COSMOS (10)

El filo de la eternidad‘ narra la hipótesis del origen del universo basada en el big bang, la gran explosión. Basándose en el efecto Doppler –fácilmente comprensible por cualquiera por el cambio de un sonido cuando se acerca y se aleja de nosotros– Milton Humason demostró, observando los cielos de la ciudad de Los Ángeles, que las galaxias se alejan unas de otras.
Humason apenas tenía educación y su trabajo consistía en trasladar objetos sirviéndose de una mula. O sea, se dedicaba a las mudanzas y ayudó a construir un famoso observatorio en California. En ese tiempo se interesó por la observación de los cielos. Era inteligente y logró hacerse con un puesto de observación. Noche tras noche escrutaba el universo y dedicaba horas a obtener imágenes fotográficas de remotas galaxias. Fue así como descubrió su expansión.
El espectro de color captado por los telescopios revela la expansión del universo (por una tendencia al color rojo). El resto es especulación. Ese cosmos pueden estar cerrado (¿esférico?) o abierto. La materia puede ser finita. La expansión podría detenerse y comenzar una contracción (revelada por una tendencia al color azul).
El origen del universo ha sido y sigue siendo un enigma. El homo sapiens no ha dejado de preguntarse por ese comienzo (y, por tanto, si habrá un final). El big bang es solo una respuesta posible más, pero no resulta menos mágica que las demás. Así lo reconoce Sagan, aunque es partidario de la navaja de Ockam: ¿por qué preguntarnos quién creó a Dios en lugar de qué hizo posible la concentración de energía que supone la existencia del big bang?
En este interesante capítulo el científico que presenta la serie documental usa el mundo de Fratland, el famoso mundo en dos dimensiones creado por Edwin Abbott, para ayudarnos a admitir que lo que ahora no comprendemos, o aquello que no podemos observar, puede, quizá, deducirse. El mundo del arriba y del abajo carece por completo de sentido para los habitantes de un mundo basado en dirigirse a la izquierda o a la derecha, hacia delante y hacia atrás. Pero eso no demuestra que no existe la tercera dimensión.
Para nosotros, habitantes de un mundo visiblemente 3D, la existencia de una cuarta dimensión se nos resiste. Pero ¿y si hay, de hecho, más dimensiones? ¿Y si no comprendemos la mecánica, la lógica, del universo porque nos faltan datos cruciales o no somos capaces, por ahora, de hacer las deducciones adecuadas?
Apelar a seres sobrenaturales es una respuesta razonable, pero es tan poco satisfactoria como la basada en el big bang. Seguimos sin conocer. Solo suponemos, especulamos, sin dejar de preguntarnos. Sagan viaja a la India para concluir que las “historias de creación son merecedoras de nuestro profundo respeto (…) no hay marcos de referencia privilegiados“.
Puede no existir la creación, sino un ciclo continuo de creación y destrucción, como sugiere la doctrina hindú de Shiva. Ignoramos qué sucedió ‘antes’, igual que seguimos sin saber qué pasará ‘después’. Quizá sea un conclusión tan inquietante como insatisfactoria. Pero es lo que por ahora podemos decir con certeza: “el universo no parece ni benigno ni hostil, simplemente indiferente a las preocupaciones de seres tan insignificantes como nosotros“.
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