Nadie sabe qué hacer (o no hacer) con los psicópatas –por Óscar Herrero Mejías

Es un hecho ampliamente aceptado entre los profesionales que trabajan con delincuentes que el tratamiento de los psicópatas es un objetivo que roza lo imposible, y que, además, ciertas intervenciones, lejos de inducir mejoras en este grupo humano, pueden tener precisamente el efecto contrario, y hacerles aún más peligrosos.
Esta idea parte del estudio clásico de Rice et al. (1992)que, tras una intervención desarrollada en comunidad terapéutica, informa de un efecto inverso. Es decir, que los psicópatas tratados reincidían con mayor probabilidad que los no tratados.
Este estudio ha tenido un profundo impacto en el trabajo con psicópatas.
Se comparaba a 146 agresores diagnosticados de trastorno de personalidad con 146 agresores no tratados, pero igualmente diagnosticados. El programa se desarrollaba en una comunidad terapéutica diseñada para delincuentes violentos con trastorno grave de personalidad. Los autores aplicaron el PCL-R (un test diagnóstico) a todos los participantes.
Posteriormente se realizó un seguimiento en libertad de diez años.
El sorprendente resultado fue que los psicópatas no tratados tenían tasas de reincidencia menores que los tratados (55% frente a 78%) algo claramente inesperado y preocupante.
La conclusión que extraen los autores es que los psicópatas tratados habían aprendido, probablemente, un lenguaje emocional durante sus sesiones de tratamiento que les convertía en individuos más manipuladores y por lo tanto más peligrosos.
¿Pero qué encontramos en el artículo original cuando los autores describen el tipo de tratamiento desarrollado en la comunidad terapéutica? Se afirman cosas como que “los pacientes tenían muy poco contacto con los profesionales” y que “ninguno de los programas estaba dirigido específicamente a cambiar actitudes antisociales, enseñar habilidades sociales o de resolución de problemas, o entrenar en habilidades de la vida diaria” (pg 402).
En una publicación posterior (Harris, Rice & Comier, 1994) los autores describen la intervención con mayor detalle. Allí señalan que “la intensa exploración de las experiencias subjetivas y los valores personales se extendía al uso de sesiones maratonianas de encuentro desnudo, dentro de la cápsula de encuentro total, una pequeña habitación en la que se proveía la comida a través de tubos en la pared y de la que ningún miembro del grupo salía durante sesiones que duraban hasta dos semanas” (pg 286). También señalan que “el programa asumía que los pacientes debían ser los agentes de cambio unos para los otros”, o que “el cambio terapéutico era mucho más probable sin terapeutas profesionales”.
Más de veinte años después, los mismos autores siguen afirmando que “algunos tratamientos que son efectivos con otros delincuentes, son dañinos para los psicópatas ya que promueven la reincidencia” (Harris & Rice, 2006).
El problema es que la idea de que intervenir con psicópatas les puede hacer más peligrosos, y que, por lo tanto, no hay intervención posible, ha quedado como un dogma para los profesionales que toman decisiones que afectan al manejo legal y al tratamiento penitenciario de estos internos.
Algunas consecuencias de este pesimismo con respecto al tratamiento son:
