El naufragio de Pedro J

Me descubro ante las 1.300 páginas que el periodista Pedro J Ramírez ha escrito sobre un breve e intenso periodo de la revolución francesa. En concreto, el que va desde la ejecución del rey Luis XVI (21 de enero de 1793) –aprobada por 361 diputados y rechazada por 360– hasta el golpe de estado de la facción jacobina (izquierda) de la convención liderada por Robespierre, Danton y Marat (2 de junio de 1793): “es probable que si el partido girondino [moderado] hubiera existido y actuado como tal, ni sus supuestos miembros habrían perecido ni la democracia habría naufragado“.
¿Por qué el autor decide relatar este periodo? En sus palabras porque “nunca, en ninguna otra etapa de la civilización humana, se han planteado los problemas esenciales de la democracia de forma tan intensa y dramática en un periodo de tiempo tan breve –los cinco años que van de la caída de la Bastilla a la ejecución de Robespierre– en un lugar tan reducido –el centro de París– con un elenco de personajes tan deslumbrante“.
Su principal fuente documental son los archivos parlamentarios, pero Ramírez recurre a una enorme cantidad de bibliografía para complementar la sucesión de hechos. Combina la vida dentro de la cámara –excesivamente rica en detalles, a mi juicio– con acontecimientos del París de la época también asociados a revueltas en algunas regiones de Francia y los intentos de volver al antiguo régimen impulsados por algunos militares aliados con países como Inglaterra, Alemania o España.
Hace un interesante retrato psicológico de muchos de los protagonistas. Robespierre es un esquizofrénico (legalista, agitador, inquisidor), Danton un vividor y Marat un psicópata. A pesar de liderar a un grupo minoritario logran imponer su voluntad a la mayoría moderada de la convención –que contaba entre sus filas con Condorcet (amigo de Adam Smith y Thomas Jefferson) o Vergniaud (el mejor orador de la cámara)– gracias a su organización –y también al apoyo de sectores especialmente beligerantes del pueblo, los conocidos ‘Sans-Culottes‘. Un pueblo, en realidad, compuesto por el 1% de los 700.000 habitantes de París, o el 0.02% de los 28 millones de residentes en el país.
 
Los jacobinos manejaban los dos resortes más elementales que mueven al ser humano para hacerse con ese pueblo: el miedo a perder lo que se tiene y el deseo de poseer los bienes del prójimo.
Hay sentencias lapidarias recogidas en la obra. Algunos ejemplos:
-. “Seamos terribles para que el pueblo no necesite serlo” (Danton).
-. “A los lectores había que conquistarlos a través de las emociones, incitando al odio y la violencia” [en referencia al periodismo de la época]
-. “La denuncia es la madre de todas las virtudes” (Marat).
-. “No hay derecho a matar, ni siquiera como ejemplo, salvo a aquel a quien no se pueda conservar sin peligro” (Rousseau).
-. “Los representantes del pueblo deben ser inviolables o no hay libertad” (Rabaut Saint-Etienne).
-. “Respetad la miseria y la miseria respetará la opulencia” (Danton).
-. “Es mediante la violencia como se debe establecer la libertad, y a nosotros nos ha llegado el momento de organizar el despotismo de la libertad” (Marat).
-. “Vuestra guardia de honor es la opinión pública” (Barere).
-. “Huid de la vieja manía de los gobiernos que quieren gobernar demasiado. Dejad a los individuos, dejad a las familias el derecho a hacer todo lo que no moleste a otro” (Robespierre).
-. “Salvad al pueblo de sí mismo” (Danton).
Personalmente me interesa bastante la presunta contribución extranjera a este episodio de la historia. En concreto el llamado complot inglés. Sale a colación ocasionalmente (p. e. Albert Soboul) o cuando Chaumette se refiere a infiltrados pagados por ingleses. También Robespierre se refiere a una conspiración inglesa. Marat declaró la necesidad de masacrar a los extranjeros, especialmente a los ingleses.
Hace años estuve trabajando en la traducción de una obra propiedad de un cercano familiar en la que se defendía que la revolución francesa había sido impulsada y alimentada expresamente por los ingleses. Omitiré los detalles, pero las pruebas resultan convincentes. Baste, por ahora, la siguiente declaración:
[los ingleses] preparan esta revolución que va a costar el trono y la vida a un rey débil y de mediocre inteligencia, pero profundamente honesto, sinceramente demócrata, bueno, generoso y el único soberano de Europa que junto con Gustavo III reconoció y sostuvo contra los ingleses la independencia de los Estados Unidos“.
Hay un esfuerzo titánico en la obra de Pedro J, pero, en mi opinión, es pobre al sacarle partido a los sucesos narrados. Mientras que a algunos comentaristas, como Pérez-Reverte, este estilo relativamente neutral les parece una virtud de ‘El primer naufragio‘, a mi modo de ver transforma la lectura en un ejercicio tedioso que deja una sensación final de pérdida de tiempo y de vacío.
Falta chispa en estas páginas, aunque nos conste que el autor la posee y nos lleve a preguntarnos por qué.
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