De la servidumbre voluntaria –por Félix García Moriyón

En 1576 publicaba Étienne de la Boétie un sugerente ensayo titulado Discurso sobre la servidumbre voluntaria, o, también, Contra el uno. Era una penetrante reflexión sobre los fundamentos de las relaciones que los seres humanos establecen en su vida social y planteaba una pregunta crucial: ¿cómo es posible que la mayoría de la población se someta a una minoría? ¿Cuáles son las raíces de lo que, sin duda, podemos llamar «servidumbre voluntaria»?
Sin ofrecer una respuesta del todo clara, apuntaba sobre todo a que la educación y las costumbres sociales borraban de la mente de los seres humanos el ansia por la libertad. Esta deja de ser un bien apreciado, por el que merece la pena luchar, y se acepta voluntariamente el sometimiento a una minoría, o un soberano único, que decide sobre nuestra «vida y hacienda».
Viene al caso esta referencia porque podría aplicarse en cierto sentido a la sociedad actual. Asistimos a una crisis económica de grandes proporciones, que está amenazando seriamente conquistas sociales importantes logradas en los dos últimos siglos con gran esfuerzo. Tenemos unos políticos, muy poco valorados, que imponen sin excesiva resistencia medidas a corto y medio plazo completamente demoledoras, por más que prometen que a largo plazo terminaremos viendo su positivo efecto. Hay sospechas fundadas de que esos políticos actúan en clara sintonía con las élites mundiales que imponen sus decisiones desde las empresas financieras y las grandes corporaciones industriales.
Todo esto está bastante claro desde que estalló la crisis en el 2008 y comenzaron a aplicarse las soluciones propuestas por los dirigentes, especialmente en Europa. Esas propuestas cargan sobre las espaldas de la mayoría de la población los desaguisados cometidos sustancialmente por una minoría que sale claramente beneficiada. Y la gente no se rebela, no ofrece una potente resistencia; más bien asiste resignada a la pérdida progresiva de sus conquistas previas. Es un caso ejemplar de servidumbre voluntaria de la mayoría.
¿Cómo explicar esta aceptación pasiva y resignada? En parte tiene razón La Boétie: hemos renunciado al ejercicio exigente, pero muy enriquecedor, de la libertad humana, aceptando un sucedáneo muy pobre: la libertad de elección del consumidor ante anaqueles repletos de mercancías sustancialmente iguales en grandes superficies tan iguales como los productos que venden. La motivación de logro, el deseo de alcanzar la plenitud y las excelencias personales ha sido identificado con la identidad líquida del consumidor obsesivo-compulsivo.
Pero no es sólo eso. Hay algo más. Como decía Fromm en su libro El miedo a la libertad, los seres humanos carecen a veces del coraje suficiente para reivindicar la libertad que les corresponde. No es fácil ejercer la propia libertad, por lo que cunde el miedo y se van haciendo pequeñas concesiones hasta que desaparece completamente el deseo de ser libres. La promesa de seguridad de Hitler fue la que le aupó al poder, con el consentimiento agradecido de una gran parte de la población.

Como bien ha indicado Naomi Klein en su obra La doctrina del schock, es posible detectar desde los años setenta del pasado siglo una política consciente de generar en la población un estado de schock inducido, gracias a la cual crece el miedo y la inseguridad y abre la puerta a la imposición de políticas muy perjudiciales sin que los que van a padecer esas políticas tengan capacidad alguna de reacción. Si infundes miedo a la gente, conseguirás más fácilmente su sumisión. Joaquín Estefanía ha mantenido tesis muy parecidas en su último libro, La economía del miedo, de lectura muy aconsejable.

Nada como el miedo hace crecer la servidumbre voluntaria.
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Un comentario sobre “De la servidumbre voluntaria –por Félix García Moriyón

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  1. Con el ánimo de ser reduccionista: el ser humano no tiene miedo a la libertad. Si viviéramos en colectivos reducidos de gente la 'película' sería más simple. Pero nos organizamos en ciudades y países. Ahora en eso que se llama aldea global. Coordinar masas de gente y de recursos exige alguien que tome las riendas, requiere una estructura jerárquica. Ahora se elige a quien va a coordinar y es ahí donde empiezan los problemas. Al situarse arriba adquieren, de hecho, privilegios y se olvidan de su papel. Eso es corrupción: satisfacer sus necesidades usando su posición. Supervisar su trabajo se convierte en poco menos que imposible. No es miedo a la libertad, sino indefensión. El único modo de arreglarlo es matar el sistema, sustituirlo por algo absolutamente diferente basado en el pequeño grupo, justo lo contrario de la tendencia actual a globalizar.

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