-Una sobreestimación del riesgo de reincidencia de estos internos. Si no es posible realizar ningún tratamiento ni modificar su comportamiento, las probabilidades de reincidencia futura se disparan.
– Una infravaloración de cualquier éxito terapéuticoobservado, ya que probablemente ha de tratarse de un intento de manipular al terapeuta a través de ese lenguaje emocional aprendido en las sesiones.
-Exclusión de programas de tratamiento, ya que lo único que lograremos es aumentar la reincidencia.
La idea de la inmodificabilidad de los rasgos psicopáticos tiene consecuencias dramáticas en el mundo de la práctica forense real. El profesor John Edens señala como, en Estados Unidos, los jurados tienden a apoyar la pena de muerte (y a rechazar la cadena perpetua con opción a probation) cuando un individuo es etiquetado como psicopático. Las puntuaciones en el PCL-R se utilizan por los peritos para motivar la aplicación de la pena de muerte, dado que los psicópatas son considerados como una amenaza continua a la sociedad incluso dentro de prisión.
Recientemente, Olver & Wong (2009) evaluaron, mediante el PCL-R, a 156 agresores sexuales encarcelados que seguían tratamiento psicológico específico para esta clase de agresores. Aunque los internos con tendencias psicopáticas abandonaban con mayor probabilidad el tratamiento, un 75% de ellos completó el programa. Los que abandonaban reincidían violentamente con mayor probabilidad (91,7%) que los que lo completaban (60,6%). En el caso concreto de la violencia sexual, el 42,2% de los psicópatas tratados reincidía, mientras que lo hacía el 50% de los que no completaron el programa. Los resultados indican un efecto moderadamente positivo sobre el comportamiento violento de esta población.
Nadie que haya tenido contacto con este grupo humano puede pensar que es fácil realizar un tratamiento efectivo con psicópatas. Como psicólogo penitenciario, en los últimos diez años he tenido ocasión de conocer a muchas personas con este perfil. He visto convertir un apuñalamiento por la espalda en “el choque entre dos toros, Bruce Lee contra Chuck Norris”, la ejecución innecesaria de la víctima de un atraco en “un accidente laboral”, el homicidio de un adolescente en “cosas de críos”, o el asesinato mediante un martillo Carrefour de un traficante de medio pelo en un complejo guión propio de Tarantino.
Las implicaciones sociales de este tipo de personalidades y del problema de su manejo son innegables. Aunque no me gusta realizar juicios diagnósticos desde la distancia, el noruego Breiviktiene un aspecto más psicopático que psicótico, en contra de lo que han dictaminado los peritos de la Administración de aquel país. Este juicio tampoco me sorprende. Es relativamente sencillo confundir las ideas de grandeza psicopáticas con ideas delirantes. Quizás no sean más que parte del mismo continuo.
Decidir qué hacer con estas personas es un problema de seguridad pública de primer orden. Pero, siendo rigurosos, el nivel de desarrollo técnico actual solamente nos permite afirmar que se ha realizado un número claramente insuficiente de estudios sobre este tema, y que, además, estos estudios adolecen mayoritariamente de serios problemas metodológicos.

