La secreta anarquía de la ciencia

 
Me ha cautivado el vibrante ensayo de Michael Brooks sobre los científicos (The Secret Anarchy of Science) traducido al español con el título de “Radicales Libres” (Ariel, 2012). Y no me seduce porque descubra que los científicos son humanos, sino porque demuestra que son muy humanos.
Consumen drogas (LSD incluido) para abrir sus mentes (al menos el 20% de ellos hoy en día), mienten, se inventan datos (“en lo que se refiere a los datos, los científicos tienen que ser anarquistas. Y siempre ha sido así”), pisotean a sus colegas, se apropian de conocimiento que no les pertenece, se auto-inducen enfermedades y un largo etcétera.
La ciencia es, de hecho, una empresa apasionante, pero quienes ostentan el poder político les están forzado a encajar en un “sistema de gestión que los trata como obreros dóciles de una cadena de producción, en lugar de lo que ellos saben que son: mentes curiosas y creadoras, que siguen líneas de investigación que pueden conducir a algo o a la nada”. Esta estrategia les lleva a ocupar una posición secundaria en la sociedad y la cultura. Las estrellas del pop, los famosillos de la TV y los deportistas capturan la atención de los chavales y les alejan de la ciencia, a la que consideran, erróneamente, como algo soporífero.
Brooks ataca sin contemplaciones la tendencia a que sean políticos quienes decidan la ‘filosofía’ de los planes de estudio universitarios, la super-especializacion (citando a Ortega y Gasset y declarando que la gran ciencia se cimenta sobre las conexiones entre disciplinas), el permanecer en la senda establecida para hacer las cosas, o la perversión democrática de hacer callar a las mejores mentes y amplificar la voz de los ignorantes: “si queremos más progreso científico hemos de liberar a los más rebeldes, más fuera de la ley, más anarquistas”. Los grandes científicos son tenaces y poseen un ego enorme. Saben, intuitivamente, que están en lo cierto, a pesar de los datos en contra.
 
Brooks repasa bastantes casos de grandes científicos (de hecho premios Nobel) que se saltan a la torera las supuestas normas sagradas de la ciencia. Einstein se apropió de la famosa ecuación que relaciona la energía con la masa y la velocidad de la luz (le birló la aproximación al físico Max von Laue), Newton se elevó pisoteando los hombros de gigantes (sus ‘Principia’ son un fraude deliberado) y Galileo mintió para salvaguardar su perspectiva sobre el sistema solar. Crick y Watson tampoco se libran: “casi una década antes de su descubrimiento, Francis y Avery observaron que los ácidos nucleicos podían codificar y transmitir información genética”.
¿Por qué actúan así los científicos? Pues porque “sus esfuerzos se dirigen no tanto al conocimiento objetivo como a la comprensión”. Los factores de riesgo para la mala conducta científica son también los que llevan a los grandes descubrimientos.
Rechaza Brooks la tesis de que las creencias religiosas perjudican el avance de la ciencia, detallando, por ejemplo, el caso de Faraday. Gracias a su descubrimiento “inspirado en la fe, el lector tiene suministro de energía eléctrica en su hogar (…) tener creencias religiosas puede proporcionar la clave para el descubrimiento científico. ¿Por qué? Porque la ciencia es mucho mas irracional de lo que los científicos quisieran admitir”. La intuición del científico le permite distinguir los datos del ruido. “Es la comprensión intuitiva, la sensación íntima de cuál tiene que ser la respuesta lo que distingue a los grandes científicos.  Si maquillan o no sus datos es baladí”.
Escribe el autor que “hay una verdad que raramente se reconoce, y es que, entre todas las personalidades sobresalientes de nuestra sociedad, los científicos son las únicas que pueden llevarnos realmente a la tierra prometida”.
 
Uno mis casos favoritos es el de Barbara McKlintock, la investigadora que invirtió su carrera en investigar los mecanismos de reproducción del maíz en el Cold Spring Harbor Laboratory de Long Island (Nueva York). En su minucioso análisis descubrió que debía existir algún mecanismo que controlase las mutaciones. Nadie hizo caso, porque cuestionaba el proceso darwinista basado en el azar, pero tenía razón. McKlintock, no obstante, no estaba interesada en la lucha de gladiadores propia de la ciencia. Siguió con sus estudios y acabó con el Nobel en sus manos. Esa es la grandeza de la ciencia. Al final, la verdad (con mayúsculas) prevalece.
Brooks también defiende la idea de que los científicos no tienen por qué permanecer ajenos al uso social que se haga de su ciencia. Usa los ejemplos de Sagan (calentamiento global), Rowland (la capa de ozono) o Carson (TDT).
Si la ciencia es, en verdad, apasionante, ¿por qué fracasamos al exponer esta perspectiva en quienes están llamados a convertirse en los científicos del futuro? Carece de sentido que los jóvenes se sientan atraídos por Lady Gaga o David Bisbal porque consideran que les ofrecen una perspectiva mejor (más excitante, más gratificante o menos convencional) que Ramón y Cajal o Barbara McKlintock.
Debemos tener éxito para que esos jóvenes se percaten de que “la alegría del descubrimiento es la más vivificante que la mente de un ser humano pueda llegar a sentir” (Claude Bernard).
La lectura del ensayo de Brooks debería formar parte de cursos preparatorios para la elección de las distintas carreras universitarias. Tanta es su riqueza y tan poderoso su mensaje.
P.S. No puedo dejar de mencionar aquí que el autor se declara culé, aunque eso no ha influido en mi valoración positiva de su obra. Casi no recuerdo cómo llega ahí, pero subraya que el FC Barcelona destina el 0.7% de sus ingresos a UNICEF. Quizá los ‘blancos’ hagan lo mismo.
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2 comentarios sobre “La secreta anarquía de la ciencia

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