El negocio del sexo

Desde este blog se ha apoyado la regulación de la prostitución. No el hecho de que haya personas que vendan su cuerpo, sino que, cuando eso sucede, sea una actividad legal y estrictamente resultado de una elección personal. Exactamente igual que en las demás ocupaciones laborales.
Algunos comentarios se posicionaron radicalmente en contra de esa perspectiva, recurriendo, en esencia, a argumentos morales, muy respetables pero, a mi juicio, bastante discutibles.
Hacer socialmente visible esta actividad permitiría separar a quienes ejercen por extorsión y a quienes lo hacen por elección.
El argumento moral señalado se basa en que esa elección no es tal, sino que, siempre, prostituirse es una opción forzada. Podríamos preguntarnos si trabajar en cualquier otra cosa no lo es.
Hace un par de meses una prostituta, que se calificaba a sí misma de nivel medio, publicó un libro contando su experiencia. Narraba que ejercía esporádicamente, cuando necesitaba dinero, explicando que existe una enorme gama de prostitutas: chicas de contactos, putas de fin de semana o de ocho horas al día. Según ella, también hay mujeres casadas dentro de ese colectivo.
El móvil que la llevó a convertirse en puta fue “el desengaño hacia los hombres, unido a una dificultad económica, en un momento en que mi proyecto de vida hizo agua. Tenía 21 años y era una chica culta, universitaria y normalita en todo lo demás.
Al hilo de esta historia recordé la lectura del libro de Antonio Salas, ‘El año que trafiqué con mujeres‘ (2004). El periodista hace un repaso, bastante personalizado, de las distintas tipologías de prostitutas, desde aquellas que se ven obligadas a ejercer en la madrileña Casa de Campo hasta las universitarias que usan el sexo para poder llevar un alto tren de vida, desde las residentes en clubes de carretera hasta las famosas a la carta.
Salas cita a Valérie Tasso, la autora de ‘Diario de una ninfómana’, quien sostiene que las prostitutas trafican con su cuerpo y punto. Pero él, basándose en el año que pasó moviéndose por ese mundo, discrepa: “siento un profundo desprecio por el género humano, especialmente por los varones“. El reportero niega que pueda regularizarse porque la mayoría de las prostitutas son inmigrantes ilegales traficadas por las mafias, y “quizá muchos jueces, abogados, policías o políticos son los primeros consumidores“.
Salas, y la mujer del libro con el que se abre este post, recurren al mismo símil, el mundo de Matrix, para intentar hacernos entender la prostitución.
El periodista culpa a los clientes: “supongo que los seres humanos, en nuestra debilidad, debemos convivir con aspectos de nuestra sociedad que no deberían existir. Y la prostitución es uno de ellos (…) las putas existen porque a los hombres nos gusta el sexo fácil y preferimos pagar a invertir tiempo o esfuerzo en la conquista (…) todo lo demás es retórica estéril“.
Según él, los hechos son claros: la inmensa mayoría de las putas residen en clubes de alterne, son extranjeras, inmigrantes ilegales y traficadas por las mafias. Por tanto, los clientes son cómplices: “todo lo demás es mierda y puta palabrería barata“.
Me descubro ante esta claridad de ideas y esa elocuencia.
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7 comentarios sobre “El negocio del sexo

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  1. Quizá legalizarlo, tendría ventajas tanto para las mujeres que ejercen esta actividad, como para la economía de un país. Ellas si gozasen de contrato en empresas que se dedican a esto, o por cuenta propia (como autónomas)el día de mañana tendrían derecho a una pensión. Al tiempo el país recaudaría dinero para las arcas.
    Jaime C.

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  2. Ya me manifesté en su momento en contra de la legalización, pues es poco lo que arregla y mucho lo que fomenta. No entiendo bien lo que pretende esta segunda entrada sobre el tema y sus comentarios.
    La noticia de El País revela muy bien cuál es la mentalidad de los clientes: su preocupación más grave es que le han fallado al jefe, cuya vida han puesto en peligro. En ningún momento dicen que ha vejado a una mujer, a la que casi con seguridad no protegerá de hecho la legislación colombiana. Nada dice la noticia de esa protección real.
    El segundo comentario me parece grave: si el argumento es engordar las arcas del país a costa del negocio con el propio cuerpo, podemos también solicitar la legalización de la venta de órganos.
    Sinceramente apoyo lo que, según Roberto, dice Salas: legalizar la prostitución es legitimar una práctica realmente vejatoria, que humilla a las mujeres y dice muy poco favorable de los hombres.
    Y lo mismo puede decirse de la creciente prostitución masculina.

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  3. ¿Qué piensas del caso de Holanda, Félix? Lo pregunto para que la discusión se concrete un poco. En abstracto esta clase de situaciones son difíciles de valorar. Tu rechazo a comerciar con el sexo, igual que se hace con lo demás, me sigue pareciendo un tanto irracional. Por otro lado, ¿por qué no debería cotizar un profesional del sexo? Me cuesta ver por qué quieres hacer del sexo algo tan diferente a todo lo demás.

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  4. Hola,
    en mi opinión, habría que distinguir varias cosas. Cuando una mujer es engañada u obligada a ejercer este trabajo, sin duda es vejatorio, y deben ser perseguidos quienes así obran y responder ante la justicia. Una cuestión diferente (aunque personalmente pueda gustar o no) es cuando la elección es libre y premeditada. Ser tolerantes y dejarlas ejercer el trabajo que han decidido, las evitaría problemas que seguro no desean. Estas mujeres conscientes de vender placer a cambio de dinero, lo hacen porque lógicamente las compensa; sino no lo harían. Pienso que si se legaliza también estarían más protegidas.
    Félix; creo que “engordar las arcas del País a costa del negocio con el propio cuerpo”
    Sería una de las consecuencias positivas de la legalización, pero no la única.
    Una prostituta naturalmente cobra por su trabajo, de hacerlo gratis no obtendría retribución (es como lo veo)
    En cambio, las donaciones de órganos (no es un trabajo del que la gente obtiene dinero) son actos altruistas de personas que han decidido hacerlo para que otras personas puedan salvar sus vidas.

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