 

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5 comentarios sobre “Nadie sabe qué hacer (o no hacer) con los psicópatas –por Óscar Herrero Mejías

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  1. Un mensaje muy perturbador…..Entonces, a pesar de lo relevante de la cuestión podríamos decir aquello de “Solo sé que no sé nada”….

    Pero señor herrero, en función de su experiencia profesional, ¿que haría usted con los reclusos con diagnóstico de psicopatía? ¿qué recomendación haría al señor Gallardón, ministro de Justicia, para que reformara el código penal?

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  2. Me hace usted dos preguntas muy agudas.
    El señor Gallardón, por lo que veo, tiene el objetivo de introducir algún tipo de medida de supervisión post-condena siguiendo el ejemplo de otros países como Inglaterra o EEUU. El anterior gobierno ya introdujo la medida de libertad vigilada, que básicamente tiene como objetivo someter a seguimiento profesional e incluso tratamiento obligatorio al interno una vez ha terminado su condena.
    Introducir una medida de este tipo para casos muy graves me parece apropiado, pero es un objetivo complicado que me temo que se aborda de forma muy superficial, tanto por parte de este gobierno como del anterior. Los sistemas de Probation (la versión anglosajona de este tipo de medidas comunitarias) en Inglaterra y USA son complejos y están extraordinariamente dotados de profesionales y recursos. Por ejemplo, loa oficiales de probation ingleses pasan dos años de formación antes de empezar a trabajar y forman parte de una administración independiente de la penitenciaria. ¿Quién va a ejecutar estas medidas de seguimiento que proponen nuestros sucesivos gobiernos? ¿Los equipos psicosociales de los juzgados,saturados de trabajo por la violencia de género? ¿Las juntas de tratamiento de las prisiones que ya manejan a miles de internos? ¿la policía y Guardia civil también saturadas entre otras cosas por la protección de víctimas de violencia de género? Indudablemente estas medidas precisan dinero y recursos. Nadie parece pensar en eso. De otra forma serán simplemente parches de tinte electoralista. Y precisan además de un enorme rigor técnico en su aplicación. Una de las propuestas del Sr. Gallardón es poder alargar hasta diez años la estancia en prisión de un agresor sexual en base a su probable reincidencia futura. Esto es extremadamente delicado. ¿Quién lo decidirá y en base a qué instrumentos?
    Resumiendo, al Sr. Gallardón le diría que inicie un estudio serio de la viabilidad de aplicación de estas medidas, de su dotación presupuestaria, y de qué nos dice la ciencia acerca de las personas a las que habrá de aplicarse. Quizás este proceso exceda incluso una legislatura, pero no puede lanzarse una propuesta de este tipo a los seis meses de entrar a gobernar.
    Con respecto a los internos psicopáticos, está claro que su manejo es extremadamente delicado. Los pasos a dar en este problema empiezan en España desde muy abajo. Disponemos de una versión adaptada del PCL-R (el instrumento que se utiliza mayoritariamente para diagnosticar psicopatía) desde hace un año. Este instrumento ni se ha proporcionado a los profesionales de las prisiones ni se les ha entrenado en su uso. Así que de momento habría que empezar por formar seriamente a la gente en este campo. Segundo, los programas específicos de tratamiento (agresores sexuales, violencia de género, drogas) deberían incluir una medida de psicopatía entre sus medidas de evaluación previa, y este grupo seguido de forma especial para determinar su tasa empírica de reincidencia. Mientras tanto, yo a mis alumnos ocasionales (nuevos psicólogos penitenciarios) siempre les recomiendo prudencia. El daño que puede hacer una persona de estas características durante una excarcelación temporal (un permiso por ejemplo) es demasiado grande como para asumir riesgos innecesarios. Ninguna persona que ande por la calle tiene que pagar nuestros experimentos.

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  3. Comparto tus reflexiones, Óscar, aunque me sorprende que haya tan poco comprobado en estos momentos.
    En mi libro Sobre la bondad humana, mantengo que los psicópatas graves son moralmente irresponsables, pues carecen de una capacidad emocional necesaria para actuar moralmente. Tengo entendido que en el sistema penal español, si se diagnóstica psicopatía severa a una persona, se la considera legalmente in-imputable, por lo que no se la puede condenar y se la recluye en un centro especializado. Este articulo explica el problema: http://www.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/revlad/cont/7/cnt/cnt4.pdf

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  4. Hasta donde yo sé, la tendencia es a que los psicópatas sean considerados responsables penalmente de sus actos. Esto te lo digo a partir de los comentarios con amigos que se dedican a la evaluación forense en juzgados de lo Penal. Piensa que actualmente tú no puedes presentar en un juicio un diagnóstico de psicopatía, porque esta entidad no está presente en ningún manual diagnóstico oficial. Los profesionales tienden a utilizar el diagnóstico de Trastorno Antisocial de la Personalidad, que está recogido en el DSM-IV-TR. Un diagnóstico de trastorno de la personalidad difícilmente conduce a ser considerado como una eximente completa. Con todo, el resultado final dependerá del juez y de los peritos que hayan evaluado al acusado. Así que puedes encontrar personalidades psicopáticas en las prisiones y en los psiquiátricos penitenciarios (aunque no son los inquilinos más habituales de estos centros). El giro en este tema lo introducirán los datos neurocientíficos sobre el cerebro de los psicópatas cuando irrumpan en los juzgados. Ahí nuestro amigo Roberto seguro que puede opinar mucho

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