La música en el origen de la ciencia –por José Ferreirós Domínguez

Desde hace siglo y medio, parece que vivimos instalados en la seguridad de que la ciencia es lo mejor y lo primero, en realidad lo único –parece– que merece nuestra completa confianza. Así razonan los periodistas, los políticos, la gente de la calle y muchos intelectuales. Esa idea está acompañada de otras convicciones que, en mi modesta opinión, representan más un prejuicio que el fruto de una reflexión profunda. Así que, cuando Roberto me pidió un escrito para su interesante blog, pensé que quizá era buena idea tratar de “sacudir” esas convicciones.
Podríamos hablar de otras cosas, pero qué mejor que la música, algo que nos hace humanos –no sé si somos muy racionales, pero somos el animal musical–, algo que hace la vida más vivible. La opinión común nos dice que la música es una forma de arte, y por tanto algo agradable y subjetivo, en oposición a la ciencia, que es objetiva y desapasionada.
La música acompaña a los humanos desde que empezaron a serlo, mientras que la ciencia es un invento reciente. Todo el mundo sabe que la ciencia moderna empezó allá por el año 1600, o quizá algo antes, con Copérnico, Kepler y Galileo, en lo que dio en denominarse la Revolución Científica. Bien, pues hace ya tiempo que algunos expertos llamaron la atención sobre las conexiones entre las nuevas ideas de esos “sabios” que establecieron nuestra tradición científica y sus pensamientos acerca de la música. Un ejemplo es la obra de H. Floris Cohen, Quantifying Music: The Science of Music at the First Stage of the Scientific Revolution, 1580-1650. Dohrdrecht, Kluwer Academic Publishers, 1984.
 
El padre de Galileo, Vincenzo, fue un importante músico y teórico de la armonía en la Italia del XV. Su hijo aprendió a tocar el laúd, y en sus primeras observaciones de los péndulos –mirando una lámpara oscilar en la catedral– llevaba el compás para disponer de un registro objetivo de los tiempos. Pero el caso más llamativo es el de Kepler: de sus célebres tres leyes del movimiento de los planetas, la 1ª y la 2ª vieron la luz en un libro de 1609 (Física celeste, dedicado a analizar el movimiento de Marte) y la 3ª en el fascinante Harmonices mundi (La armonía del mundo)de 1619. Este libro trata de comprender los parámetros del movimiento de los planetas desde la teoría musical, mostrando que realmente hay una música celestial (no audible, sino racional) que manifiesta en el mundo creado los patrones de la perfección armónica. Es un libro que combina filosofía y metafísica, física y astronomía, música y armonía, para intentar comprender a un nivel profundo el esquema de los fenómenos.
Es evidente por lo recién dicho, y es bien conocido, que Kepler era un seguidor de la tradición pitagórico-platónica. Y basta pensar en ello para acordarnos de que la primera propuesta de un análisis matemático de los fenómenos naturales, la de los pitagóricos, nació precisamente del descubrimiento de las razones matemáticas que subyacen a la armonía musical. Fue el famoso descubrimiento de Pitágoras, que los intervalos musicales de octava, cuarta y quinta se corresponden con las proporciones simples 1:2, 3:4 y 2:3. De ahí surgió su famosa metafísica, según la cual todos los fenómenos –tanto físicos como mentales– se corresponden con proporciones numéricas simples. Y luego vino el descubrimiento de la inconmensurabilidad o irracionalidad… pero ese es otro cuento.
Se podrían mencionar más ejemplos importantes, como –volviendo al XVII– los trabajos de Mersenne, o los paralelismos entre óptica y música establecidos por Newton. Todo esto basta para apuntalar la idea de que la música está en el origen de las ciencias físicas. Y surge la pregunta: ¿dónde habrá que dejar entonces la oposición entre ciencia y arte, objetivo y subjetivo?
El físico teórico combina la tradición de la astronomía con la de la teoría musical, como muestra la importancia de las simetrías de todo tipo en la física, y las extiende a muchos otros campos de la experiencia. Mirándolo desde otro punto de vista, quizá tiene sentido pensar que los físicos teóricos de hoy, con su ideas sobre “teorías del todo”, supercuerdas y gravedad cuántica, están tan perdidos en el intento de comprender las razones profundas de los fenómenos como lo estaba Kepler, en 1619, buscando una “sinfonía de los planetas”.
Hay otro tema más que, en realidad, me parece el más importante en la relación entre la música y la objetividad científica: su papel en el origen de la noción de un tiempo común, medible e intersubjetivo. Pero este asunto me lo guardaré para otro día, si es que a nuestro amigo Roberto le apetece de nuevo invitarme a este portal.
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4 comentarios sobre “La música en el origen de la ciencia –por José Ferreirós Domínguez

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  1. pero, si la musica esta en el origen de la ciencia, ¿donde esta el origen de la musica? quiza sea ahi donde esta el origen de la ciencia.

    por cierto, los humanos son solo un animal musical, no el animal musical, nada sorprendente por supuesto 😉

    Un saludo

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  2. No, querido amigo: somos *el* animal musical. Entiendo por música una expresión de la creatividad humana, y los pájaros no son creativos: se limitan a imitar sonidos, y además viene pre-programados para esto.

    Bueno, para ser objetivo, diré que hay una especie de pájaro que al parecer sí tiene cultural musical: el Cracticus nigrogularis, estudiado por Taylor, Hollis (“Decoding the song of the pied butcherbird: An initial survey.” Transcultural Music Review 12 (2008): 1-30.)

    Respecto al otro punto: Precisamente esta entrada pretendía ir un poquito en contra de la manía de reducir las cosas. A alguno le gustaría decir, quizá, que el origen de la música está en tal area cerebral. Yo no creo que eso aclare nada, y precisamente me interesa observar que los orígenes de la música interrelacionan poesía, trabajo físico, etc.

    Saludos!

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  3. Me gustó mucho la entrada, está plagada de referencias muy interesantes!

    No obstante, sería una pena acotar el concepto de música cuando precisamente se pretende ampliar el de ciencia…
    Me gusta pensar que las ballenas se comunican con canciones. Imitan sonidos, sí, pero esa práctica requiere más tiempo de aprendizaje que la de los pájaros. Además, luego los combinan de diferentes formas, dependiendo de lo que quieran comunicar(aunque sobre ésto último sólo cabe la especulación) y, eso se parece un poco más a la composición, ¿no?
    Por otra parte, tiendo a imaginar el origen de la música en los homo también relacionada con la comunicación y con la imitación de sonidos.

    Un saludo!

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