos. Quizá por eso nos molan las películas de violencia y sexo.
Uno de los últimos gritos en la investigación con simios conlleva explorar el encendido y apagado de sus genes al interactuar socialmente. Otro estudio publicado en PNAS presenta algunos resultados:
J. Tung et al. (2012). Social environment is associated with gene regulatory variation in the rhesus macaque immune system. http://www.pnas.org/cgi/doi/10.1073/pnas.1202734109
En concreto, se ha investigado el efecto del estatus social sobre la salud de los simios. Los monos de menor rango social poseen niveles más bajos de un cierto tipo de células T, y presentan síntomas de exposición a estrés crónico. Los científicos han observado que la mayor o menor dominancia social influye en las regulación genética de modo flexible. Un caso de libro de la famosa epigenéticay los mecanismos de metilación. Existe una respuesta molecular a las condiciones sociales particularmente asociadas al sistema inmunológico.
Los autores concluyen que “aunque estas relaciones subrayan los costes potenciales de un ambiente social hostil, la plasticidad de estos efectos invita al optimismo, en el sentido de que reducir el estrés social puede producir beneficios fisiológicos con rapidez“.
Si el estrés social es tan relevante, los psicólogos tenemos el trabajo asegurado. Debemos acoger con entusiasmo esta clase de investigaciones que nos señalan con el dedo. Ahora solo nos resta averiguar cómo se puede manejar ese estrés…
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